
Hay que repasar de nuevo la cosa
de los mitos. Siguiendo a Claude Levi
Strauss, celebérrimo antropólogo, los mitos albergan una estructura
profunda y manifiestan el ambiente cultural en el que surgen. Sin embargo, no
son verdades reveladas, solo (y no es poco) una visión del mundo donde cada
cultura trata de conjurar su angustia y obtener un universo de sentido. Los
mitos son relatos y como tales podemos hacer con ellos un número indeterminado
de interpretaciones, sobre todo, si tomamos conciencia de su carácter narrativo
y en absoluto sagrado (al menos para una cultura postmetafísica como la nuestra). Si esto no fuera así nos hubiéramos perdido
reelaboraciones fantásticas como “La última tentación de Cristo”, de Nikos Kazantzakis; el musical
Jesucristo Superstar, la película “Yo te saludo, María”, de Godard o “El evangelio según Jesucristo”,
novela que le costara el exilio a José
Saramago y que, a la postre, nos lo trajo a Lanzarote. Todas ellas fueron
reinterpretaciones “provocadoras” y heterodoxas en su momento y constituyen hoy
en día hitos de nuestro patrimonio cultural. Traigo esto a colación por la
absurda polémica respecto a las Reinas Magas que, “refrendadas” por el Papa Francisco, han saltado a la
palestra últimamente en Madrid, Valencia y otras localidades. Nuevamente surge
el rasgado de vestiduras por quienes consideran un crimen de lesa humanidad
contra la infancia que uno o varios reyes magos hayan transmutado en reinas,
como si tal cosa no pudiera ser potestad de unos seres prodigiosos que son
capaces de hacerse visibles simultáneamente en miles de sitios y repartir millones de juguetes en un par de horas por todo el orbe cristiano.
Hay quienes imaginan a los pequeñajos desconcertados, descreídos, desertando de
la magia de la Navidad al mismo tiempo que el mundo termina convirtiéndose en
un funeral al son de “La muerte no es el final” y donde la chiquillada ya no se
“porta bien” porque la cosa de los reyes ha dejado de ser creíble. Que en esta
libre reinterpretación de los mitos en algunos lugares opten por visibilizar reinas
magas, lejos de ser el fin de los tiempos, puede ser una preciosa oportunidad
para avanzar en un mundo diferente. El nuestro no puede seguir siendo una
sociedad anclada en mitos milenarios que expresan solo la forma de pensar de
pueblos de pastores nómadas y monoteístas que habitaron Oriente Próximo hace
miles de años. Deben ser relatos debilitados (como dirían los postmodernos) que
cumplan, a la par, una función mucho más potente en cuanto que expresión de una
sociedad que quiere avanzar en el camino de la justicia y en el que la mujer,
en este caso, no es solo la convidada de piedra a la que estamos acostumbrados.
Así que ¡bienvenidas, Reinas Magas!