
No puede decirse que haya sido un alumno “zoquete”, tal y como lo define Pennac. Al contrario, siempre fui lo que los profesores denominan “un buen alumno”, aunque con tremendas carencias en matemáticas que se proyectaron luego en materias como Física y Química. De todos modos, era un típico especimen de letras: buen lector desde pequeño, con notable capacidad para la expresión verbal y escrita, apasionado de la historia y de una buena discusión pseudointelectual (entre otras cosas). Es curioso y lamentable comprobar cómo hoy en día el bachillerato de letras ha quedado reducido a un bachillerato de descarte o de segundo nivel. Qué pena.
La escuela era toda mi vida. Estudié en el mismo centro desde los 4 a los 17 años, de tal forma que algunos profesores, sobre todo aquellos que te daban clase año tras año, se convertían en algo así como padres y madres con todos los derechos. Mis amigos eran todos del colegio. Para mí el verano era un fastidio puesto que todo lo interesante ocurría en los nueve meses de clases. La profesora que me dio clases de Lengua y Literatura durante varios años era una mujer metódica y formal. Tenía la habilidad de hacernos pensar sobre el lenguaje. Ponía una frase en la pizarra y nos pegábamos una hora dándole mil vueltas sin que decayera nunca el interés. Seleccionaba un texto y las interpretaciones del mismo daban lugar a un apasionado debate hermenéutico. La profesora de Historia era meridianamente clara en sus exposiciones y planteamientos, pulcra y meticulosa no dejaba escapar nada y terminaba por inculcarte esa pasión por el detalle. La profe de Ética y Filosofía, sin embargo, era todo lo contrario. Era un producto del mayo del 68 y su visión de la escuela estaba en la línea de una auténtica comuna. Era una mujer que, en su actitud completamente transgresora, no dejaba indiferente a nadie. O se la odiaba o se la quería sin límites. Yo oscilaba entre los dos extremos. Pero un común denominador a estos y otros profesores es que para todos ellos sus alumnos eran personas con nombres y apellidos, conocían sus capacidades y limitaciones, sus necesidades y sus potencialidades. Hoy en día la gran mayoría de estas profesoras están ya jubiladas. Con los años, al igual que le ocurrió a Pennac, me he dado cuenta de que mi forma de ser profesor es una curiosa combinación de todos ellos. Al final, ¡cuánto le debemos a la escuela!
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