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lunes, 12 de marzo de 2012

El final de la ciudadanía

Hace unos años se puso de moda en esa cosa llamada 'círculos académicos' una obsesión por el 'final de'. Se hablaba del 'final de la Historia', el 'final del Arte' e, incluso, del 'final de la Ciencia'. Habíamos llegado, se pensaba, a un estadio de la civilización en el que estaba todo a punto de finiquitarse en un placentero parque temático global. Hemos visto, sin embargo, que la cosa no era para tanto. Aún queda mucho por dilucidar en todos los órdenes de la existencia humana. Sin embargo, hay quienes, no sin sobradas razones, apuntan ahora a un nuevo “final de”. Se trata del 'final de la ciudadanía'. ¿Qué pasa con esto?
El concepto de 'ciudadanía' es un afortunado invento contemporáneo. Está ligado a las luchas contra los absolutismos políticos y se opone al concepto de 'súbdito'. Al súbdito solo le cabe obedecer a una autoridad superior y esperar algo de su gracia. El ciudadano, sin embargo, está sujeto al derecho y encuentra su plenitud y su sentido en un marco democrático. Pues bien, en el actual contexto social y económico comprobamos cómo la condición ciudadana está siendo sustituida por una nueva forma de sumisión de una manera harto disimulada pero no menos peligrosa. Se nos hace creer que cumplir con la cita electoral de turno es la máxima expresión de nuestra soberanía. Pero a poco que nos detengamos a pensar empezamos a darnos cuenta de la gigantesca estafa en la que estamos metidos hasta las cejas. En primer lugar, las opciones políticas con posibilidades reales de gobierno son todas ellas, más allá de la habilidad de la mercadotecnia para fabricar marcas aparentemente diferenciadas, tan semejantes como una papa y una batata. Terminamos eligiendo entre primos hermanos de tal modo que el núcleo del sistema quede blindado frente a todo cuestionamiento de fondo. Todo queda en familia. Esto es posible gracias a que estas formaciones políticas tienen la capacidad financiera y mediática suficiente para intervenir constantemente en la opinión pública. Y en segundo lugar, las decisiones importantes (las económicas, claro) quedan al margen de la ciudadanía. Son tomadas por individuos y corporaciones que no han sido elegidas por nadie y en consecuencia solo responden a sus intereses particulares.
En el mundo que nos están diseñando la ciudadanía solo juega el papel de un convidado de piedra. Hay que admitir también que el personal en estos años se ha acostumbrado a que les resuelvan la papeleta. Pensamos que el final de la Historia había llegado, de alguna manera, en forma de un plácido abandono a un consumismo sin límites y que para las cuestiones políticas y de gestión ya existe una clase profesional encargada de sacarnos las castañas del fuego (que para eso se les paga y además encima les permitimos que se llenen los bolsillos con trapicheos de todo tipo). No me pidan que haga una huelga (para que encima me descuenten dinero), no me pidan que participe de una manifestación (que me pierdo el partido de fútbol), no me pidan que me posicione frente a este follón que se ha montado -dicen- porque al parecer hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (que es muy aburrido y uno de eso no entiende). ¡Pero que alguien me lo solucione ya que para eso me porto bien y no doy la lata! No en vano hay quien va más lejos y entiende lo que está pasando como una nueva forma de feudalismo. Esto es, a cambio de protección contra los muchos enemigos que nos acechan, el señor feudal exige obediencia completa y una buena tajada del trabajo del siervo. Nuestros señores de turno están dispuestos a ofrecernos algún trabajillo basura a cambio de no morirnos de hambre. Pero en el precio va también el decirle adiós a todas aquellas conquistas sociales y laborales de las últimas décadas que creímos aseguradas in secula seculorum. Vemos, entonces, cómo aquella idea de ciudadanía resulta en este horizonte asiático-medieval un completo estorbo. Pero, en los tiempos que corren, no es cuestión de abolirla lisa y llanamente como haría un nuevo Fernando VII frente a un auditorio gritando aquello de “¡vivan las cadenas!”. Se trata de una cosa más sutil, relacionada con lo que un economista nada sospechoso de extremismo como Joaquín Estefanía ha denominado “la economía del miedo”. Con una población atemorizada frente a los jinetes del apocalipsis desatados por una supuesta crisis (solo entendible por los expertos en la materia, por los gurús que dominan los tecnicismos abstrusos del lenguaje económico) es más fácil aprovechar la coyuntura para eliminar cualquier obstáculo con el fin de que los de siempre continúen llenándose los bolsillos. ¡La ciudadanía ha muerto!, ¡viva la ciudadanía!

miércoles, 29 de febrero de 2012

¿Ajustes?


“Ajustes” es el tecnicismo de moda en la grey política gobernante para disimular el gran y definitivo hachazo al Estado del Bienestar. La escasa materia gris de esta gente está por completo aplicada en descubrir nuevas argucias para quitar de aquí y de allá. Los porcentajes de endeudamiento, los niveles de déficit, las cuestiones macroeconómicas esconden el día a día de la gente, de los parados, de los desahuciados, de los incontables trabajadores en precario. En un gesto de cinismo sin límites se afirma que estas medidas draconianas (las que se han tomado y las que están por venir) tienen como objetivo precisamente el bienestar futuro de todos. ¿Hay algún ingenuo por ahí que todavía se cree toda esta bazofia propagandística?, ¿queda algún totorota aún que se imagine a los presidentes de los principales bancos de este país, al ministro de economía, a toda esta suerte de ricachones que nos gobiernan, pasando noches de insomnio pensando en las penurias del personal? En este mundo al revés en el que vivimos el parado de larga duración y el mileurista (si todavía tiene la suerte de serlo) sostienen la fusta con la que flagelarse a sí mismo. Porque no otra cosa es votar a quienes te van a dejar seco, a quienes te van a quitar la voz y la dignidad como trabajador, a quienes te van dar romerillo cuando te pongas bastante malito.
El ejemplo de Grecia nos demuestra que esta clase política internacional es capaz de cualquier cosa. Incluso la de sacrificar los mínimos de calidad de vida de un pueblo entero en el altar insaciable de los mercados. Creo que ha llegado, por tanto, la hora de replantearse este sistema de arriba a bajo. Y esto es casi una evidencia porque de esta “crisis” solo se sale de dos maneras: como chinos o como una ciudadanía empoderada, esto es: avanzando hacia una verdadera democracia y hacia un Estado Social. Evidentemente todos los indicios apuntan a la primera de las vías. Así que será mejor que vayamos acostumbrándonos a terminar durmiendo en la empresa que nos haga el infinito favor de contratarnos en unas condiciones casi pre-industriales (vale la pena releer a Dickens en este su año) y vayamos ensayando las mil y una maneras de tener al señorito contento. ¿Ajustes? Una vergüenza, más bien.

lunes, 23 de enero de 2012

Alternancia sin alternativa

Esto es lo que tenemos, en este país desolado por la mediocridad, una continua alternancia sin alternativa. Si analizamos los distintos gobiernos desde la Transición encontramos muchas más concomitancias que diferencias. Sobre todo una que resulta muy preocupante: un proceso de liberalización económica y de, en consecuencias, pérdida de derechos y protección laboral. Dicho esto, cualquiera podría objetar que viniendo de una larga dictadura el escenario posterior necesariamente tuvo que suponer un salto cualitativo, al menos en cuanto al ejercicio de la democracia se refiere. Habría que admitir la objeción. Pero haciendo una lectura más quisquillosa también podría añadirse que aquella transición de guante blanco, que evitó una ruptura radical con semejante anomalía histórica, tuvo como consecuencia que las estructuras liberalizadoras que tuvieron su origen en el franquismo tardío se afianzaran en una transición que trató de darle carta de naturaleza a un sistema donde lo esencial estaba atado y bien atado. Por otra parte, esta versión española del “no hay nada que hacer” tuvo su origen en el conocido “turno de partidos” de Cánovas y Sagasta. Una cínica forma de democracia que escondía una completa componenda política. Cabe preguntarse si no estamos viviendo una versión más elaborada, por mor de los tiempos, de esta misma fórmula decimonónica. Al menos es legítimo preguntárselo cuando vemos cómo la maquinaria mediática se esfuerza por convencer al personal de que no hay alternativas, de que, por un motivo u otro (motivos siempre inapelables, abstrusos y apocalípticos) no hay más terreno de juego que el que nos marcan aquellos que de verdad saben de estas cosas. No importa que estos sesudos anónimos (y no tan anónimos) sean los responsables de esta catástrofe económica (pero sobre todo social y moral) a la que han puesto el nombre de “crisis”. El peor de los escenarios es aquel en el que hasta el más escéptico de los mortales termina por admitir que, al final, se trata de elegir entre distintos tipos de maquillajes pero sin que toquemos al muerto. Vemos, entonces, cómo los grandes partidos que se reparten los despojos carecen de ninguna idea económica que se diferencie un ápice entre ellas y por supuesto de las directrices que ya les vienen dadas por el Sistema Financiero Internacional. Aquí podemos pelearnos por elegir el color de la corbata pero fuera de ahí, ¡nathing! A ver si ahora que el sol ha entrado en un ciclo expansivo se produce una reorganización neuronal y alguno termina pensando que quizás haya alternancia, ¡pero también alternativas! [El Catalejo (3)]