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martes, 26 de abril de 2011

El Catalejo (12) La lección no aprendida de Chernobyl

En el 25º aniversario del accidente de Chernobyl, la energía nuclear vuelve a estar en el ojo del huracán. ¿Por cuánto tiempo? Pasados los efectos informativos del desastre de Fukushima, que no los reales, probablemente volverán las aguas a su cauce, esto es: quienes controlan el cotarro político-económico utilizarán todas las artimañas posibles para continuar con los programas de energía nuclear como si no hubiera pasado nada. La casualidad ha querido que me encuentre estos día ojeando uno de esos opúsculos que Bertrand Russell dedicó a cuestiones políticas y sociales: “La guerra nuclear ante el sentido común” (Aguilar 1963), adquirido hace poco en una librería de segunda mano. Un libro escrito en plena Guerra Fría pero con un trasfondo aún aprovechable. Desde el comienzo de la era nuclear, inaugurada con el terrible episodio de Hiroshima y Nagasaki, ha existido la conciencia, al menos en algunas mentes pensantes, de que esto constituía una frontera peligrosa, cuyo traspaso tendría consecuencias devastadoras e irreversibles.
Al mismo tiempo otras mentes menos pensantes pero mucho más peligrosas idearon situaciones disparatadas, dentro de la lógica infernal de la llamada disuasión nuclear. Un general norteamericano, por ejemplo, planeó en los años cincuenta la instalación ¡en la Luna! de una base de misiles nucleares que apuntaran hacia la URSS -eso cuando todavía ni se tenía una idea muy clara de cómo llegar hasta ella. Ya se sabe además que detrás de la carrera espacial había una clara intencionalidad militar y que los usos “pacíficos” y militares de la energía nuclear son muchas veces difusos. De igual modo que siempre se dijo que una guerra nuclear sería la última de las guerras, una catástrofe nuclear puede ser también la última de las catástrofes (al menos para las amplias zonas contaminadas por la radiación que pueden llegar a tener escala planetaria).
En su día algunos técnicos militares dedicaban una enorme cantidad de tiempo a calcular el número de muertos (en decenas o cientos de millones o incluso en términos de aniquilación completa de la especie) que supondría una guerra nuclear y la capacidad de los supervivientes para “derrotar” al adversario y “reconstruir” lo que quedara. En este sentido sigue resultando asombroso comprobar cómo todavía hay a quiénes les salen los cálculos del coste / beneficio de la energía nuclear, como si pudiera ser asumible un Chernobyl cada dos décadas, año arriba, año abajo. Suelen ser los mismos que tienen una fe ciega en los progresos de la tecnología del ramo y quienes dan por ineficiente otro tipo de energías alternativas. Es la misma lógica fría del beneficio inmediato y de la incapacidad para pensar en términos del interés de la humanidad y a largo plazo. Lo que asombra de todo esto, y es en lo que Russell siempre ponía el acento, es la ilimitada estupidez del ser humano. Bastaría con un poco de sentido común para poner fin a este completo desaguisado.