viernes, 30 de abril de 2010
El Aula (3) Escuela viva
sábado, 24 de abril de 2010
El cazador de libros (3) Antonio Lozano

Las “Cenizas de Bagdag” es una novela basada en hechos reales. Narra la historia de un joven iraquí, Walid Ghalib (en realidad Waleed Saleh, actualmente profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid) quien es perseguido y torturado por el régimen de Sadam Hussein por pertenecer a un grupo comunista. Huye a Marruecos donde emprende una nueva vida como profesor de instituto en un pueblo del interior. Conoce la pobreza y la corrupción del país y termina siendo expulsado sin ningún motivo aparente. Llega a Madrid donde emprende una nueva vida desde cero, abriéndose paso a pesar de las numerosas estafas y sinsabores de los que es objeto. La historia de Walid es una historia, como muy bien afirma el autor, de encuentros y de desencuentros. Pero también es una historia sobre la condición humana, en la que episodios que nos hablan de la barbarie que siempre nos acecha se alternan con momentos de enorme plenitud. Esta novela admite múltiples lectu
En el Espacio Cultural de El Castillo tuvimos la rara oportunidad de encontrarnos no sólo con el autor de la novela, sino además con el protagonista. Los lectores de la novela pudieron desvelar muchas de las interrogantes que resultaban de la necesaria mezcla de ficción y realidad que destila el libro. Waleed Saleh y Antonio Lozano hicieron un recorrido por los vericuetos de la novela pero también por la situación política actual de Irak y por las claves del conflicto, entre otras muchas cosas. Recomiendo sin ambages cualquiera de las novelas de Antonio Lozano. Hay que destacar también “Harraga” (Zoela 2002) y “El caso Sankara” (Almuzara 2006). Debo advertir que tienen el peligro de que enganchan y que una te lleva necesariamente a otra. Son novelas que dejan huella, que provocan cambios en el lector y que nos acercan a ese otro que vive junto a nosotros y a quien muchas veces le negamos su condición humana.
martes, 20 de abril de 2010
Filosofía de la Mañana (3) Arte y Filosofía

viernes, 16 de abril de 2010
El Aula (2) Miguel Hernández

A pesar de las prisas y del esfuerzo añadido estas cosas son muy gratificantes para un docente. Aprovechar las oportunidades que van surgiendo, crear pequeñas sinergias, trabajar en los márgenes y los huecos que te dejan estas y aquellas programaciones le reportan a uno, al final, una tremenda satisfacción. Además, me sirvió también, por si fuera poco, para redescubrir un autor que no leía desde aquellos lejanos tiempos del COU, cuando, gracias a mi antigua y recordada profesora de Literatura, Loli Delgado, hicimos un somero repaso a los autores de la generación del 27 (aunque haya cierta controversia sobre su adscripción generacional). Con el objetivo de ambientarme un poco leí el capítulo que Ian Gibson le dedica en su obra “Cuatro poetas en guerra” (Planeta 2008). Así que se me ha desatado, al calor de su apasionante biografía, un cierto furor “hernandiano” (para que luego digan que esto de las conmemoraciones no sirven para nada). No hay nada como la satisfacción de haber contribuido, modestamente, a la lucha interminable de los docentes por mantener viva la llama de la Cultura (¡uy, qué pretencioso me ha quedado!).
lunes, 12 de abril de 2010
Arte a todas horas (2) Paula Varona

miércoles, 7 de abril de 2010
El Impertinente (6) De Gutenberg al libro electrónico
En su momento la imprenta, con sus posteriores desarrollos, supuso una revolución cultural. Hoy el libro electrónico nos abre las puertas de otra revolución pero, a mi juicio, mucho más imprevisible. En realidad (sé que es una actitud un tanto apocalíptica) no puedo dejar de ver signos de una auténtica debacle cultural. El libro electrónico no es sino el corolario de un proceso que se inició hace años en el que lo virtual está sustituyendo a lo material. La vieja cultura está siendo desplazada por una nebulosa digital difusa e inaprensible. Ya en los años 60 del pasado siglo XX, el teórico de la comunicación, Marsall MacLuhan, advirtió sobre los poderosos cambios que se avecinaban en la “era de la información”. Era la época del boom de la televisión. Se hablaba entonces del “fin de la era del libro”, arrollada por la nueva era audiovisual. Si entonces fue un anuncio precipitado, hoy, 40 años después, el homicidio se ha consumado.
Acordémonos también de aquella famosa frase de MacLuhan, “el medio es el mensaje”. El medio no es neutral, incide directamente en el contenido. En este caso, el medio (el soporte electrónico) acabará con el mensaje (el producto cultural). Algo parecido ha pasado ya con otros productos culturales como el disco o las películas de vídeo. ¿Se acuerdan de aquellos vinilos? El producto era mucho más que la música que tenía grabada. La confección del álbum era el resultado de todo un proceso creativo. El diseño de la portada, el material del que podía venir acompañado, redondeaban el producto. ¿Hoy qué consumimos? Realmente bit de información. Hoy se “baja” de internet una pieza musical concreta que añadir a series ya almacenadas e inconexas. Una de las cosas que se ha puesto en entredicho de esta manera es la misma noción de autor, de creador, que estaba detrás de la obra en cuestión. Con el libro pasa lo mismo. El libro era el máximo exponente de la idea de saber y de cultura (escribo ya en pasado). A pesar de la hiperinflacción bibliográfica de los últimos años un autor aspiraba a ver su obra impresa como producto final de un proceso creativo o investigador. El resultado era un producto material y tangible (se podía ver, tocar y oler, vaya). El lector aspiraba a hacerse con un ejemplar como medio de participar también de ese proceso y almacenarlo al menos como testimonio visible de su logro. El libro tenía “corporeidad”, era el resultado de una edición concreta, envejecía noblemente en el estante, podía estar firmado por el autor, contener anotaciones del lector, convertirse en un ejemplar único en la medida en el que el resto de ejemplares fueran desapareciendo, etc. Con el “e-book” estas ideas saltan por los aires.
Los actuales libros electrónicos probablemente queden obsoletos en poco tiempo. Tal y como va esto es muy posible que las futuras terminales sean totalmente multifuncionales, es decir que sirvan para todo (ya se sabe: internet, vídeo, música, telefonía, redes sociales, etc) siendo la descarga de libros una opción más. Así que la función estrictamente lectora quedará reducida a una cuestión residual. La novela será sustituida por el microrelato y el ensayo por una serie de titulares a modo de conclusión (para que el “e-lector” no pierda el tiempo). Este proceso ya lo estamos viendo en la prensa digital: lo importante es el flash informativo, la imagen impactante, la renovación constante de contenidos. La idea de que la prensa escrita es el medio idóneo para el comentario y la reflexión pasará a mejor vida. Sencillamente ¡no hay tiempo!
Si alguien piensa que el formato digital multiplicará el número de lectores y promoverá una sociedad más ilustrada entonces, en el mejor de los casos, habrá que redefinir ambos conceptos: ¿qué se entiende por 'lector' y qué se entiende por 'sociedad ilustrada'? Desde luego, los conceptos actuales ya no sirven. El lector quedará diluido en una ciberesfera donde se impondrá lo efímero y lo banal, donde la rápida e infinita sucesión de acontecimientos impedirá cualquier tipo de reflexión mínimamente rigurosa. El libro de papel es incompatible con la nueva era hiperacelerada.
Sé que este proceso es imparable. Lo es porque está inserto en todo un sistema tecno-económico que se reproduce a un ritmo vertiginoso. Son las nuevas formas de hacer negocio. Quizás, como afirman algunos, pueda coexistir durante un tiempo la vieja cultura del libro con el aparatito de marras, al menos mientras resistamos los últimos mohicanos.

lunes, 5 de abril de 2010
El Cazador de libros (2) Atracón peninsular
De paso por Burgos paré en una librería del paseo del Espolón donde compré el último de los premios nacionales de narrativa, concedido a Kirmen Uribe: “Bilbao, New York, Bilbao” (Seix Barral 2010), a ver qué tal. Una visita al Centro de Arte Caja de Burgos (buen espacio expositivo, por cierto) me deparó otra agradable sorpresa, la simpática recepcionista me regaló un catálogo de Marcel van Eeden: “The archaeologist” (Centro de Arte Caja de Burgos 2007).
En Madrid, la inevitable visita a la mega librería de un centro comercial de la Puerta del Sol reparó la compra de Christopher Horrocks: “Baudrillard y el milenio” (Gedisa 2004) y de Germán Lopezarias: “El Madrid del ¡no pasarán” (La Librería 2007). En la Fundaxió La Caixa, aparte de la magnífica exposición de Miquel Barceló, adquirí uno de los catálogos del fondo de esta entidad: “Ex-Libris Modernistes” (La Caixa 1996). Un día lluvioso me impidió sacarle más partido a la Feria del Libro de la Cuesta de Moyano. Sólo tuve tiempo de adquirir un librito de Jacques Derridá: “Palabras de agradecimiento del premio Adorno” (UNAM. México 2001). La visita a la espléndida exposición sobre Gregorio Marañón en la Biblioteca Nacional tuvo como corolario la compra del catálogo correspondiente. En él se hace un recorrido por la intelectualidad española de la primera mitad del siglo XX. Ahora viene el “pos viaje”, el momento en el que hay que enfrentarse gustosamente con estas y otras adquisiciones que omito por no cansar al sufrido lector.
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