“Hay que evitar cualquier tema controvertido” -dijo el ministro de educación refiriéndose a la materia de buenos modales y constitucionalidad que va a sustituir a Educación para la Ciudadanía. Si esta máxima la hiciéramos extensible al conjunto de la Educación -y mucho me temo que ese es el espíritu de las palabras del nuevo jefazo- entonces ¿a qué habrá quedado reducida la labor docente? La idea que tengamos del papel de la escuela determina toda una concepción antropológica, política y ética. Dentro de la cosmovisión conservadora y derechona el pater familias es la única fuente de valores que transmite a sus vástagos las claves esenciales para su correcto transcurrir por el mundo. La escuela no es sino, como mucho, el refuerzo de esos valores inapelables, un lugar para la transmisión y acumulación de datos y destrezas que escapan a la disponibilidad temporal de los padres y, fundamentalmente, de certificación académica para el mundo laboral. Todo esto en la más exquisita neutralidad y asepsia, no sea que alguna peligrosa idea contaminante, algún sesgo cuestionador del estado de cosas existente, se cuele en las tiernas, influenciables y delicadas mentes infantiles y juveniles.
Ya puestos, no sería de extrañar que el nuevo ministro, con sus diez millones y pico de votos detrás, determine que eso de la Teoría de la Evolución es una cosa muy peligrosa en la que anidan ideas disolventes respecto a las Sagradas Escrituras (en algunos Estados de Norteamérica lo tienen muy claro). Uno que, por esas cosas inexplicables de la vida, es profesor de Filosofía, en esta nueva tesitura, y como funcionario que cobra del erario público, necesitaría alguna nueva orientación para abordar autores tan controvertidos como Hume, Marx, Freud, Nietzsche, Sartre... A lo mejor el ministro y sus nuevos asesores de la Conferencia Episcopal deciden cortar por lo sano y dedicar estas horas de clase, extremadamente peligrosas, a cosas mucho menos extravagantes e inútiles como “Oportunidades de negocios en tiempos de crisis” o “Rogativas extraordinarias para los más desfavorecidos”.
Todavía recuerdo aquellos tiempos en los que se hablaba del papel transformador, crítico y forjador de ciudadanía de la escuela. Aquel ideal barrido hoy en día por una mediocridad terrible, pero no del alumnado precisamente, sino de los gestores educativos y de una sociedad volcada en el consumo desaforado e idiotizada por la industria del espectáculo (¡huy, siento introducir una cuestión tan espinosa!). Quienes pretenden sacar todo lo que huela a “política” de las aulas son quienes precisamente más tiñen su discurso de una indisimulada ideología conservadora (acorde, según parece, con los nuevos tiempos). En el fondo, nos encontramos con una evidente transposición de los valores propias de las escuelas privadas y religiosas al conjunto del sistema educativo (eso sí, salvo los medios económicos de los que gozan aquellas -que para educar al populacho no hace falta tanto). Esta perspectiva de las cosas les lleva a creer que a la excelencia y al esfuerzo se llega por decreto, como si las escuelas fueran ajenas al medio social en el que se encuentran. En medio de todo esto, como absolutos convidados de piedra, estamos quienes nos dedicamos profesionalmente a esta tarea y bregamos día a día (en la educación pública) con la realidad cruda y dura. Claro que eso no tiene ninguna importancia. [El Aula (2)]










