
He podido comprobar el estupor de muchos de mis alumnos ante el hecho de que alguien pueda ponerse en huelga de hambre por estas reivindicaciones, que anteponga esos criterios a la posibilidad de volver a ver a sus hijos... Es lógico que nos pueda resultar una posición hasta cierto punto incomprensible. Sobre todo a nosotros, que vivimos (con sus más y sus menos) en un país democrático, en el que como ciudadanos estamos sujetos al imperio de la ley y no a la voluntad de un autócrata, que, ante cualquier atropello podemos acudir a tribunales independientes. Sin embargo, para alguien que ha conocido la cárcel por motivos políticos, que ha sido torturada y perseguida, que se encuentra permanentemente desprotegida y desprovista de derechos elementales empieza a resultar explicable esta actitud tan extrema.
Aminetu Haidar se ha convertido, muy a su pesar y al nuestro, en un símbolo de la lucha por los Derechos Humanos. Muchos queremos que siga siendo un símbolo, pero un símbolo vivo. Porque estamos escasos en el mundo de personas de tal altura moral y, precisamente, porque su actitud está poniendo de manifiesto como, a pesar de tanta palabra hueca, la lucha por la dignidad humana está al final de la lista de prioridades de unos países y de otros. Estoy convencido de que las personas de bien, que no son pocas, tenemos el deber de estar a la altura del reto que Aminetu ha lanzado al mundo. Porque Aminatu luchando por su dignidad está luchando también por cada uno de nosotros

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