La semana pasada fui a un Festival de elección de la Reina de las Fiestas de mi pueblo. ¡No se alarmen!, ¡no piensen aún que he sido poseído por algún espíritu satánico! En realidad pagué la entrada con el objeto de oír a una de las mejores voces canarias de los últimos años: Olga Cerpa. Acudí al final del Festival aunque eso no me privó de ver el último pase de las candidatas. Muchos saben mi opinión acerca de estos eventos. Considero que es un acto degradante, machista y anacrónico. Aún así no se me ocurre ponerme a gritar soflamas contra ese acto que convierte a las mujeres en una suerte de mercancía. Esperé pacientemente a que el jurado se marchara a deliberar cuál de las clónicas candidatas debía ser coronada por el alcalde, entre acordes solemnes y mucho lagrimeo por parte del personal. El caso es que cuando empezó la actuación de la cantante grancanaria la parroquia, mayoritariamente compuesta por la muchachada amiga de las candidatas, sus familiares y los incondicionales de este tipo de espectáculo mostraron su más absoluta falta de respeto por la intervención de Olga. Para ser justo habría que decir que el escándalo provenía principalmente del primero de los sectores mencionados. Como a uno estas cosas le dan vergüenza ajena no me quedó más remedio que pedir a quienes se sentaban detrás de mi en más de una ocasión que respetaran mi derecho (previo pago de la correspondiente entrada) a oír a la emblemática voz de Mestisay. Al tercer intento desistí por completo e intenté poner en práctica mis últimas dosis de nihilista resignación. El escándalo del sector del público que había acudido allí con el único propósito de corear el nombre de su candidata en sus distintas apariciones sobre el escenario solo se apagó cuando el jurado volvió a sus asientos. Confieso que en ese momento estuve a punto de ser yo quien empezara a armar toda la jarana de la que hubiera sido capaz. Después pensé que quizás no era tanto culpa del público sino de quienes se les ocurre mezclar el caviar con las hamburguesas. Gracias a la profesionalidad de Olga Cerpa y sus magníficos músicos acompañantes la actuación llegó a su final con más pena que gloria, eso sí. Yo, siendo ellos, me hubiera ido después de la primera canción. En fin, la próxima vez no aparezco por ahí aunque contratasen a Les Luthiers para el cierre.
jueves, 28 de julio de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
El Cazador de Libros (16) Homenaje a Cataluña

martes, 19 de julio de 2011
El Cazador de Libros (15) ¿Tú también, Umberto?

viernes, 15 de julio de 2011
El Catalejo (24) Adiós a la sede portuense del SILA

1. Las posibilidades de promoción y proyección de Santa Cruz son muy superiores a la de la ciudad norteña.
2. La desidia y falta de visión estratégica del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz en materia cultural en los últimos tiempos.
Uno, que se había convertido en un asistente incondicional a este evento, tendrá muchas más dificultades para trasladarse a Santa Cruz. Supongo que esto se verá compensado con una mayor afluencia de público, así que por un visitante menos no pasa nada. Pero lo que realmente me produce una mezcla de lástima e indignación es esta idea de la derechona política de que la promoción pública de la cultura es un derroche perfectamente prescindible. Ya pasó en su día con el festival Mueca, un evento de arte en la calle, con un programa ciertamente notable, que pudo haberse convertido en una cita emblemática del Puerto de la Cruz y que atraía a esta ciudad a una importante cantidad de gente. La proverbial miopía de los responsables políticos les impide ver que en una ciudad en pleno proceso de decadencia (si alguien no lo arregla) la cultura puede ser un elemento de dinamización económica de primer orden. Sobre todo, cuando se tiene ya muy poco que ofrecer y la competencia está siendo muy dura. Así que la pérdida del SILA es para el Puerto de la Cruz otro baldón más que añadir al triste currículum municipal. El problema es que no estamos solo ante una galopante crisis económica sino además ante una todavía peor crisis de ideas. Alguno, incluso, debe todavía pensar aquello de que “cuando oigo la palabra 'cultura' saco mi pistola”, una frase atribuida a más de un personaje de dudosa calaña pero que refleja esa alergia compulsiva de quienes no van más allá de la cosa populista y folklórica (que da más votos y cuesta menos). En fin, reconozco que no está la canícula para cogerse una úlcera.
martes, 12 de julio de 2011
El Impertinente (7) Tener cultura

Ahora bien ¿eso significa que estamos ante la generación más culta de la historia? Vale, definamos “cultura”. Vamos a tomar una idea prestada del filósofo español Javier Gomá, para quien tener cultura es tener, básicamente, conciencia histórica. Esto no significa “saber mucha historia” sino disponer de la capacidad de insertarnos en el recorrido histórico que nos ha llevado como especie hasta aquí y del que no escapamos como individuos. Quien tiene una idea somera de dónde venimos puede anticipar con un cierto grado de verosimilitud hacia dónde vamos. Conocer además los hitos de esta historia universal de la infamia, que diría Borges, hace que resulte un poco más difícil que nos la den con queso. Para eso sirve la cultura. ¿Somos, por tanto, más cultos? Entran dudas ¿verdad?
Los poderosos de todos los tiempos, los que controlan el cotarro en su propio beneficio, ese ente difuso formado por agencias de calificación de riesgo, banqueros superstars o la curia vaticana, que todo viene a ser más o menos lo mismo, nos quiere, como siempre, aborregados y tranquilitos. La forma tradicional del iletrado hoy en día adopta la configuración 2.0. Ya sé que en nuestra época digital el potencial de acceso a la información es prácticamente ilimitado. ¿Y qué? Repito que no parece que eso nos haya hecho más cultos (alguno dirá que “ni falta que nos hace”). Precisamente, el maremágnum de datos y estupideces de todo tipo que circula en el ciberespacio es infinitamente mayor que cualquier información mínimamente relevante. Habría que patentar, si no se ha hecho ya, el concepto de “contaminación digital”. Pero esto no es una cuestión baladí. El resultado final es la gran confusión que hoy lo preside todo. Confusión e infantilización. La cultura del video juego, que tantos adeptos entre los intelectuales está consiguiendo últimamente, ha convertido lo social en un gran parque de atracciones donde lo único permitido es permanecer en un estado de zombificación divertida y pueril. Los aspectos más crudos y relevantes de nuestra sociedad son, lamentablemente, aburridos, muy aburridos. Desarrollar una perspectiva histórica de las cosas no es relevante si la única aspiración que se cultiva es la de vivir para consumir y cumplir con el mandato universal de transmitir los genes (cuanto antes, por aquello de ser amigo de tus hijos y todas esas sandeces). Nada de denunciar las miserias que nos rodean, de ejercer una ciudadanía vigilante y reivindicativa, de cuestionar las bases de nuestro modelo social y económico que condena a países enteros a la ruina absoluta mientras algunos se llenan los bolsillos como nunca en la historia. Todo es muy complicado y mortalmente aburrido.

Sin embargo, más tarde o más temprano, esta deriva en la que estamos entrando nos llevará a todos por delante. La más que previsible destrucción de las clases medias que se está fraguando al calor de esta estafa piramidal en forma de crisis (clases medias que han ejercido, por otra parte, como eficaz colchón contra toda tentación reformista), terminará por poner en un serio aprieto al conjunto del entramado. Es una mera cuestión de supervivencia. Eso si aún le queda a alguien un poco de lucidez después de lustros de embotamiento mental, después de, como muy bien afirma Noam Chomsky, haber pasado por este proceso de des-educación en la que se han convertido el sistema de enseñanza. Ahora que lo pienso mejor: esto de tener cultura es una lata. ¡Ni se les ocurra!, ¿cuándo dicen que empieza de nuevo la liga de fútbol?
viernes, 8 de julio de 2011
El Catalejo (23) Alcaldesa honoraria y perpetua

Lo que ocurre es que la cuestión electoralista pesa lo suyo. Hay quien ha llegado a un cargo político a base de cargar imágenes y pertenecer a no sé cuántas cofradías y hermandades. Nadie se opone a que los que profesan una fe religiosa hagan una muestra pública de ello en la calle, faltaría más, que la calle, por ser de todos, también les pertenece. Pero una cosa muy distinta es que tal actividad privada sea refrendada, impulsada y validada por un cargo público en uso de sus funciones. Esto no debe verse como un menosprecio hacia una confesión religiosa, por muy mayoritaria que sea, sino como el reconocimiento de la neutralidad real y de la naturaleza absolutamente diferenciada de la esfera política. Entiendo que para ello habrá que hacer no poca pedagogía social. Pero esto, como muchas otras cosas, es una responsabilidad minusvalorada por quienes prefieren mantener a la población anclada en las cavernas de la historia.
lunes, 4 de julio de 2011
El Catalejo (22) Profesionales de la política

Al final lo político se entiende como una esfera con una lógica propia al margen de cualquier otra consideración. No hace falta tener ni la más mínima idea del campo que uno va administrar (para eso están los técnicos y bla, bla, bla). El político va a cumplir, supuestamente, con un programa electoral, validado en las urnas y que lo aguanta todo. Vamos, que se puede ser un perfecto indocumentado y tomar decisiones al margen y por encima de quienes son verdaderos profesionales del tema (de esta desgracia tenemos sobrada experiencia en el mundo de la educación). Y esto pasa porque los fines últimos nada tienen que ver precisamente con los ámbitos de la administración en cuestión. Los fines últimos son mantenerse en el poder a cualquier precio. Esta es la aspiración fundamental de los partidos / empresa y sus profesionales de la política. Al margen de la consabida palabrería populista con las que nos obsequian en las campañas electorales y en las ruedas de prensa el político profesional es ante todo un superviviente pero también un cleptómano, pues nos ha robado a la ciudadanía aquello que nos pertenece: la voz y la decisión.
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