lunes, 17 de enero de 2011

Pasión por la Música (1) El tocadiscos

Cuando tenía catorce años compré una colección de cien vinilos y diez tomos de música clásica. Los vinilos eran del sello DECCA y los libros editados por Planeta. Los primeros estaban primorosamente editados en funda de cartón de color negro en los que destacaba alguna reproducción de arte y los segundos venían con un diseño gráfico muy avanzado para la época. Por entonces tocaba el saxofón en la banda de música de mi pueblo. Lo poco que ganaba en tocatas y procesiones lo destinaba a pagar los plazos de esta adquisición. Cada mes mandaban un paquete con diez discos y un tomo. Tenía el tiempo justo para devorarlos hasta la llegada del siguiente. Este fue el núcleo de mi posterior discoteca -que no es nada del otro mundo, por cierto. Era la época del “equipo de música”. Muchos recordarán aquellas torres que venían con un cacharro para el casette, otro para la radio, el ecualizador (¿se llamaba así?) y encima el tocadiscos propiamente dicho. Al lado dos torres de sonido de cuya altura y volumen muchos presumían. Durante muchos años disfruté de aquel aparato, con su característico zumbido de fondo y los desesperantes rayones de los discos. Coincidió en el tiempo la ruptura de la aguja con la llegada del CD. He de confesar que también yo sucumbí al canto de sirena de la tecnología y el viejo tocadiscos permaneció almacenado durante un tiempo para acabar inevitablemente en el vertedero después (era una época con menos conciencia ecológica). Así que durante bastante tiempo mi colección de vinilos vivió en el más puro y duro ostracismo.
Pero he aquí que mi amigo Baltasar, compadecido sin duda por la aflicción que me acongojaba durante años, decidió regalarme un tocadiscos. Uno de esos integrados, con diseño retro pero con sus virguerías digitales, que han vuelto a popularizarse. ¡Bien por Baltasar! En cuanto el bullicio de Reyes me lo permitió, y del mismo modo que un yonki se avalanza sobre la droga que le falta, pinché algunos de mis vinilos favoritos. El primero de ellos fue una recopilación de melodías de Broadway (con su célebre Moon River, que me persigue últimamente), una Tercera Sinfonía de Beethoven dirigida por Sir Georg Solti (que solía oír a oscuras en mi casa), una Primera Sinfonía de Mahler dirigida por Rafael Kubelik (mi primer contacto con lo que sería luego una larga pasión), un disco de música soviética, una rareza stalinista que compré en Moscú en 1991, y un largo etc. ¡Qué emoción supone volver a oír ese viejo sonido, esa aguja pasando por los micro surcos como un arado romano! La pena es que los pequeños altavoces integrados no tienen la calidad ni la potencia de aquellos antiguos mamotretos, pero el placer de volver a darle vida a la colección de discos bien vale dejarse de estúpidos detalles. Menos mal que mi instinto me dijo que los vinilos ni tocarlos. El eterno retorno hace el resto.

2 comentarios:

  1. Te entiendo, es algo especial. En Asturias tenemos un viejo gramófono, bueno, de más de 50 años y su correspondiente colección de vinilos. Lo ponemos muy de cuando en cuando, pero nos transporta a un pasado muy remoto emocionalmente hablando. Por eso lo utilizamos tan poco. Un fuerte abrazo.

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  2. ¿Un gramófono de más de 50 años? ¿quién pudiera...? Un fuerte abrazo.

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