lunes, 21 de marzo de 2016

La versión hipócrita de la Semana Santa


José Saramago, ateo confeso, autor del “Evangelio según Jesucristo”, que le valiera su autoexilio de Portugal, tenía una pequeña escultura de una Piedad a la entrada de su casa de Lanzarote. Cuando le preguntaban por la supuesta contradicción que eso suponía respondía que él veía ahí una magnífica representación del sufrimiento humano. Podríamos aplicar esta misma idea al conjunto de la Semana Santa, por ejemplo. Podríamos convertirla en un espacio para reflexionar sobre algunos universales de la condición humana: la entrega, la compasión, la traición, la injusticia, el dolor, la esperanza, la muerte… y, finalmente, el triunfo del amor. Podría ser una magnífica oportunidad para rearmarnos moral y anímicamente respecto a las tragedias de nuestro tiempo: la inhumana situación de los refugiados, la pobreza, la desigualdad, la vida miserable y degradada a la que nos arroja este sistema antipersona. Mil y un dramas de nuestro mundo. Sin embargo, la cosa ha quedado, desde hace tiempo ya, en un inmenso postureo, un desfile de entorchados, oropeles, impostada solemnidad, en otra ocasión para ver y dejarse ver, de narcisismo hipócrita, en una constricción sin esencia ni referente, un episodio más de la necesidad del individuo de identificarse con lugares, imágenes, celebraciones y colectividades que, en sí mismo, no difiere mucho de la cosa futbolística. Si a Jesucristo le diera por dejarse caer de nuevo por estos lares a buen seguro que hoy estaría detrás de una valla de concertinas en un inmundo campo de refugiados o en una infinidad de sitios miserables antes que a hombros de un trono repujado en oro. Mientras, sus supuestos seguidores, aquellos que dicen ser herederos del mensaje de los desposeídos, se afanan hoy por mostrar sus mejores galas para celebrar la muerte y resurrección de un rebelde que murió cruelmente ajusticiado, pobre y abandonado por la gran mayoría de quienes unos días antes cantaban aquello de “¡Hosanna!”. Tal como hoy en día.

sábado, 20 de febrero de 2016

El intenso eco de Umberto Eco


Umberto Eco era casi como el pan nuestro de cada día, una figura, de alguna manera, siempre presente en el crecimiento intelectual de muchísima gente. Mi primer contacto con su obra no fue en relación a su reconocidísima dimensión como semiótico, sino a sus trabajo sobre el psicoanálisis y la estética, dos cosas que en mis años universitarios me interesaban sobremanera. Y como estudiante, ¿quién no se empapó su “Cómo se hace una tesis”? Aunque solo fuese por eso la influencia de Eco en el alumnado universitario ya habría sido notable. Además, nos legó un concepto dialéctico que hizo furor en su día a la hora de acercarnos a la crítica de la cultura occidental y que sigue siendo una referencia ineludible: “Apocalípticos e integrados” (y por supuesto, dado que había que posicionarse, ya desde entonces me reconocí como apocalíptico, faltaría más). Precisamente, su condición de crítico cultural, en su más amplia acepción, y su carácter casi enciclopédico, dotaban a Eco de una autoritas indiscutible. En sus últimos años, innumerables lectores suyos disfrutamos y nos reconocimos en su activismo a la hora de defender una idea de la Cultura alejada de la chabacanería rampante y de la estupidización muchas veces inherente al triunfo arrollador de la tecnología de la información. Su defensa del libro de papel y su condición de bibliófilo irredento (llegó a atesorar una valiosísima biblioteca de más de 80.000 ejemplares) representaba para algunos algo similar al Faro de Alejandría. Como novelista poco se puede añadir, dada que fue su faceta más conocida y popular. Yo fui de los que me acerqué al “Nombre de la rosa” primero por la película dirigida por Jean-Jacques Annaud, he de reconocerlo. Y, después de adentrarme en el libro, hay que admitir que estamos antes esos escasos episodios en el que es tan magistral la adaptación cinematográfica como la novela original. Sin embargo, confieso que no pude terminar “El péndulo de Foucault”. Me pareció que pecaba de un exceso de erudición que terminaba por sepultar a la novela. Tengo a medias “El cementerio de Praga”, en cola de lectura “Baudolino” y mucho interés por “Número Cero”. Como no podía ser de otra forma, un medievalista como Umberto Eco tenía que encontrar muchas concomitancias con el carácter de nuestro tiempo, cuestión esta que me interesa también enormemente. Con todo, si hay un libro cuya lectura me ha producido más placer en los últimos años ha sido “Nadie acabará con los libros”, un texto a modo de conversación con otro de los grandes intelectuales de nuestro tiempo, Jean Claude Carriere. En este género singular (igual que hiciera con el cardenal Carlo María Martini en “¿En qué creen los que no creen?”) Eco se desenvuelve con una acreditada solvencia, como el filósofo ilustrado que siempre fue. Y con el libro como pretexto termina, a mi juicio, haciéndonos partícipes de una especie de legado intelectual: el de ser testigos y filtros de lo mejor de nuestra cultura en trance de desaparición. Es una lástima que ya no podamos estar al quite de la última de las aventuras intelectuales del escritor turinés, de sus innumerables inquietudes, de su presencia mediática, mesurada y radical al mismo tiempo. A cambio, nos deja una vasta obra en la que queda tela que cortar. El eco de Eco resonará todavía durante mucho tiempo.

sábado, 13 de febrero de 2016

La motivación política de la derecha.


Al calor de la que está cayendo uno se pregunta cuál puede ser la motivación que anida en cualquier militante de base de un partido de derechas, al menos del hasta ahora hegemónico en este país. ¿Un ideal basado en las supuestas virtudes de la economía liberal?, ¿una visión tradicional y conservadora del mundo?, ¿un “arriba España”?, ¿un nacionalcatolicismo de graduación variable? Cualquiera de estas posibles motivaciones, o una combinación de ellas, ha quedado empañada por una constatación que parece inapelable: la derecha se ha revelado como una máquina de saqueo y latrocinio sistemática. Hoy por hoy, resulta difícil entender a un militante o aspirante a serlo que sea capaz de obviar el pozo de corrupción sin límites en la que se ha metido desde hace tiempo la derechona nacional, a no ser que sufra de un bloqueo cognitivo generalizado. La cuestión de fondo es que, por si no quedaba todavía claro, el objetivo de esta opción política no es otro que los negocios (los suyos). Y los negocios solo entienden de cuenta de resultados. Por muchas milongas que nos cuenten aquí no se trata de palabras grandilocuentes como “Libertad”, “Religión” o “España”. Se trata de asaltar los recursos públicos, legislar para los amiguetes, plegarse a las grandes corporaciones para hacerse luego con el terrón de azúcar, sacrificar a las personas en el altar de la bolsa, tergiversar la memoria colectiva, negarles un futuro digno a las  generaciones venideras... La consecuencia de todo esto es la corrupción, que nos acerca cada día más a Zimbaue y menos a una democracia madura y consolidada, y la precariedad de grandes sectores de la sociedad. Como dijo un preboste de la derecha hace muy poco, en un arranque de cinismo propio de esta gente: “la desigualdad crea riqueza” (la suya, le faltó decir). Visto el panorama, resulta incomprensible que personas de buena voluntad (que las hay) todavía piensen que la derechona patria es una opción política válida o que militantes honrados no rompan su carné del partido en las narices del secretario general de turno. Al final, no puedo dejar de pensar que los aspirantes y los que permanecen en las entrañas de este monstruo desbocado no son sino más de lo mismo, postulantes a ocupar un puesto en la máquina de robar o a recibir alguna de las migajas que pueda caer desde arriba. Cómplices de lo que está pasando, lisa y llanamente.

martes, 19 de enero de 2016

Política emocional


La izquierda ha llegado, por fin, a la conclusión de que, como en todos los ámbitos de la vida humana, la política también es una cosa emocional. Reconozco que a uno, de igual modo, le ha costado aceptarlo. Sobre todo porque hasta hace nada estaba convencido de que los datos, las estadísticas, los hechos hablaban por sí mismos y que para eso bastaba oído y un poco de entendederas. La izquierda siempre pensó que la revolución era una cuestión de toma de conciencia (racional) de la realidad por parte de las clases oprimidas. Sabiendo que eso era un peligro para el orden establecido, las oligarquías planetarias desarrollaron en las últimas décadas el mayor sistema de alienación de masas conocido. Qué va a ser más importante: ¿la próxima expulsión de Gran Hermano o el hecho de que, como acaba de anunciar Oxfam, el uno por ciento de la población concentre más riqueza que la mayor parte de la humanidad entera? ¿Acaso llama más a la movilización la constatación de que vivimos en un sistema de robo y corrupción generalizada o la antesala de un Madrid-Barça? Ante este estado de cosas la nueva generación de izquierdosos postmodernos, con muy buen tino, pone el acento en las rastas y coletas, las proclamas que apelan a los sentimientos, la asistencia a programas de televisión que horrorizarían a los antiguos y adustos patriarcas de los partidos clásicos, buscan elementos de rebeldía e identificación, se reúnen en plazas y corean consignas, viejas y nuevas, tuitean a mansalva con el efecto buscado de generar estados de ánimo y de opinión, ponen en valor a personas que hasta hace poco ni hubieran pensado que podrían estar representando a innumerables conciudadanos. Al mismo tiempo, sueltan encima de la mesa medidas y demandas que chocan de frente con las políticas neoliberales, atacan al sistema de privilegio de las castas dominantes y realizan gestos y acciones con una enorme carga simbólica. A esto unos lo llaman populismo y en realidad es política emocional. Lo que pasa es que las emociones también deben manejarse con tino y mesura, so pena de generar saturación y desbordamiento y, a la postre, anulación del efecto que se buscaba. La consecuencia, en todo caso, se refleja en la posibilidad, por primera vez desde tiempos inmemoriales, de activar políticas transformadoras, en dar voz a los sin voz y en poner cerco al sistema de latrocinio generalizado que lleva echando humo desde los tiempos en que el viejo dictador pescaba salmón. Hay que seguir muy atentos la jugada, sí señor.

jueves, 14 de enero de 2016

El Congreso de los descamisados.


Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que rodear el Congreso se convirtió en un desafío en toda regla al entramado político al mando. Los manifestantes acudían de plazas y descampados, se constituían en mareas, plataformas y colectivos de lo más variopinto y, sobre todo, perdían el miedo día a día, después de tener que soportar las consecuencias de una estafa en forma de crisis a las que otros, los de siempre, parecían inmunes. Una cosa que se les reprochaba es que no representaban a nadie, en todo caso a sí mismos. No se habían presentado a unas elecciones, no tenían la legitimidad necesaria y, por supuesto, carecían del mínimo de legalidad que amparara tanto descaro. Pues bien, la legión de descamisados, golpeados por la crisis, indignados en cualquier grado y condición, ya tienen su cuota de representación y han entrado por la puerta grande en la sede de la soberanía nacional, ciudadana o popular (o como se la quiera llamar). De hecho, hoy puede decirse que el Congreso de los Diputados se encuentra en el punto más alto de su historia en cuanto a su índice de reflejo de la realidad social de este país. Aparte de un 40% de mujeres, una significativa rebaja de la edad media de sus señorías, podemos observar a personas de andar por la calle (o en bicicleta, que tanto da), con sus pelambreras, ropajes y circunstancias. El caserón de la calle de San Jerónimo, tradicional brazo político del poder económico y financiero español, hoy es un poco más del estudiante, del parado, de la humilde trabajadora que debe desprenderse de su hijo lactante para no perder su puesto de trabajo, de los inmigrantes, de los discapacitados, de los que apenas llegan a fin de mes, de los estafados, de los que jamás han visto los brotes verdes de ninguna clase, de los que no pueden pagar la luz, de los desahuciados y un largo etcétera. Es normal que la clase política encorbatada, acostumbrada a tarjetas blacks y sobresueldos en pasta contante y sonante y en especie, los que antes usaban gomina y hoy se sueltan el pelo, los que pensaban que en el orden natural de las cosas ellos eran los únicos llamados a mandar, es normal, repito, que estén muy preocupados. Algo empieza a cambiar. Algunos han perdido su escaño en manos de descamisados y greludos, en manos de gente extraña, desconocida, en manos de gente sencilla, inesperada y silenciada. ¡Tremendo atrevimiento!

viernes, 8 de enero de 2016

El avance inapelable del Mundo Cutrelux.


¿No querían algunas pruebas definitivas e incontestables del apocalipsis cultural en el que estamos metidos hasta las cejas? Aquí las tienen: Belén Esteban, una de las “escritora” de más ventas en los últimos años; el Pequeño Nicolás, excrecencia nacional de última hora, contratado para el Gran Hermano VIP ganando 3.000 euros al día; Bertín Osborne a la cabeza de los índices de audiencia en 2015.  Aterrador ¿no es verdad? Cuando cien mil personas abonan una pasta por hacerse con el tan preciado tesoro bibliográfico de la Esteban, lleno de vivencias enriquecedoras y ejemplificantes, en las que puede uno reconocerse en su condición humana, cuando millones de individuos emplean una parte considerable de su tiempo en las aventuras del pícaro jovencito o el señorito andaluz sempiterno, es que ya no hay cama para tanta gente. Si pensamos que esas personas no están solas, que tienen un entorno de familiares, amigos y vecinos con los que la mayoría de las veces se comparte una cosmovisión muy aproximada entonces creo que es mejor ir recogiendo los bártulos y meterse de lleno con aquel curso semiabandonado de danés urgente. Estos datos apocalípticos no pueden despacharse con un sencillo “es cuestión de gustos” o con una apelación al puro entretenimiento. Para gustos o entretenimiento la panoplia de opciones en absoluto dañinas para la estructura neuronal y la conciencia moral del personal es enorme. Pero que haya una fatal coincidencia en que personajes como estos son los superstar cuyas cuitas hay que seguir día sí y al otro también es la evidencia de que el Homo Sapiens ha llegado, en alguna de sus variantes, a un terrible callejón sin salida. ¿Qué se ha hecho mal, entonces? ¿No estábamos antes las generaciones mejor educadas de la historia? ¿La sociedad del conocimiento, las autopistas de la información, no auguraban una nueva Ilustración? ¿La extensión de la ciencia, del pensamiento crítico, no nos iba a permitir por fin desechar lo nocivo para quedarnos con lo beneficioso? ¿Representan Belén Esteban, el Nicolás de las narices y el Osborne pura cepa el ser humano nuevo, emancipado, que el pensamiento sesentayochista auguraba para las décadas venideras? ¿Será que somos los que nos resistimos a caer en el hoyo de la chabacanería más rancia los que estamos absolutamente equivocados?

martes, 5 de enero de 2016

Bienvenidas, Reinas Magas.


Hay que repasar de nuevo la cosa de los mitos. Siguiendo a Claude Levi Strauss, celebérrimo antropólogo, los mitos albergan una estructura profunda y manifiestan el ambiente cultural en el que surgen. Sin embargo, no son verdades reveladas, solo (y no es poco) una visión del mundo donde cada cultura trata de conjurar su angustia y obtener un universo de sentido. Los mitos son relatos y como tales podemos hacer con ellos un número indeterminado de interpretaciones, sobre todo, si tomamos conciencia de su carácter narrativo y en absoluto sagrado (al menos para una cultura postmetafísica como la nuestra). Si esto no fuera así nos hubiéramos perdido reelaboraciones fantásticas como “La última tentación de Cristo”, de Nikos Kazantzakis; el musical Jesucristo Superstar, la película “Yo te saludo, María”, de Godard o “El evangelio según Jesucristo”, novela que le costara el exilio a José Saramago y que, a la postre, nos lo trajo a Lanzarote. Todas ellas fueron reinterpretaciones “provocadoras” y heterodoxas en su momento y constituyen hoy en día hitos de nuestro patrimonio cultural. Traigo esto a colación por la absurda polémica respecto a las Reinas Magas que, “refrendadas” por el Papa Francisco, han saltado a la palestra últimamente en Madrid, Valencia y otras localidades. Nuevamente surge el rasgado de vestiduras por quienes consideran un crimen de lesa humanidad contra la infancia que uno o varios reyes magos hayan transmutado en reinas, como si tal cosa no pudiera ser potestad de unos seres prodigiosos que son capaces de hacerse visibles simultáneamente en miles de sitios y repartir millones de juguetes en un par de horas por todo el orbe cristiano. Hay quienes imaginan a los pequeñajos desconcertados, descreídos, desertando de la magia de la Navidad al mismo tiempo que el mundo termina convirtiéndose en un funeral al son de “La muerte no es el final” y donde la chiquillada ya no se “porta bien” porque la cosa de los reyes ha dejado de ser creíble. Que en esta libre reinterpretación de los mitos en algunos lugares opten por visibilizar reinas magas, lejos de ser el fin de los tiempos, puede ser una preciosa oportunidad para avanzar en un mundo diferente. El nuestro no puede seguir siendo una sociedad anclada en mitos milenarios que expresan solo la forma de pensar de pueblos de pastores nómadas y monoteístas que habitaron Oriente Próximo hace miles de años. Deben ser relatos debilitados (como dirían los postmodernos) que cumplan, a la par, una función mucho más potente en cuanto que expresión de una sociedad que quiere avanzar en el camino de la justicia y en el que la mujer, en este caso, no es solo la convidada de piedra a la que estamos acostumbrados. Así que ¡bienvenidas, Reinas Magas!

domingo, 3 de enero de 2016

Mundo ruido


Cada vez se me hace más duro estar en un local donde el nivel de decibelios de la música ambiente se funde con las decenas de gargantas que gritan y, si se trata de una cafetería, con la odiosa máquina de moler el café o la de hacer batidos. Solo un zombi puede aguantar ese nivel de ruido. O la marchona demoledora que ponen muchas tiendas de ropa para que el personal compre a ritmo de chunga chunga. Por no hablar de los cines, donde los graves de las explosiones y demás pirotecnia cinematográfica te pueden hacer saltar el hígado por los aires. Y qué decir de las guaguas que pasan a medio metro de uno en el momento justo de acelerar metiéndote, de propina,  una descarga de humo asqueroso directo a los ojos. Cómo soportar al que tiene la inaguantable costumbre de hablarte gritando cuando apenas está a un palmo de tu cara. Vivimos en un mundo de ruido, de gritos, de sobrepresión sonora. Constituye una parte importante de este escenario desquiciado en el que habitamos y al que, hay que reconocerlo, a más de uno le parece música celestial. Por esto mismo, el silencio, en cuanto que bien absolutamente escaso, se ha vuelto un lujo asiático, la mejor medicina contra la locura de nuestro tiempo. Pero es una medicina que debe administrarse con precaución a los enfermos. En alguna ocasión, he intentado hacer el ejercicio de “escuchar el silencio” con mi alumnado y no son raros los episodios de ansiedad y nerviosismo que se producen. Es natural. Eliminar de repente gritos y ruidos, golpes y estruendo, eliminar esa densidad sonora y descubrir un mundo de sosiego puede producir vértigo. Descubrir que en uno habita un corazón que palpita o que en la lejanía se oye el ladrido de un perro puede suponer para muchos una experiencia desconcertante. Qué cosas y qué ejemplo de lo insalubre de este mundo.

viernes, 1 de enero de 2016

Agrupémonos en la lucha final.





                                                                                                            
 ¿Dónde están los últimos lectores?, ¿dónde aquellos que han roto con la telaraña del consumismo?, ¿los que se ríen de la propaganda del gobierno y de las corporaciones financieras?, ¿los que arrojaron el traje de smoking al contenedor de reciclaje?, ¿los que aborrecen el famoseo, el cutrelux y la globalización futbolera?, ¿los que oyen a Mahler o a Deep Purple casi en secreto? En estos tiempos postreros ha llegado el momento de agruparse en la lucha final contra el avance generalizado de la estupidez. Ya no podemos mantener aquella consideración marxista de que la única ventaja del proletario es que son más. Hoy el proletariado ha sido cautivo y desarmado y quienes hacen girar sus vidas en torno a la última expulsión de Gran Hermano o el partido de liga de turno sí que son más, inmensamente más. Lo que toca es resistir, a pesar de que este infinitivo sea cuestionado por quienes piensan que el secreto de la vida es adaptarse, fluir según el sentido de la corriente, abandonarse al triunfo del pensamiento dominante. Vivimos en un tiempo de descuento, en una época del fin que podría llegar a ser, incluso, el fin de todas las épocas. Hace falta una ética del final, una actitud de rescate de todo lo bueno que, a pesar de todo, hemos ido acumulando; una visión distante, casi cínica, del acontecer. Y al mismo tiempo mucho sentido del humor, mucha alegría dionisiaca para afrontar esta fase última del despliegue de la tontuna humana que amenaza con llevarse todo por delante. La capacidad del ser humano para huir de sí mismo es casi infinita, para mirar para otro lado mientras se incendia Roma, para ensuciar el plato en el que come. Aunque somos cada vez más escépticos sobre la posibilidad de que otra humanidad esté por aparecer debemos actuar como si esta fuera una condición necesaria e inevitable.

 
Con esta declaración urgente de intenciones reactivamos La inocencia del devenir un par de años después, con la esperanza de que sea uno de tantos lugares donde los últimos anacoretas puedan felizmente encontrarse.



 

jueves, 10 de enero de 2013

¿Trabajadores de la banca?

Oigo en la TV que los numerosos empleados de Bankia que corren el riesgo de ser despedidos protagonizan una manifestación y un conjunto de medidas de protesta contra esa decisión de los mandamases del banco y demás depredadores. Supongo que en la medida en que visibilizan su protesta querrán arrancar algún gesto de solidaridad o al menos de comprensión ante su situación personal del conjunto de la ciudadanía. Curiosa situación esta. Me imagino a uno de estos empleados, algún director de oficina, por ejemplo (que tan poco es para tanto en el organigrama de esos dinosaurios financieros), tramitando un expediente de desahucio o desviando los escasos ahorros de un abuelo hacia un fondo de inversiones agresivo y de dudosa fiabilidad. ¿Debemos ser solidarios con estas personas?, ¿debemos acudir al sainete aquel de la “obediencia debida” de aire tan rancio?, ¿son al fin y al cabo trabajadores como cualquier otro a los que no les queda más remedio, por mor de la cuenta de resultados del banco y del reparto de dividendos entre accionistas y consejo de administración, que activar fielmente los procedimientos de ejecución de embargo y desahucio? Interesante dilema. ¿Se imaginan a estos empleados, o a uno solo de ellos, negándose a dejar a una familia en la calle?, ¿objetando a esta medida? ¿No acudiríamos prestos muchos ciudadanos en auxilio de un empleado de la banca que fuera puesto en la calle por haber denunciado ciertas prácticas inhumanas? No sé por qué me cuesta sentir un poco de cercanía con esta gente. Debe ser que soy poco dado a estas cosas del mundo financiero.

jueves, 8 de noviembre de 2012

A vueltas con ProIDEAC

La innovación educativa, la mejora de los procesos de enseñanza/aprendizaje, la respuesta a los retos sociales, etc. debieran ser una constante en todos los agentes implicados en este universo de la educación. En esto creo que habría poca discrepancia. Nuestra Consejería de Educación con su plan ProIDEAC (Pro integrar: diseño + evaluación, aprendizaje competencial) parece haber querido dar un salto decidido en este sentido. Pero he aquí que los vientos huracanados que corren van en la dirección contraria. Mal momento parece haber escogido nuestra afamada Consejería para implementar un plan tan ambicioso. En el momento en el que la Escuela Pública se enfrenta lisa y llanamente a un trance de pura supervivencia, los gestores de la cosa educativa deciden liarse la manta a la cabeza y nos presentan una revolución metodológica con aires de ordeno y mando.  Justo cuando las condiciones laborales y profesionales del personal se encuentran en su punto más bajo desde hace décadas los responsables de turno apuestan por tocar a rebato y nos ponen a trabajar en centros masificados como si estuviéramos en una especie de Summerhill. Quien suscribe, que es en el fondo muy afín a enfoques competenciales y evaluaciones auténticas [sic], no deja de contemplar con asombro cómo se ha llegado a este punto de evidentes contradicciones. En el curso en el que al profesorado se le aumenta la carga horaria lectiva y complementaria, en el que se ha producido un aumento notable de las ratios, en el que los centros se encuentran con serios problemas para reponer el material fungible más básico, es cuando se nos pide un salto cualitativo propio de un entorno finlandés. Está claro que los resultados educativos que se desprenden las distintas evaluaciones internacionales son verdaderamente pésimos para el Estado Español en general y Canarias en particular.  Pero si queremos resultados como el finlandés habrá que ir creando un entorno social y económico similar al finlandés.
Para que no se diga, también soy de los que (aún) cree en el potencial transformador de la escuela. Sin embargo, resulta cuando menos ingenuo pretender que con políticas de desmantelamiento de los servicios públicos, que nos llevan a escenarios de mera supervivencia, se pueden poner en práctica planes que supondrían un estado de cosas radicalmente diferente. En ese sentido la nefasta LOMCE es más coherente porque parte de la necesidad de dar marcha atrás en muchos de los logros hasta ahora conseguidos. ¿Quieren ustedes unas prácticas docentes en consonancia con los retos de esta sociedad del conocimiento (otra boutade, por cierto) de la que hablan? Empiecen por mejorar el acceso a la función docente, diseñando un perfil profesional en consonancia, inviertan en educación lo que hiciera falta para conseguir estos objetivos (¿se acuerdan cuando al comienzo de la crisis se hablaba de que para salir de ella una educación de calidad era una herramienta estratégica?), apuesten decididamente por la enseñanza pública, etc. Y solo entonces planteamientos tan loables y ambiciosos como ProIDEAC serán verdaderamente creíbles y rubricados sin ambages por el conjunto del profesorado. En caso contrario, se habrá perdido otra oportunidad para avanzar hacia una enseñanza de calidad que tanta falta nos hace.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La marca España

Hasta hace poco la idea de ‘Estado’ (con permiso de los neocon), era todavía un cierto garante de protección social y redistribución de la riqueza (he dicho “un cierto garante” –que está claro que la cosa nunca ha sido para tirar cohetes). Pero he aquí que en los avatares del turbocapitalismo nos vamos enterando de que incluso el Estado se ha convertido en una corporación más. No sorprende, por tanto, que se hable ya alegremente de cosas como la ‘marca España’ y otras zarandajas nada inocentes. En efecto, el Estado es ya una marca de consumo ligada a una especie de trust empresarial. Pero a diferencia del trust clásico donde un conjunto de empresas están controladas por una misma dirección son estas las que ejercen el control real del Estado. Mientras estábamos ocupados con la cosa del fútbol o decidiendo si unos eran naciones y otros nacionalidades el asalto al Estado por parte del poder económico y financiero se ha completado con un éxito rotundo. Ahora resulta que el poder ejecutivo se ha transformado en una suerte de consejo de administración y el Congreso de los Diputados en una asesoría legal.
En este contexto, titulares como el que no hace poco sacó un periódico de la derechona de este país cobra todo su significado profundo: “La ultraizquierda arruina la marca España”. Hacía poco que no leía algo tan tendencioso en apenas tres sustantivos y un verbo. Todo el que se mueve en este país pertenece al peligroso y cavernario mundo de la ultraizquierda que arruina (es decir, destruye, echa a perder) la línea de productos comerciales en lo que se ha transformado el término ‘España’. Así que lo que nos toca a partir de ahora es enfundarnos en un traje de faralaes y poner cara de eterna fiesta a ver si logramos vender un par de fregonas más, algún que otro jamón de jabugo y llenamos las infectas torres de apartamentos de Torremolinos o Los Cristianos de buenas remesas de turistas empobrecidos de Manchester. Cualquier otra actitud es poco menos que sospechosa de alta traición. La derechona apuesta por la vieja política de barrer la basura debajo de la alfombra, por mucho que esa ‘basura’ tenga el aspecto de casi seis millones de parados y decenas de miles de personas vilmente expulsadas de sus viviendas. En este nuevo orden de cosas nos acercamos peligrosamente a un mundo de ciudadanos (con poder adquisitivo) y súbditos (que no tienen donde caerse muertos), a una democracia del capital que es tanto como decir una tumba para los derechos civiles. Lo peor de todo, sin embargo es que el vulgo, haciendo caso del papel que le corresponde, santifica esta política por activa y por pasiva (a las elecciones gallegas me remito). Así que, conciudadanos, ¡a portarse bien! para que las élites políticas y económicas de este país puedan seguir pagándose el servicio y el yate atracado en Puerto Banús. Esto es: para que el orden natural de las cosas siga su curso mientras la Liga de Fútbol llega a su ecuador y los explotados de siempre levantan banderas para arrojárselas unos a otros con el fin de distraerse de lo vacía que está su cesta de la compra.

    jueves, 18 de octubre de 2012

    Gracias, señor Wert.


    Una asamblea de alumnos después del recreo en el hall de mi centro… pensaba que estas cosas ya no las volvería a ver y ¡me alegro! El ministro Wert, verdadero ariete de la derechona más rampante, ha tenido la virtud de empezar a movilizar aquellas energías que permanecían en modo eco desde tiempos casi inmemoriales. Que una confederación de padres y madres de alumnos convoque una huelga, secundada por varios sindicatos de estudiantes, ha sido toda una (grata) novedad. La reacción de Wert, secundada a su vez por las asociaciones católicas (para quienes debemos vivir en el mejor de los mundos posibles), no se ha hecho esperar: aquí todo el que se mueve es un peligroso ultraizquierdista. Así que estos alumnos de mi centro son peligrosos ultraizquierdistas. ¡Y yo sin caer en la cuenta!, ¡jugándomela todos los días rodeado de jóvenes incendiarios, antisistemas, vagos y maleantes! ¡Gracias, señor ministro, por abrirme los ojos! El ejercicio de educación para la ciudadanía que ayer creí ver en mi centro, de puesta en práctica de un sinfín de competencias básicas, no era sino una algarada de una pandilla de potenciales unabombers.
    Afortunadamente, la paz de los cementerios que la ultraderecha (esos sí que son ultras de verdad) quiere imponernos empieza a resquebrajarse. A pesar de la llamada pretendidamente ejemplarizante de quienes sostienen que con el ora et labora se arreglan los problemas del mundo, la perroflautería internacional, los estudiantes sin papás con chequera interminable, los parados (que no quietos), los transeúntes que apenas llegan a final de mes y las depauperadas clases medias empiezan a no estar por seguir manteniendo la boca calladita. La masa estudiantil, que antaño hiciera temblar a los prebostes que ocupaban el poder como se ocupa un sillón catedralicio, vuelve por sus fueros. Dicho de otra forma: ¡no está todo perdido! A pesar de la evidente bisoñez en estas cuestiones de nuestros alumnos, reconfortaba “Wert” cómo, micrófono en mano, se hacían preguntas que a nuestro poder pepero le debe hacer maldita la gracia: “¿podremos pagarnos la universidad?”, “¿podremos acceder a una  beca?”, “¿tendremos que emigrar de nuestras islas?”… resumidas en un estremecedor “¿qué será de nosotros?”. Claro que a estos chicos les ha dado por pensar, por hacer un alto en las cuitas de la liga de fútbol, e, inevitablemente, ¡la hemos liado! Pues ¡a seguir liándola, querido alumnado!, ¡que nadie les arrebate la voz ni la esperanza!

    domingo, 14 de octubre de 2012

    El artista y la modelo


                                                                                                                                                                             A  LL.
    Preciosista. Esta es la primera palabra que me viene a la cabeza después de haber visto “El artista y la modelo”, la última película de Fernando Trueba. Impresiona en primer lugar el lenguaje estético, visual, elegido por el director. Trueba convierte su película en un fresco pictórico que pese a estar rodada en blanco y negro o,  mejor dicho, gracias a que está rodada en blanco y negro, alcanza unos matices que podríamos calificarlos casi como impresionistas. Sin embargo, este lenguaje enormemente cuidado, que se sustancia en una fotografía que raya la perfección, no es un mero ejercicio de estilo, está al servicio de una historia que trata de algunos de los universales de la condición humana: el amor, la pulsión estética, la transmisión del saber entre las generaciones y la muerte, como telón de fondo y que, lejos de ser un acontecimiento traumático, se convierte en un tránsito natural y elegido por el protagonista.
    Trueba plantea en esta película la relación entre una jovencísima, provinciana e inexperta modelo y un artista, un escultor para más señas, en el ocaso de su carrera. La acción transcurre en la Francia ocupada por los nazis, a comienzos de la II Guerra Mundial. La aparición de esta joven supone un postrero impulso artístico, y vital, para un artista que llegó a ser muy célebre y que se encuentra cara a cara frente a un vacío existencial. El proceso de elaboración de la escultura para la que posa la joven modelo se convierte en una metáfora de la vida misma: el bocetaje, muchas veces problemático, la estructura interna, las primeras formas, la maduración y el acabado final. En este tránsito se produce además un proceso de ósmosis: al mismo tiempo que el artista se vacía en el hecho artístico la modelo va creciendo como persona, en un acto de generosidad casi inconsciente. En ese proceso hay también, lógicamente, un momento de encuentro, en el que la diferencia de edad, formación y posición social, pasa a un segundo plano frente al reconocimiento mutuo, en toda su dimensión vital, que dos personas sienten como consecuencia de la intensidad emocional de esa peculiar relación. “El artista y la modelo” es una película para quienes, precisamente, entienden la vida como una pulsión, del tipo que sea, pero una pulsión al fin y al cabo.

    viernes, 28 de septiembre de 2012

    Mammon en el Congreso


    La exposición en vigor en La Fundación Caixa Madrid dedicada al pintor William Blake muestra al final del recorrido el célebre cuadro de George Frederic Watts, Mammon (1884). Este cuadro, casi de tamaño natural, representa a un tirano repulsivo sentado en un trono decorado con calaveras. En su regazo guarda celosamente unas bolsas de dinero, mientras humilla a unos jóvenes que yacen a sus pies. Watts refleja de una manera descarnada y brutal a esta deidad de la riqueza y la opresión. Mientras la pintura del pintor inglés se muestra al público, a modo de inquietante recordatorio, miles de personas rodean el Congreso en la capital del Estado, de una manera quizás nada casual, para gritarle al Mammon que hay dentro que ni lo queremos ni nos representa. En estos tiempos posmodernos los sátrapas llegan al poder usando los resortes electorales y mediante todas las trampas de la mercadotecnia que convierte la cara brutal del Mammon de turno en un amable político besa niños. Volviendo a la sala de exposiciones, frente a Mammon se encuentra otro de los célebres cuadros de Watts y de símbolo completamente opuesto, La Esperanza (1878), en la que una joven, con los ojos vendados, se aferra a una lira de la que solo queda una cuerda sin romperse. De igual modo, nuestro futuro pende de un hilo. Nuestras posibilidades de vivir una vida que no sea la de un moderno siervo medieval han quedado prácticamente reducidas a la capacidad del conjunto de la ciudadanía de enfrentarse a los mammones que pululan en parlamentos, consejos de administración bancarios y agencias de calificación de riesgo. Pero el orondo tirano tiene además una larga porra en la mano con la que abrir la cabeza a disidentes y librepensantes de distinto signo. Mientras, el puto helicóptero da vueltas a modo de mosca cojonera a la altura de la cabeza de Mammon, trazando círculos sobre su corona puntiaguda y retratando fieramente a quien ose levantar la cabeza.
     

    domingo, 23 de septiembre de 2012

    Hasta siempre, conciudadanos

            Estimados conciudadanos y conciudadanas, que habitual u ocasionalmente han leído estos artículos publicados en la revista que tienen en sus manos bajo el epígrafe “De puño y letra”: ha llegado el momento, con esta cifra redonda de cincuenta publicaciones, de poner un ¡hasta siempre! a esta colaboración. Todo tiene una acotación en el espacio y el tiempo y estos artículos no iban a ser menos. Espero haber cumplido el propósito que los animó desde el principio: incitar a una reflexión sobre el presupuesto de que la condición ciudadana, hoy más amenazada que nunca, requiere de un ejercicio de crítica, de repolitización y de inconformismo frente a lo que se nos presenta como inevitable. No se nace ciudadano. La ciudadanía se construye generación tras generación y es sinónima de democracia. Estos y otros ideales, que tanto ha costado afianzar a lo largo de los años, están hoy seriamente en entredicho. Frente al ideal ciudadano se está imponiendo una nueva forma de retroceso a la antigua condición de súbdito. Se trata de la sumisión, no ya a un monarca absoluto, sino al reinado de los mercados, al entramado político y financiero que nos gobierna, al fatalismo del “no se puede hacer nada”. Hoy las decisiones importantes ya no están en manos de la soberanía popular. Todo conduce hacia un nuevo feudalismo, con estilismo chino, donde el poder económico y político está en manos de unas élites, con nombres y apellidos, y donde al personal solo le queda aguantarse y subsistir como pueda en medio de generosas dosis de adormidera en forma de pantalla gigante de ultimísima generación.
              En este sentido tenemos que reapropiarnos de la Política. Arrebatarle su uso exclusivo a quienes se han convertido en profesionales de la toma de decisiones y de la gestión de lo público. Tenemos que estar vigilantes contra este retroceso en derechos civiles que parece no tener fin y que amenaza con devolvernos al siglo XVIII a poco que sigamos descuidándonos. Esto ha sido posible, en parte, gracias a los nuevos instrumentos de alienación colectiva, entre los que sobresale poderosamente el fútbol. De ahí mi machacona insistencia en esta serie de artículos de prevenirnos contra esta aparente e inocente forma de distracción lúdica. El caso es que esta sociedad ha devenido en una hueca sociedad del espectáculo, o dicho más certeramente, de “distracción masiva”. Si tenemos al personal descargando la ansiedad y la mala hostia acumulada en las cuitas de estos millonarios del balompié a lo mejor se olvidan de que sus neveras están vacías y sus posibilidades de mejorar su nivel de vida han quedado truncadas. No sea que les dé por señalar a los responsables de esta estafa y la cosa se ponga fea de verdad.
                En el empoderamiento de la ciudadanía juega un papel esencial la educación. Como esto lo saben los mandamases se han ocupado de justo lo contrario, de devaluarla y de reducirla, fundamentalmente la pública, a su dimensión meramente asistencial. Sin una educación pública, gratuita, universal y de calidad esto no tiene arreglo. Pero lo lamentable es que ésta no perece ser una demanda ciudadana ni una prioridad para nadie. Y así nos va. Tampoco lo es, lamentablemente, llegar a un nuevo “pacto” con la Naturaleza (lo que no deja de ser un pacto con nosotros mismo) de tal modo que tengamos algo que dejarles con un mínimo de condiciones a las futuras generaciones. Y es que nuestra absoluta falta de inteligencia colectiva llega a cotas asombrosas, hasta el punto de poner en peligro, con nuestro modelo económico y nuestras prácticas políticas, nuestra propia supervivencia como especie. No deja de ser otro signo de esa estupidez rampante muchos de los comportamientos sociales que observamos: desde el culto a la imagen personal al consumismo desaforado. Todo esto es el campo abonado que nuestra afamada “clase política”, la de toda la vida, la que apenas envejece (milagros del fotoshop) campaña tras campaña, la que utiliza las instituciones como su cuarto de aperos, necesita para que todo siga igual.
                Indiscutiblemente, son estos tiempos de lucha ciudadana. Tiempos en los que nos jugamos mucho, tanto como nuestros propios derechos, nuestro modelo de vida basado en trabajar para vivir y no al revés (cuando se tiene trabajo, claro). Son tiempos para despertar de aquel largo sueño en el que pensábamos que a base de créditos bancarios ilimitados tendríamos un nivel de vida sin parangón en la historia, que el modelo a imitar era el de los jóvenes y agresivos cachorros de las finanzas. Tiempos para replantearse de arriba abajo este sistema que se nos ha ido revelando como insano, como pernicioso para la mayoría de las personas que apenas llegan, o no llegan de ninguna forma, a final de mes. Tiempos de decir: ¡hasta siempre, conciudadanos!

    domingo, 16 de septiembre de 2012

    Por qué no soy nacionalista



    Ahora que parece que estamos viviendo un capítulo más de la moda nacionalista convendría introducir en todas estas cabalgatas algunas matizaciones. Uno no es nacionalista casi por las mismas razones que el admirado Bertrand Russell no era cristiano.  Curiosamente, aunque el nacionalismo, o más bien el concepto de ‘nación’, tiene un origen ilustrado y forma parte del proceso de secularización que comienza en el Renacimiento, ha terminado por  imitar y, en cierto sentido,  sustituir a la idea de Religión. Por mucho que se hayan esforzado los teóricos del ramo, el concepto de “nación”, y con él toda la cuestión identitaria, es una abstracción del mismo calibre que la idea de “Dios”. Y por eso mismo, se presta al nivel de maleabilidad al que estamos acostumbrados a ver últimamente. Digo esto porque no deja de ser tan “pintoresco” que el periódico El Día se apropie de la bandera de las siete estrellas verdes como que CIU, en Cataluña, se arrope con las senyera para tapar sus propias vergüenzas. Bueno, alguien podrá decir, con razón, que no basta con ser nacionalista, que a eso hay que añadirle otras coletillas como “de izquierdas” o lo que sea. También está claro que la diversidad cultural es un bien en sí mismo pero no tengo tan claro que una nación pueda llegar a ser un sujeto político sin incurrir, al final, en algún tipo de totalitarismo.  Pienso que antes que jugar a la ruleta nacionalista vale la pena andar por la senda de la democracia, aceptando el derecho a la autodeterminación como una expresión más del derecho soberano de los individuos  a elegir, y el de una ciudadanía en clave cosmopolita (no exenta de ciertas dosis de utopía pero al menos radicalmente antiexcluyente). Estos días, además, hemos asistido al lamentable y recurrente espectáculo de los integristas de un lado armándola buena por el último de los vídeos blasfemos sobre el Profeta perpetrado por los integristas del otro lado. Y a riesgo de incurrir en alguna cosa sacrílega no puedo dejar de correlacionar ambos episodios: la barbarie de las religiones institucionalizadas con la emocionalidad casi infantil del nacionalismo. Mientras no superemos estos estadios propios de esta minoría de edad política y cultural en la que andamos metido mucho me temo que esto no tiene arreglo.

    lunes, 10 de septiembre de 2012

    La valentía de un profesor


    Hacía años que no visitaba el paraninfo de nuestra vieja y querida Universidad de La Laguna. Me alegró verlo en su magnífica restauración. Y, pese a que la ocasión, el acto de apertura del curso, era un motivo un tanto extemporáneo para quien suscribe no quería perderme, de ninguna manera, la lección impartida por el catedrático de periodismo, José Manuel de Pablos. El amigo Josema nos ha regalado a algunos compañeros la oportunidad de asistir a los últimos retoques de su discurso. ¿Y por qué no quería perdérmelo? Entre otras cosas porque lo que Josema había escrito era un acto de valentía y de compromiso social del que la Universidad está tan huérfana. En medio de las fuerzas vivas (y no tan vivas) de la sociedad canaria, en medio de esa especie de vuelta a la sociedad estamental que representa un acto de este tipo, con sus prima donnas militares, políticas, eclesiásticas y empresariales, con sus toques de campanillas para que el auditorio se pusiera en pie (efectuada por una azafata a falta de monaguillo), con sus Te Deum y sus Gadeamus Igitur, José Manuel de Pablos dio un puñetazo dialéctico sobre el atril y le expetó al auditorio algo tan provocador y revolucionario como la simple realidad social y política a la que esta grey vive ajena. Josema habló de la extensión de la ignorancia como estrategia del poder, del ataque frontal a la Universidad Pública que supone la subida de tasas, de la manipulación informativa por parte de las oligarquías dominantes, de la mediocridad de la clase política profesional, en fin…
    Fue una lección inaugural en tres actos donde no faltaron menciones a Gutenberg, Tim Berners Lee  (creador de la web), Julian Assange (perseguido por airear a través de Wikeleads las miserias del Imperio intergaláctico) y hasta  el infaustamente nobelizado Obama. Josema podía haber optado, como tantos otros catedráticos anteriores, por cumplir con el trámite con una lección estrictamente académica o, como mucho, con alguna mención de soslayo a este ataque frontal a los derechos civiles y laborales de la ciudadanía como no se conocían desde el final de la II Guerra Mundial. Y es que en José Manuel de Pablos habita un profundo sentido de una ética de la justicia social, una clara convicción del papel de la Universidad comprometida  con la causa del progreso colectivo. Pero el acto de nuestro profesor  es también un acto de valentía, una virtud moral claramente en retroceso en estos tiempos miserables que nos ha tocado vivir, donde parece haberse impuesto el toque de queda para aquellos valores que vayan más allá del sálvese quien pueda. La figura de Josema se agrandó no solo por su texto perfectamente hilvanado, sino por el contexto, no en vano era el escenario menos propicio para decir lo que se dijo, lo que había que decir, lo que no se puede seguir ocultando. Muchas gracias, José Manuel. Al menos que no nos arrebaten la voz ni la palabra.

    miércoles, 5 de septiembre de 2012

    La esposa del candidato


    Ya sabemos que los EE.UU son, entre otras cosas, el mayor exportador mundial de estupidez, seguidos  muy de cerca por China (que no solo en el PIB se compite). Cuesta creer que una mayoría, o una parte significativa de la población, de este país se zampe al pie de la letra las puestas en escenas de las convenciones de los partidos en liza para las presidenciales del Imperio.  Convención tras convención la corte de asesores y especialistas en mercadotecnia escenifican el mismo ritual de la vacuidad en dolby sorraund.  E invariablemente el rebaño de ovejas se emociona ante las confesiones de la esposa del candidato aireando las virtudes familiares y piadosas del presidenciable. Las cámaras recogen a los maravillosos retoños de la pareja que asisten con contenida satisfacción a las puestas  en escena de sus progenitores. No en vano coronan de esta manera toda una vida enfocada a perfeccionar la telegenia y desempeñar el papel de perfectos White Anglo Saxon Protestan (categoría en la que entra perfectamente un Obama más white que ninguno). Los comentaristas, a falta de algo verdaderamente sustancioso, se aplican en buscar algún guiño, una palabra fuera del guión, un renuncio que añada algo nuevo a tanta previsibilidad.
    Uno está, además,  por crear algún tipo de frente unitario contra las versiones cantadas  por solistas a capella del himno estadounidense. Por favor, señores mandamases ¡no nos castiguen más con tanto arrebato de emoción patria! Ya sé que cada uno se  monta el sarao como mejor le va (que para eso también por estos lares tenemos nuestras convenciones a base de bocadillos de mortadela). Pero como en este mundo globalizado en una sola dirección somos los de este lado del planeta los que tenemos que tragarnos tanta estupidez mainstream (y no al revés) tengan un poco de compasión de nosotros, pobres siervos que pagamos religiosamente nuestro diezmo en forma de aplicados consumidores de basura de todo tipo. Lo verdaderamente peligroso es que, como ha quedado contrastado, la estupidez resulta altamente contagiosa. Y no habría que extrañarse de que en un futuro cada vez más cercano, dada la indisimulada cutre-política pepera, empecemos a ver a las esposas cañí de por aquí cerquita alabando las paellas del candidato a dirigir la cosa patria, mientras los niños, educados en los maristas (como corresponde a la clase dirigente), lucen raya del pelo al lado y traje azul de chaqueta y corbata con gemelitos de oro, recuerdo de la abuela.  A veces pienso que, al igual que pasa con la próstata, hay algún área del cerebro humano que debe estar para que la envíen de nuevo al taller de diseño.

    domingo, 2 de septiembre de 2012

    Sobre sueños satisfechos


    Decía Aristóteles que para ser feliz había que tener, previamente, algunas necesidades materiales y afectos satisfechos. Y a partir de ahí pues a cultivar la virtud, la contemplación y esas cosas. Esto parece una obviedad, pero ¿cuántas personas pueden decir que tienen ese prerrequisito cubierto y sobre todo con la que está cayendo? Se entiende que a muchas personas en su lucha diaria por la existencia eso de la felicidad le suene a una soberana milonga. ¿Es la felicidad un estado mental alejado de cualquier influencia  mundana?  Pero, en relación a esta vieja aspiración del ser humano, el de alcanzar una vida plena y realizada, la cuestión es saber qué hacer con nuestra existencia precisamente cuando estos requisitos previos, los materiales al menos, están mínimamente cubiertos. Esta reflexión me viene a la cabeza después de asistir hace unos días a la presentación por parte del joven periodista tinerfeño, César Sar, de su largo viaje / odisea particular por el mundo. César, hace poco más de un año, se lio la manta a la cabeza, dejó su profesión y sus alforjas materiales y puso en práctica su sueño de toda la vida. Con las dotes de gran comunicador que le caracteriza exhortó al público a plantearse precisamente esa necesidad de enfrentarse algún día a los propios anhelos y deseos insatisfechos.
    Al día siguiente hablaba también con una mujer que dejó su profesión y apostó vital y materialmente por un proyecto que muchos tildaron de disparatado: poner en funcionamiento una sala de teatro con una programación estrictamente formativa – cultural. El caso que pese al riesgo de tamañas empresas ambas personas tienen en común una actitud vital que podríamos pensar que raya en lo que los griegos llamaban la “eudaimonía”, la búsqueda de la “Felicidad”. Si de ambos pudiéramos extraer algún tipo de generalización (aunque sea con una muestra tan pequeña) podríamos decir que la cosa pasa por tener el control de tu propia vida, por hacer aquello que “estas llamado a hacer” y por liberarte de esa suerte de miedos, inercias y supuestas imposibilidades en la que, en realidad, muchas veces nos educan. Por mi parte solo puedo añadir, en mi modesta experiencia en estos asuntos, que, en efecto, siempre he pensado que los límites (a pesar de que es muy importante saber que los tenemos) son muchos más laxos de lo que creemos. Al final es más importante ponerse en movimiento, aunque no tengamos muchas veces claro el rumbo ni el destino, que quedarse en la Estación Termini esperando eternamente a que se abran los cielos. ¡Enhorabuena a ambos, compañeros!