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miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Impertinente (11) Adiós, Europa, adiós...

Siempre nos habían dicho que Europa terminaba en los Montes Urales. Ahora habría que decir que Asia empieza en el Peñón de Gibraltar. Y es que la idea de Europa o, mejor, cierta idea de ella, ha terminado saltando por los aires. La Europa occidental surgida de la II Guerra Mundial que terminó por desarrollar un sistema de protección social que oponer a la Europa controlada por la Unión Soviética ha pasado a mejor vida. Quienes en su día criticaron el Estado del Bienestar como un señuelo socialdemócrata hoy suplican por salvar los últimos rescoldos del mismo. Estoy convencido que en el núcleo de esta supuesta crisis económica se esconde una operación gigantesca para acabar con la idea de Europa como confluencia, al menos sobre el papel, de estados sociales y democráticos. No se trata de que la crisis haya acabado con Europa sino que para acabar con Europa hacía falta una gigantesca crisis. Entre el modelo ultraliberal norteamericano y el disparate económico y social chino, Europa no tiene nada que hacer. Al menos en términos de competitividad económica al más puro estilo capitalista [“competitividad” = argucia para dejar a los trabajadores con lo puesto]. En la carrera por lo más barato el modelo europeo resultaba demasiado caro. Solo había que darle un empujoncito para que esto se terminara convirtiendo en una gran sucursal del todo a cien en el que ha devenido la aldea global.
Es cierto que no tenemos que idealizar demasiado un modelo europeo concebido desde el principio como un gran mercado y poco más. En la retórica política de sus orígenes, la Unión Europea, en sus distintos formatos, gustaba de presentarse como la garante definitiva de la paz en el Viejo Continente, la gran unificación de países que en su integración económica terminarían por coincidir políticamente. Hubo un tiempo que, con las locomotoras alemanas y francesas a la cabeza, entrar en el club europeo era el certificado de modernización de un país. Y en ese sentido, hay que reconocer que gracias a los fondos de cohesión y estructurales el Estado Español, desde su ingreso en 1986, terminó por dar un importante, aunque desigual, salto adelante. Pero en cuanto el flujo financiero tomó otros derroteros, haciéndose cada vez más especulativo, y el peligro soviético se disolvió como un terrón de azúcar las tornas empezaron a cambiar. Hoy se ha visto que la construcción y la solidaridad europea hacen agua cuando colisionan con los intereses bancarios y con los de Alemania (la gran beneficiada por esta cosa de la moneda única). Los famosos eurobarómetros están por los suelos y ya se habla sin ambages de la Europa a dos velocidades y de poco menos que países basura a los que hay que castigar como niños traviesos.
Pero si algo ha quedado en entredicho es el enorme déficit democrático de la Europa del presente y de la que nos están diseñando. Las instituciones europeas más relevantes, empezando por el Banco Central Europeo, y el eje París / Berlín, los que de verdad cortan el bacalao, ponen y quitan gobiernos, dan o niegan el visto bueno a presupuestos nacionales, aplican el bisturí sin vacilación alguna a países enteros, cocinan medidas económicas y diseñan su particular chiringuito a espaldas de la ciudadanía. Para ello utilizan la mejor de las armas conocidas: el miedo. Hay un permanente recurso al “o esto o el caos”. En vez de reconocer que el rumbo que han tomado las cosas no hace sino agravar esta crisis insisten en una permanente huida hacia adelante con la excusa de que es la única manera de salvar algo de esta Europa moribunda. Sin embargo, lo que se está tratando de salvar, digámoslo claro, es el nivel de vida de las clases y las corporaciones dominantes. Mucho me temo que, a estas alturas, solo una catástrofe hará que este impulso suicida se detenga. Y esa catástrofe muy posiblemente vendrá del colapso de la economía y del modelo social chino, mucho más frágil de lo que nos han contado y cuya honda expansiva dejará a Grecia como un inofensivo juego de niños. Mientras tanto no nos queda más remedio que entonar un “Adiós Europa, adiós... ¡abran paso a Eurasia!” (y que el dios de cada uno nos coja confesados).

sábado, 25 de diciembre de 2010

El Catalejo (19) Un Belén chino

Alguien pensará que estoy obsesionado con lo chino. Y puede que no le falte razón. Hace unos días vi la típica conexión con Belén en un telediario para ver cómo se vivía allí los preparativos de la Navidad. La noticia terminaba con el lamento de los artesanos locales de quincallería religiosa por la invasión, cual plaga de langostas, de toda clases de objetos procedentes de China. Resultaba muy “curioso” observar belenes, cálices y figurillas de todo tipo con la ubicua etiqueta made in China. ¿No les parece terrible? En el fondo es el más vivo retrato del mundo que se nos avecina: el mundo de la estupidez, la falsificación, la sustitución y la negación globalizada. Pero "¡si es más barato!" - dirá alguno, en un arranque de aparente lógica desarmante. Evidentemente, querido descerebrado. Ahora bien, si a usted le preocupa un ápice el futuro medioambiental de nuestro planeta, el desarrollo de las economías locales, los derechos laborales de los trabajadores y un largo etcétera de cosas que no caben en un carro de supermercado tiene una posibilidad muy sencilla: en vez de tres cosas inútiles compre una sola.
China representa hoy la cara más extrema y perniciosa del capitalismo. Representa también una de las mayores paradojas de la historia: un país con un gobierno que se dice comunista, con la parafernalia propia de un país totalitario, entregado a las prácticas capitalistas más desaforadas, convertido en campeón de la desigualdad, la negación de los derechos sociales y laborales y muchas otras cosas que harían felices a los seguidores de Milton Friedman (el más ultraliberal de los economistas que ha parido facultad alguna). Si Marx levantara la cabeza se recluiría en alguna de las pocas comunas hippie que van quedando. Esa maquinaria está alimentada por una multitud zombificada de consumidores que necesitan llenar la cesta de miles de cosas absolutamente prescindibles, que creen haber hecho un buen negocio comprando duros a pesetas.
La verdad es que este nuevo "McMundo", como lo denomina el sociólogo Cayo Sastre en su más que recomendable libro de título homónimo (Los libros del lince, 2010), nos lleva a situaciones que si las analizamos fríamente terminan siendo descorazonadoras. Pongamos un caso. Ya se sabe de la inclinación de los católicos por la idolatría. Hasta donde sé las imágenes religiosas de culto suelen encargarse todavía hoy a imagineros de mayor o menor fama. Un trabajo de ese tipo suele ser caro y lleva su tiempo. ¿Por qué no encargar una Dolorosa, un Crucificado o un conjunto completo de la Sagrada Familia con burrito y vaquita incluido a una fábrica china? Seguro que lo fabrican en la mitad de tiempo y por la tercera parte del coste. Un poquito de agua bendita y ¡venga! ¡a adorarlo todo el mundo! No es que me importe demasiado pero “canta” un poco.
Ahora que toca rascarse el bolsillo, mire la etiqueta, por favor.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El Impertinente (11) La China que nos espera

Hay toda una colección de tópicos sobre China que expresan un temor casi atávico. Quizás su gigantismo poblacional y su cultura tan distinta de la nuestra han causado siempre una cierta aprehensión. Vaya por delante mi admiración por la cultura china y mi estima por los ciudadanos chinos, como no podía ser de otra manera. Pero el sistema político y económico que se está erigiendo en dominante constituye un verdadero peligro para el futuro de la humanidad. Así de grandilocuente. Antonio Navalón, en su muy recomendable libro titulado “Paren el mundo que me quiero enterar” (Debate 2010) describe la cuestión de un modo muy claro: “¿Qué es el modelo chino? Es en lo social, la vuelta a la esclavitud del siglo XVIII y, en lo ecológico, el mayor procedimiento de aniquilación del planeta Tierra”.
A base de consumir baratijas hemos contribuido a alimentar un gigante que amenaza con devorarnos. Nos sorprenderíamos si nos diera por hacer un inventario de la procedencia de nuestro fondo de armario, aparatos electrónicos o de la figurita aquella a la que nadie le presta atención. ¡Todo está hecho en China! En la práctica podemos observar cómo aquellas tiendecitas de baratijas importadas de China hoy se han convertido en auténticas naves industriales. La pasión del personal por consumir cualquier cosa al precio más bajo posible ha terminado por alimentar un monstruo. No es de extrañar que China sea hoy la segunda potencia económica mundial ¡y subiendo! Pero este modelo chino representa hoy un peligro, incluso para los mismos chinos. Pekín es una de las ciudades más contaminadas del mundo, la libertad de prensa y de información en China posee el triste récord de ser una de las más amenazadas del planeta, los derechos sociales y laborales están bajo mínimos, las ejecuciones por pena de muerte baten récord cada año, etc. La reciente concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente Liu Xiaobo, en la cárcel por haberse atrevido a reclamar más democracia para su país, expresa muy bien de qué estamos hablando. Es decir: ¡todo un modelo a seguir!
Seguramente David Cameron, primer ministro británico, no se ha enterado de nada de esto (o lo sabe muy bien). No hace mucho ha proclamado que el modelo económico del futuro para Europa tiene que ser el “modelo asiático”. A esto le ha acompañado la mayor ofensiva ultraliberal que se recuerda en un país al que Margaret Tatchert ya dejó esquilmado: despidos masivos de empleados públicos y venta a mansalva de bosques también de titularidad pública para empezar. Así que para el señor Cameron, y para tantos otros, el futuro pasa por desmantelar todo el sistema de derechos y protección social (el llamado “Estado del Bienestar”) que ha caracterizado a Europa después de la II Guerra Mundial. Esta crisis económica, causada por quienes ahora pretenden seguir marcando el rumbo de las cosas, se ha convertido en la gran coartada. Las oligarquías financieras miran a China frotándose los ojos ante tanta riqueza acumulada, ante tantas oportunidades de negocios. Poco importa que muchas fábricas y empresas occidentales hayan sido trasladas a países como China con el único fin de ahorrar costes y aumentar los márgenes de beneficios. A esto lo llaman “ganar competitividad” y que eso genere más paro en los países occidentales como el nuestro es un detalle sin importancia.
Nadie osa recordarle al gobierno chino que la carta de Derechos Humanos que todos los países miembros de las Naciones Unidas firman es de obligado cumplimiento (bueno, es de justicia admitir que en este caso la lista de países incumplidores es abultada). El negocio es el negocio. La gran paradoja es que el sistema más ultracapitalista del mundo está promovido por un supuesto gobierno comunista, de partido único, y con toda la parafernalia propia del mejor estilo soviético.
Al mundo le conviene un proceso inverso: que China se mire en el espejo de los derechos sociales europeos (antes de que desaparezcan, por cierto), que gane en democracia y en apertura interna, que profundice en el respeto a los Derechos Humanos. Mientras, habría que “ayudarle” haciendo uso de nuestra capacidad para orientar el propio consumo. Vamos, que habría que mirar más el “made in”.