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sábado, 15 de enero de 2011

Acción Solidaria (1) Haití como metáfora

Haití es la más descarnada metáfora de lo que nos espera como especie: el desastre. Si no se ha sido capaz de afrontar adecuadamente la tragedia de un pequeño país que hace un año pareció desatar una oleada de solidaridad mundial frente al terrible terremoto que terminó de devastarlo, entonces no queda ya la más mínima posibilidad de que avancemos hacia un mundo menos infame. Se dijo que se iba a levantar un país nuevo, que el terremoto se convertiría en una oportunidad que tendría el efecto de sacar esta medio isla caribeña del lodazal. El guión de lo que ocurrió después es sobradamente conocido. Es el mismo guión que algún cineasta maldito rueda una y otra vez: una mezcla de inoperancia, desidia e hipocresía que termina siempre por imponerse.
Forges lo tenía claro desde el principio: la cosa no iba a durar más que lo que aguantase el efecto mediático. Y en nuestra sociedad global de la información los acontecimientos son, por definición, efímeros. Su admonición diaria, “no olvides Haití”, era, en el fondo, la crónica de una muerte anunciada. La muerte de la esperanza. Vivimos en un mundo mediado por algún tipo de pantalla cuyo efecto inmediato es la anestesia y la indiferencia. Al final, esta y todas las miserias no dejan de ser un capítulo más de un serial interminable.
Jamás un país empobrecido podrá salir del pozo mientras rija este orden mundial. Al contrario, gran parte de la humanidad está condenada a hundirse paulatinamente en el sin fin de problemas que crecen exponencialmente. Y ¿a quién le importa? De nuevo, la “crisis” mundial ha venido a dar la coartada. Que se salve quien pueda, que cada uno cargue con su cruz -sin reparar que para algunos la cruz ha devenido en viga de hormigón. ¿Cómo destinar recursos a un país empobrecido, o a uno como Haití especialmente golpeado por la historia y la tragedia, cuando en los países enriquecidos aumentan las bolsas de pobreza? Si antes, en la época de las vacas gordas no se hacía, ahora parece hasta ridículo planteárselo -dicen muchos. Lo cierto es que al final el resultado es siempre el mismo. No hay esperanza, no hay oportunidades, no hay justicia para quien nada tiene. La humanidad no tiene futuro si se deja en las estacada sistemáticamente a todos los 'Haití' del mundo.

viernes, 29 de enero de 2010

Accion Solidaria (2) CANCIÓN DE LA HUMANIDAD ROTA

CANCIÓN DE LA HUMANIDAD ROTA
En memoria del pueblo haitiano y los hermanos saharauis

Somos hijos de la Tierra
Cuando la Tierra tiembla lloran las almas rotas
almas a las que les ha sido arrebatada la esperanza

Llueve sobre la pobreza
Caen muros de ladrillo sobre los que nada tienen
Lamentos de desesperación atraviesan el océano infinito

Los desposeídos de la Tierra
Aquellos a los que se les arrebató la esperanza
gritan la hora maldita

Ha hecho falta un terremoto para que pongamos a Haití en el mapa
Ha hecho falta el coraje de una mujer para que nos acordemos del Sáhara olvidado
Somos seres sin memoria

La Historia juega malas pasadas
Y se ceba siempre con el más débil
como el cobarde que sabe escoger sus víctimas

Y volveremos al olvido
porque es el refugio de los acomodados
de los que prefieren mirar para otro lado cuando el despojado llama a su puerta

El día que el grito de justicia de la Humanidad
atraviese mares y cordilleras
inunde los valles y las ciudades
cuando irrumpa en las reuniones ministeriales
cuando haga temblar a los bancos que cobran comisiones por tramitar un gesto de esperanza
cuando reviente en los oídos de los que anteponen la sinrazón de Estado a cualquier otra
consideración

Ese día Haití volverá a temblar, sí
pero lo hará por la vibración de los corazones que han visto reestablecida la justicia
Ese día el Sáhara vivirá un nuevo éxodo, sí
pero será el del ansiado retorno

Que nuestras manos y nuestra voces amplifiquen el grito que viene desde el horizonte
Que nuestras manos y nuestra voces devuelvan justicia y esperanza allí donde sólo queda el
dolor

domingo, 17 de enero de 2010

Acción Solidaria (1) Haití en la Escuela.

El pulso de la Escuela se mide, en gran parte, en función de su permeabilidad a lo que ocurre a su alrededor. No puede ser que las únicas filtraciones sean las del alumnado celebrando los éxitos de los equipos de fútbol de sus amores. Uno tiene que soportar banderas y bufandas de club deportivos (empresas, en otras palabras) por los pasillos ante la sonrisa condescendiente del profesorado. Nos hemos acostumbrado al triunfo de lo banal, sobre todo porque esto no “molesta” a nadie, no compromete, no me expone frente al mundo. Sin embargo hay ocasiones en el que otro tipo de manifestaciones pueden llegar a ser para algunos una inconveniencia. Me viene a la cabeza determinadas acciones que se llevaron a cabo en algunos centros protestando por la brutal invasión israelí de Gaza o por el órdago que supuso la denuncia de Aminetu Haidar sobre su situación y la del pueblo saharaui, sin ir más lejos. En estos casos donde se estaban produciendo una clara violación de los Derechos Humanos hay que andarse con mucho cuidado porque más de uno piensa que supone, vamos a ser suaves, una extralimitación en el papel de la Escuela. Está claro que aquí se produce una inevitable confrontación entre aquellos que no ven más allá de su estricta programación y quienes piensan que, en realidad, el currículum va más allá de eso.
Y en esto nos llega Haití. Nada nuevo en el devenir constante de catástrofes y debacles propias de los países empobrecidos, la mayoría de ellos en el limbo del desinterés internacional. Haití supone una nueva ocasión para auscultar el corazón de la Escuela. Durante unos días, unas semanas, Haití ocupará una primera página en los medios de comunicación y muchos sabemos lo que pasará cuando se agote la novedad. Pero aún con ello no podemos dejar de dar una respuesta. Tenemos que hablar de la fragilidad de estos países, de sus males endémicos y de las causas de los mismos. Tenemos que dar alguna respuesta ante tanta desolación. Habrá que canalizar de alguna manera las lógicas ansias de hacer algo de las personas sensibles y decentes. Ahora es Haití, como ayer fueron las consecuencias del Huracán Mitch o mañana será otra cosa. Así es la educación, la eterna repetición de lo mismo, como diría Nietzsche. Pero lo que no podemos hacer es mirar para otro lado y adoptar la pose del cínico: “que lo arreglen otros”.