Después de ver “El Dictador” (2012) uno solo tiene dos
opciones ante Sacha Baron Cohen: o rasgarse las vestiduras en nombre de la decencia y las buenas
costumbres o rendirse incondicionalmente ante la capacidad de transgresión sin
límites de un tipo que, claramente, está más allá del bien y del mal. Si con
Borat se ganó, y no era para menos, la declaración de enemigo público número uno de Kazajistán, con El Dictador, el actor y director inglés traspasa todos
las líneas rojas de lo políticamente incorrecto. Más allá del afán escandalizador
hay en los personajes de Baron Cohen una carga de profundidad directa y
demoledora a la hipocresía y la doble moral de occidente. Su aparente desdén
por las convenciones culturales, sexuales, religiosas, éticas, etc. admite otra
lectura. Este hombre ha sabido captar el oscuro trasfondo que en realidad rige
el orden social y utiliza para ello una de las mayores armas de destrucción
masiva que se conocen: el humor. Un humor irreverente, corrosivo, descarnado y
obsceno en no pocas ocasiones. La escena en el que el dictador se dirige a los
políticos mundiales en una sala de lo ONU recomendándoles un régimen
totalitario como mejor forma política y poniéndoles como ejemplo lo que ellos ya
hacen es, sencillamente, impagable. El
momento en que su consejero y traidor pacta con un político chino homosexual y
altos ejecutivos de las principales petroleras del mundo la venta de los
yacimientos de su país a cambio de generosas comisiones es más demoledora que
cualquier sesudo tratado de teoría política. En su asistencia al parto de una mujer
en medio de una tienda se le fue la cabeza por completo, pero Cohen tiene la
particularidad de que en el proceso de progresivo enloquecimiento de su
película hasta eso termina por tener cabida. Vueltos al mundo real, uno tiene
la sensación de que la línea que separa las convenciones sociales de un circo
de lo absurdo es más delgada de lo que parece. A lo mejor el protagonista
de Borat y Aladeen terminará
convirtiéndose en una especie de filósofo nihilista del siglo XXI que filma con
el martillo, escandaliza a los bien pensantes de medio mundo y nos rompe la mandíbula a carcajadas al
resto. Bien por Sacha Baron Cohen, el segundo periodista más famoso de
Kazajistán y el Almirante General más disparatado de todos los almirantes
generales del planeta (y miren que hay una buena corte de candidatos –oficiales
y encubiertos).
