
Por eso es habitual y deseable aprovechar estas ocasiones para vocear demandas concretas. En estas islas, en los últimos años (sobre todo en el marco de la Red Canaria de Escuelas Solidarias) hemos hecho coincidir este día con acciones de sensibilización sobre la inmigración irregular y la situación de los Derechos Humanos en el Sáhara Occidental -cosas que nos tocan muy de cerca. Sin obviar, claro está, esa pléyade de conflictos e injusticias que asola nuestro planeta.
La escuela no puede ser neutral. Porque ¿qué es la neutralidad? ¿la sutil equidistancia entre víctimas y verdugos? ¿el distanciamiento acrítico de los hechos? ¿la obsesión por no molestar a nadie? Existe, además, la consideración de fondo de que el alumnado sufre algún tipo de discapacidad mental grave. Hay quien piensa que las débiles mentes infantiles y juveniles podrían sufrir algún tipo de shock postraumático, de difícil arreglo posterior, si se entra en detalle respecto a algunos problemas, si se denuncia la causa de las injusticias, si se llama a las cosas por su nombre. Mejor mantenerlos en el mundo de Heidi para que de adultos puedan ejercer de felices y despreocupados consumidores. Dicho esto, hay que dejar claro que no se trata de adoctrinar, peligroso planteamiento que hay que evitar a toda costa. Denunciar la violación de los derechos humanos hallá donde se produzca, la causas sistémicas que están detrás de la pobreza y la exclusión, de la destrucción de nuestro planeta, de la violencia de género, promover la democracia, etc. no es impartir una doctrina. Es darle contenido a la educación. ¿Qué si no es educar para la ciudadanía? ¿en qué consiste entonces la 'competencia social y ciudadana'?
La escuela debe ser, en todo caso, plural. La pluralidad es una garantía precisamente contra el peligro del adoctrinamiento. Quienes se rasgan las vestiduras porque se exhiba, pongamos por caso, una bandera saharaui en un marco escolar son precisamente quienes incurren en un atroz sectarismo. Hay también un miedo irracional (como todos los miedos) a que se 'haga política' con el alumnado. Este miedo tan extendido recuerda a aquel famoso comentario que se le atribuía a Franco cuando le recomendaba a sus propios ministros “que no se metieran en política”. Uno de los males sociales que nos aquejan, herencia quizás de aquellos años de oscuridad, es la despolitización de la ciudadanía. Se confunde torticeramente 'política' con 'política de partido'. Hacer política no es hacer propaganda de las tesis de un partido. Han sido los partidos políticos y su clase profesional quienes se han agenciado para ellos el ejercicio de la política, que es una de las condiciones esenciales de la ciudadanía. Nos han hecho creer que la política es una cosa mala y sospechosa, que mejor está en manos de quienes se presentan ad eternam a las elecciones y pasan de un cargo a otro como quien juega a la oca (y tiro porque me toca).
En estos tiempos que corren parece estar produciéndose una gran confluencia de intereses para arrebatarle a la ciudadanía los últimos despojos de soberanía, aquella que tan pretenciosamente aparece en los preámbulos de declaraciones y constituciones varias. Y para ello se recurre a la vieja técnica del miedo. Y el miedo genera parálisis. Justo lo que necesitan quienes desean que en el solar la cosa esté tranquilita.
Frente a todo esto la escuela sigue siendo el último refugio de la esperanza.