Al calor de la que está cayendo uno
se pregunta cuál puede ser la motivación que anida en cualquier militante de base
de un partido de derechas, al menos del hasta ahora hegemónico en este país.
¿Un ideal basado en las supuestas virtudes de la economía liberal?, ¿una visión
tradicional y conservadora del mundo?, ¿un “arriba España”?, ¿un
nacionalcatolicismo de graduación variable? Cualquiera de estas posibles
motivaciones, o una combinación de ellas, ha quedado empañada por una
constatación que parece inapelable: la derecha se ha revelado como una máquina
de saqueo y latrocinio sistemática. Hoy por hoy, resulta difícil entender a un militante
o aspirante a serlo que sea capaz de obviar el pozo de corrupción sin límites
en la que se ha metido desde hace tiempo la derechona nacional, a no ser que
sufra de un bloqueo cognitivo generalizado. La cuestión de fondo es que, por si
no quedaba todavía claro, el objetivo de esta opción política no es otro que
los negocios (los suyos). Y los negocios solo entienden de cuenta de
resultados. Por muchas milongas que nos cuenten aquí no se trata de palabras
grandilocuentes como “Libertad”, “Religión” o “España”. Se trata de asaltar los
recursos públicos, legislar para los amiguetes, plegarse a las grandes
corporaciones para hacerse luego con el terrón de azúcar, sacrificar a las
personas en el altar de la bolsa, tergiversar la memoria colectiva, negarles un
futuro digno a las generaciones
venideras... La consecuencia de todo esto es la corrupción, que nos acerca cada
día más a Zimbaue y menos a una democracia madura y consolidada, y la
precariedad de grandes sectores de la sociedad. Como dijo un preboste de la
derecha hace muy poco, en un arranque de cinismo propio de esta gente: “la
desigualdad crea riqueza” (la suya, le faltó decir). Visto el panorama, resulta
incomprensible que personas de buena voluntad (que las hay) todavía piensen que
la derechona patria es una opción política válida o que militantes honrados no
rompan su carné del partido en las narices del secretario general de turno. Al
final, no puedo dejar de pensar que los aspirantes y los que permanecen en las entrañas
de este monstruo desbocado no son sino más de lo mismo, postulantes a ocupar un
puesto en la máquina de robar o a recibir alguna de las migajas que pueda caer
desde arriba. Cómplices de lo que está pasando, lisa y llanamente.
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sábado, 13 de febrero de 2016
La motivación política de la derecha.
Al calor de la que está cayendo uno
se pregunta cuál puede ser la motivación que anida en cualquier militante de base
de un partido de derechas, al menos del hasta ahora hegemónico en este país.
¿Un ideal basado en las supuestas virtudes de la economía liberal?, ¿una visión
tradicional y conservadora del mundo?, ¿un “arriba España”?, ¿un
nacionalcatolicismo de graduación variable? Cualquiera de estas posibles
motivaciones, o una combinación de ellas, ha quedado empañada por una
constatación que parece inapelable: la derecha se ha revelado como una máquina
de saqueo y latrocinio sistemática. Hoy por hoy, resulta difícil entender a un militante
o aspirante a serlo que sea capaz de obviar el pozo de corrupción sin límites
en la que se ha metido desde hace tiempo la derechona nacional, a no ser que
sufra de un bloqueo cognitivo generalizado. La cuestión de fondo es que, por si
no quedaba todavía claro, el objetivo de esta opción política no es otro que
los negocios (los suyos). Y los negocios solo entienden de cuenta de
resultados. Por muchas milongas que nos cuenten aquí no se trata de palabras
grandilocuentes como “Libertad”, “Religión” o “España”. Se trata de asaltar los
recursos públicos, legislar para los amiguetes, plegarse a las grandes
corporaciones para hacerse luego con el terrón de azúcar, sacrificar a las
personas en el altar de la bolsa, tergiversar la memoria colectiva, negarles un
futuro digno a las generaciones
venideras... La consecuencia de todo esto es la corrupción, que nos acerca cada
día más a Zimbaue y menos a una democracia madura y consolidada, y la
precariedad de grandes sectores de la sociedad. Como dijo un preboste de la
derecha hace muy poco, en un arranque de cinismo propio de esta gente: “la
desigualdad crea riqueza” (la suya, le faltó decir). Visto el panorama, resulta
incomprensible que personas de buena voluntad (que las hay) todavía piensen que
la derechona patria es una opción política válida o que militantes honrados no
rompan su carné del partido en las narices del secretario general de turno. Al
final, no puedo dejar de pensar que los aspirantes y los que permanecen en las entrañas
de este monstruo desbocado no son sino más de lo mismo, postulantes a ocupar un
puesto en la máquina de robar o a recibir alguna de las migajas que pueda caer
desde arriba. Cómplices de lo que está pasando, lisa y llanamente. sábado, 19 de noviembre de 2011
El Catalejo (35) La derecha sin complejos
Ya he aludido en más de una ocasión al proceso de “descomplejización” de la derecha. No se trata de que se se hayan vuelto más “simples” (que lo son) sino a que han perdido todos sus complejos y reticencias a mostrarse como tales (¿se acuerdan cuando todos afirmaban ser de “centro”?). Se encontraba el que suscribe esta mañana en una librería, único sitio decente (exceptuando alguna que otra cafetería) donde se puede pasar la “Jornada de reflexión”, cuando me topé con un librito que desató en mí todas las alarmas. Se titulaba “Libertad real ya” y adoptaba el mismo diseño, tamaño y estilo del “¡Indignaos!” de Stephen Hassell. La diferencia más apreciable, además del famoso altavoz de la portada que está vez aparecía como un capirote en la cabeza de un monigote con malas pulgas, era el desafiante toro del logo de Intereconomía. ¡Se pueden imaginar! Ya había visto otros panfletos que trataban de desacreditar al Movimiento 15M y a todo lo que oliese a peligroso izquierdismo. Pero lo de este libelo ya roza lo insultante. Como no iba a comprármelo le dí una rápida ojeada. Se trataba de una especie de manual de urgencia para que el lector de derechas o simplemente el despistado que pasase por allí dispusiera de “argumentos” frente al desafío al sistema que suponen los perros flautas de medio mundo. El hecho de que el diseño del libro tratara de pasar por una publicación más del 15M no es una cuestión menor. Es la típica filosofía de la simulación y de la apropiación de la derecha (en este caso en su versión más ultra). La feroz ofensiva de los muchachos de la derecha, desde que se sintieran despojados del gobierno en aquellas elecciones marcadas por los atentados del 11M , con los César Vidal, Sánchez Dragó, Pío Moa, Jiménez Losantos, etc a la cabeza, ha consistido básicamente en apropiarse paulatinamente de conceptos clave y de referencias históricas que jamás estuvieron en su diccionario político. En primer lugar, el de la 'Libertad'. Si la derecha representa la Libertad la izquierda, lógicamente, representa la opresión. No vamos a entrar en la raíz del concepto de Libertad tal y como la derecha lo entiende, porque eso daría para una tesis, pero está claro que es la libertad de los que más tienen para conservar sus privilegios y sus modos de vida frente a la masa rencorosa y envilecida que no es capaz de reconocer que los valores fundamentales, los de toda la vida y por la gracia de Dios, está en el bando de la gente de bien (los de misa diaria y una buena cartera de inversiones). Pero lo peor es que, como conclusión de la rápida ojeada, ellos se reclaman como los auténticos indignados (frente al Estado rapaz que les regula su vida y les cobra impuestos) y como defensores (¡el colmo de los colmos!) de la clase trabajadora que solo puede tener asegurada un mínimo de prosperidad con las migajas que les toque en la arcadia anarco-capitalista a la que aspiran los ricos de siempre, esa que les asegure su nivel de renta y sus ancestrales privilegios. Así que ojito, que esta gente viene muy crecida. Sobre todo porque saben perfectamente que estamos en un momento clave: la crisis social y económica estructural que estamos viviendo solo tiene dos posibles “salidas”: o revienta y vamos hacia algún tipo de modelo post-capitalista o da un salto hacia adelante con el desmontaje de lo poco que queda del Estado del Bienestar, acercándonos cada vez más al modelo asiático. Sobra comentar lo que esto último supone.
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