Mostrando entradas con la etiqueta Profesionalización de la política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Profesionalización de la política. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de diciembre de 2011

El Catalejo (37) Lo aguantan todo

Mucho temo que el poder democráticamente constituido (parto de esta premisa para que no haya equívocos) ha desarrollado sus triquiñuelas para pasar por encima de cualquier disidencia. Está claro que con una mayoría absoluta y al comienzo de una legislatura nos toca esperar una buena tunda. La duda que me queda es si los electores, o al menos una parte sustancial de los mismos, tiene una idea clara de lo que significa darle carta blanca a la opción  más ultraliberal del zoco político. Tendremos que comprobarlo en nuestras maltrechas carnes. El problema está en que quienes manejan los resortes del poder han aprendido a aguantarlo todo. El ejemplo más palmario es Grecia. No parece que las oleadas de protestas masivas hayan servido para que el gobierno griego diera marcha atrás en sus medidas antisociales. El amago de Papandreu con lo del referéndum demostró el grado de cinismo, incluso, de esta gente. Las “guerras de desgaste” en un marco, al menos formalmente democrático, las ganan casi siempre los gobiernos. Para ello tienen varias cosas esenciales: las fuerzas policiales y armadas, los medios de comunicación de masas y sus sueldos asegurados. Pongamos otros ejemplos más cercanos: en el sector educativo público, empezando por el canario, las políticas de recortes (o el de la homologación del profesorado en su día) supusieron un rosario de justificadísimas huelgas y protestas por parte de los docentes.  Desde una concepción de la buena gobernanza (término que me resulta un tanto extraño pero que se ha puesto de moda) como armonización de diversos intereses y como defensa de lo público como base de una sana articulación social el resultado habría sido al menos un esfuerzo negociador sostenido. Pero no. Se trata de no dar ni un paso atrás -no sea que la opinión pública perciba alguna debilidad- y enrocarse en la postura de partida en base a cosas tales como el programa electoral (que muy poca gente lee y casi con seguridad no alude sino a unas cuantas vaguedades) y la responsabilidad de gobernar. Es decir: están preparados para lo que haga falta. A ellos no les descuentan los días de huelga ni les suele importar demasiado el deterioro de los servicios públicos. Luego viene lo del miedo, alguna campaña de imagen y, sobre todo, el tiempo que todo lo diluye. Cuando se acerquen de nuevo las elecciones ya todo será agua pasada y a agitar la benderita de nuevo. Así que no nos va a quedar más remedio que inventarnos algún procedimiento que de verdad les preocupe. ¿Qué tal un “apagón” futbolístico?

viernes, 30 de septiembre de 2011

El Catalejo (32) El circo electoral

¡Comienza el circo electoral!, ¿y van...? Ahora que los grandes partidos están “cerrando las listas” (esto es: acuchillándose unos a otros por ocupar un “puesto de salida”) la cosa empieza a calentarse. En realidad, todo este proceso electoral constituye una carrera sin cuartel por colocarse (y colocar a los colegas) en puestos que aseguren una buena tajada en los próximos cuatro años. ¿Qué otra cosa podemos pensar cuando leemos en el periódico cosas como estas?: “la pugna está condicionada por la pretensión de algunos dirigentes en ir en lugares de salida tras haber perdido sus puestos en las municipales y autonómicas” (…) “Los barones pactaron la candidatura de XXXX a cambio de mantener la paz interna” (…) “Ahora el candidato ha impuesto la mayoría de sus condiciones pero no ha logrado situar bien a algunos colaboradores”, etc. Aunque estas citas, extraídas del periódico El País de hoy, se refieren a un partido concreto valdrían perfectamente para cualquiera de los grandes que, a la postre, se reparten el pastel parlamentario. Esto es propio de una forma de entender la política como una profesión que, fastidiosamente, hay que revalidar cada ciertos años en la cita con las urnas. Ahora toca recuperar la cercanía con el electorado perdida desde el día después de las últimas elecciones, parir propuestas e ideas a todo trapo aunque pasado mañana haya que dejarlas de nuevo en la cuneta, repasar los manuales del partido y acostarse prácticamente con el responsable de campaña. Pero, sobre todo, hay que sacar las navajas para pasar por delante del supuesto compañero, del camarada de filas, y asegurarse un buen puesto en las listas cerradas que el partido presentará como la mejor del mundo mundial. No creo pecar de ingenuidad ni reivindico un espíritu angelical en la cosa política. Solo es un poco de hartazgo frente a esta parafernalia bastante desacreditada. Una ciudadanía con un mayor nivel de conciencia terminaría por censurar este mercadeo. Sobre todo ahora en el que nuestros futuros administradores / gobernantes (o mejor dicho, directores generales de esta empresa de demolición en la que se han convertido los poderes del Estado) van a tener la responsabilidad de decidir sobre nada más y nada menos que las condiciones de supervivencia de la gran mayoría de la población. De todos modos, hay que tener pocas esperanzas ahora que volvemos a tener fútbol todos los días.

lunes, 4 de julio de 2011

El Catalejo (22) Profesionales de la política

Es necesario poner en evidencia de una vez por todas al político profesional. Esta grey ha devenido en uno de los principales problemas de nuestra democracia moribunda. Ahora que estamos ante una nueva legislatura autonómica veremos otro ejercicio de más de lo mismo: un elenco de viejas estrellas de la política que se aferran al sillón desesperadamente. Detrás del telón los que tratan de acceder al estatus de ordeno y mando, con coche oficial y dietas por esto o aquello. Y, en medio, una ciudadanía entre indignada y resignada, pero, en todo caso, como mera convidada de piedra. Asistiremos al baile de cambios de cartera y recolocación de quienes han prestado sus servicios al partido. Veremos cómo desde la lectura de la política como actividad profesional el postulante vale para todo, para un roto y un descosido. Se puede ser, pongamos por caso, Concejala de Asuntos Sociales de un ayuntamiento, Viceconsejera de Medioambiente, Consejera de Educación y por último de Sanidad sin que le tiemble la voz a la interesada ni muestre un mínimo de rubor ante tan dilatada trayectoria. Con unos leves retoques sirve el mismo discurso para cualquier cosa. Hablar de eficacia de la gestión, optimización de recursos o modernización de la administración vale para todo. Y si uno le echa ganas a la cosa queda hasta bien. Eso debe decir el manual del perfecto político. ¿Y cuántos años van ya? Estirando un poco más, estando a disposición del partido para lo que haga falta y sabiendo jugar todas las cartas igual llegamos a una jubilación dorada. ¿Que aquellas áreas por las que he pasado han quedado como el día después de un bombardeo nuclear? Bueno, eso es una opinión, también podría decirse que la difícil coyuntura económica hacía necesarias medidas de ajuste severo que supusieran una racionalización de los recursos que no afectara a la calidad mínima del servicio. ¡Olé! ¡y a otra cosa (Consejería) mariposa!
Al final lo político se entiende como una esfera con una lógica propia al margen de cualquier otra consideración. No hace falta tener ni la más mínima idea del campo que uno va administrar (para eso están los técnicos y bla, bla, bla). El político va a cumplir, supuestamente, con un programa electoral, validado en las urnas y que lo aguanta todo. Vamos, que se puede ser un perfecto indocumentado y tomar decisiones al margen y por encima de quienes son verdaderos profesionales del tema (de esta desgracia tenemos sobrada experiencia en el mundo de la educación). Y esto pasa porque los fines últimos nada tienen que ver precisamente con los ámbitos de la administración en cuestión. Los fines últimos son mantenerse en el poder a cualquier precio. Esta es la aspiración fundamental de los partidos / empresa y sus profesionales de la política. Al margen de la consabida palabrería populista con las que nos obsequian en las campañas electorales y en las ruedas de prensa el político profesional es ante todo un superviviente pero también un cleptómano, pues nos ha robado a la ciudadanía aquello que nos pertenece: la voz y la decisión.