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lunes, 2 de enero de 2012

Pequeñas Librerías

Aparte del atún y del Estado del Bienestar otras de las cosas que probablemente no conocerán nuestros nietos serán las librerías. Al menos entendidas como espacios físicos y singulares, habitados por un número indeterminado de libros de papel entre los que perder la noción del tiempo. Es bastante probable que esta pérdida pase inadvertida (de hecho ya ocurre) para la mayoría de los mortales, enfrascados como están en cosas más mundanas. Pero quiero pensar que todavía queda algún extraterrestre al que se le hace difícil pensar una vida sin la posibilidad de zambullirse entre las novedades editoriales y los fondos de anaqueles y, además, poder tocar los ejemplares y decidir si vale la pena que engrose la biblioteca personal. Por esto mismo creo que resulta todo un gesto de rebeldía y resistencia cultural comprar, al menos de vez en cuando por aquello de lo mucho que nos están apretando los bolsillos, un libro en una librería. Y si es una librería pequeña, de las de pueblo de toda la vida, mejor todavía. A veces tengo la sensación de que algún que otro librero, de los poquitos que van quedando, cuando le compro un libro disimula el impulso de darme un abrazo o algo por el estilo. Yo le daría una palmadita en el hombro como gesto de reconocimiento por seguir empeñándose en tamaña empresa. Pero las formas aún imperan.
Cuando era un niño recuerdo como un momento intenso cuando mi padre me daba unas pesetas para que me comprara un libro en alguna de las dos únicas pequeñas librerías que existían en mi pueblo. Me encantaba particularmente darle vueltas a los expositores giratorios donde se ubicaban los libros de bolsillo (la dádiva de mi padre no daba para más). Eran esos años en los que en este campo dominaba la colección Reno, de Plaza y Janés, con sus sobrecubiertas de colorines. Con los años he adquirido la habilidad de leer títulos y autores en expositores giratorios a una velocidad de vértigo sin que me afecte por ello la musculatura del cuello (una de mis pocas destrezas, por cierto). Aquel ejemplar que llama mi atención activa rápidamente la zona correspondiente de mi cerebro que ordena detener el giro y atender el susurro que proviene desde esas páginas.
En estos días de compras y desenfreno venido a menos he podido comprobar cómo algunas de estas pequeñas librerías permanecen tan vacías como cualquier día del año. Mientras, el capital circulante se concentra en las innumerables tiendas de ropa de los grandes centros comerciales, el único artículo que la gente considera imprescindible -aunque sus armarios estén a reventar. Así que, amigo lector, si aún te queda algún libro que comprar, si eres de esos que no entiende empezar el año sin algún ejemplar prometedor entre las manos, hazle un favor a la causa y cómpralo en una pequeña librería. Ya sé que en la mayoría de los casos éstas se han convertido en papelerías y puntos de ventas de best sellers, pero con buen ojo y un poco de paciencia seguro que se descubre algo que valga la pena. Así empezamos este 2012 con el primer gesto contracorriente (que no es poco).
[El Cazador de Libros (1)]

PD: Este es el primer post en el que voy a prescindir de incluir en el título el capítulo al que pertenece el texto. Una manía un tanto enfermiza, lo reconozco, debido a mi mente estructurante. Pero como no renuncio al mismo, sobre todo porque al final de cada año me sirve para archivar e imprimir los textos agrupados por temas, los seguiré especificando al final de la entrada. Feliz año, de nuevo.

lunes, 14 de marzo de 2011

El Cazador de Libros (5) 5.000 libros

Hay quienes celebran el cumpleaños del gato y quienes lo hacen de su biblioteca. Pertenezco a este segundo grupo de frikies. Mi biblioteca ha llegado a los 5.000 ejemplares, una cifra redonda, al menos. Esto no trata de ser un ejercicio de petulancia. Hay bibliotecas personales mucho mayores y seguramente mejor surtidas y equilibradas. Es quizás un momento (otro) para la nostalgia. Creo que empecé a tener una idea de lo que podía ser mi biblioteca personal con doce o trece años, esa sensación de “estos son mis libros” y “son una cosa valiosa”. Al fin y al cabo esta cifra no es sino otro indicador más de ese inexorable paso del tiempo. Solo “heredé” dos libros: uno editado en los años 30, del escritor francés Pierre Loti, “Ramuncho”, propiedad de un abuelo y que pasaba por ser un “libro prohibido” durante el franquismo, y una antigua enciclopedia escolar de mi madre. El resto fue todo un proceso acumulativo de compras, regalos y otras bibliopatías inconfesables que han llegado hasta aquí. Desde esa edad adquirí la costumbre de ordenarlos, registrarlos y mimarlos como una especie muy frágil. Lamento ahora haberme desprendido en su día de algunos libros juveniles que hoy consideraría pequeños tesoros. Pensaba sugerir a los jóvenes lectores que repriman esa impulso asesino que se apodera de todo el mundo en cierto momento y que consiste en pensar que aquellos libros son el testimonio de una época infantil que hay que superar. La sugerencia no deja de ser inútil desde el momento en que ya apenas quedan jóvenes lectores y la nube digital va acabando con la Galaxia Gutenberg.
Pero no todo van a ser alegrías. La falta crónica de espacio de la que sufro hace que abunden pilas de libros por aquí y por allá. Un desorden ordenado que casa mal con mi cuadrícula mental. Pero ¿qué le vamos a hacer? No puedo evitar que los libros me compren a mi. Cuando entro en una librería oigo voces que dicen “cómprame, cómprame... léeme, léeme...” Me han dicho que la cosa no tiene cura por lo que no queda más remedio que seguir tirando de tarjeta. Al mismo tiempo, el milímetro de estantería se ha puesto carísimo, más que el barril de petróleo Bren. Cuando llegue el momento en que tenga que colocar unos libros detrás de otros en los estantes probablemente sea otro de los signos del inminente apocalipsis. Les tendré informados.
Por cierto, el libro que lleva el registro 5.000 es “El refugio de la memoria” de Tony Judt (Taurus 2011), una especie de escrito postrero de este historiador, concluido escaso tiempo antes de que su enfermedad degenerativa terminara con él. Lo que he hojeado de este libro me lleva a pensar que no me quedará más remedio que adelantarlo en la lista de libros por leer.

miércoles, 7 de abril de 2010

El Impertinente (6) De Gutenberg al libro electrónico

Con la invención de la imprenta por parte de Gütenberg, hacia 1450, se produjo una auténtica revolución del saber. El libro como vehículo del conocimiento pasó de ser el artículo rarísimo y único, que suponía en ocasiones años de trabajo de un monje copista medieval, a convertirse paulatinamente en un producto que empezaba a multiplicarse y circular por toda Europa. Algunos de esos monjes ni siquiera sabían leer y escribir. Se limitaban a reproducir lenta y fielmente el manuscrito que tenían delante. Así no se corría el peligro de que pudieran “contaminarse” con el contenido del libro.
En su momento la imprenta, con sus posteriores desarrollos, supuso una revolución cultural. Hoy el libro electrónico nos abre las puertas de otra revolución pero, a mi juicio, mucho más imprevisible. En realidad (sé que es una actitud un tanto apocalíptica) no puedo dejar de ver signos de una auténtica debacle cultural. El libro electrónico no es sino el corolario de un proceso que se inició hace años en el que lo virtual está sustituyendo a lo material. La vieja cultura está siendo desplazada por una nebulosa digital difusa e inaprensible. Ya en los años 60 del pasado siglo XX, el teórico de la comunicación, Marsall MacLuhan, advirtió sobre los poderosos cambios que se avecinaban en la “era de la información”. Era la época del boom de la televisión. Se hablaba entonces del “fin de la era del libro”, arrollada por la nueva era audiovisual. Si entonces fue un anuncio precipitado, hoy, 40 años después, el homicidio se ha consumado.
Acordémonos también de aquella famosa frase de MacLuhan, “el medio es el mensaje”. El medio no es neutral, incide directamente en el contenido. En este caso, el medio (el soporte electrónico) acabará con el mensaje (el producto cultural). Algo parecido ha pasado ya con otros productos culturales como el disco o las películas de vídeo. ¿Se acuerdan de aquellos vinilos? El producto era mucho más que la música que tenía grabada. La confección del álbum era el resultado de todo un proceso creativo. El diseño de la portada, el material del que podía venir acompañado, redondeaban el producto. ¿Hoy qué consumimos? Realmente bit de información. Hoy se “baja” de internet una pieza musical concreta que añadir a series ya almacenadas e inconexas. Una de las cosas que se ha puesto en entredicho de esta manera es la misma noción de autor, de creador, que estaba detrás de la obra en cuestión. Con el libro pasa lo mismo. El libro era el máximo exponente de la idea de saber y de cultura (escribo ya en pasado). A pesar de la hiperinflacción bibliográfica de los últimos años un autor aspiraba a ver su obra impresa como producto final de un proceso creativo o investigador. El resultado era un producto material y tangible (se podía ver, tocar y oler, vaya). El lector aspiraba a hacerse con un ejemplar como medio de participar también de ese proceso y almacenarlo al menos como testimonio visible de su logro. El libro tenía “corporeidad”, era el resultado de una edición concreta, envejecía noblemente en el estante, podía estar firmado por el autor, contener anotaciones del lector, convertirse en un ejemplar único en la medida en el que el resto de ejemplares fueran desapareciendo, etc. Con el “e-book” estas ideas saltan por los aires.
Los actuales libros electrónicos probablemente queden obsoletos en poco tiempo. Tal y como va esto es muy posible que las futuras terminales sean totalmente multifuncionales, es decir que sirvan para todo (ya se sabe: internet, vídeo, música, telefonía, redes sociales, etc) siendo la descarga de libros una opción más. Así que la función estrictamente lectora quedará reducida a una cuestión residual. La novela será sustituida por el microrelato y el ensayo por una serie de titulares a modo de conclusión (para que el “e-lector” no pierda el tiempo). Este proceso ya lo estamos viendo en la prensa digital: lo importante es el flash informativo, la imagen impactante, la renovación constante de contenidos. La idea de que la prensa escrita es el medio idóneo para el comentario y la reflexión pasará a mejor vida. Sencillamente ¡no hay tiempo!
Si alguien piensa que el formato digital multiplicará el número de lectores y promoverá una sociedad más ilustrada entonces, en el mejor de los casos, habrá que redefinir ambos conceptos: ¿qué se entiende por 'lector' y qué se entiende por 'sociedad ilustrada'? Desde luego, los conceptos actuales ya no sirven. El lector quedará diluido en una ciberesfera donde se impondrá lo efímero y lo banal, donde la rápida e infinita sucesión de acontecimientos impedirá cualquier tipo de reflexión mínimamente rigurosa. El libro de papel es incompatible con la nueva era hiperacelerada.
Sé que este proceso es imparable. Lo es porque está inserto en todo un sistema tecno-económico que se reproduce a un ritmo vertiginoso. Son las nuevas formas de hacer negocio. Quizás, como afirman algunos, pueda coexistir durante un tiempo la vieja cultura del libro con el aparatito de marras, al menos mientras resistamos los últimos mohicanos.

lunes, 5 de abril de 2010

El Cazador de libros (2) Atracón peninsular

Uno de los principales itinerarios que suelo hacer cuando viajo es el libresco. En la medida en que la capacidad de carga y de pecunio me lo permiten suelo darme algún que otro atracón. Uno de los momentos más entrañables lo viví en la Plaza Nueva de Bilbao, un domingo por la mañana, en pleno mercadillo. Entre corros de hombretones que compraban cromos de jugadores de fútbol de todas las ligas posibles, había también algunos puestos de libros en los que se podía practicar el buceo de profundidad. Compré varios ejemplares de Espasa Calpe, curiosamente todos editados en Bueno Aires: Unamuno: “Recuerdos de niñez y mocedad” (1952), Julián Marías: “La Filosofía Española actual” (1948) centrado en Unamuno, Ortega y Morente; Manuel de Falla: “Escritos sobre música y músicos” (1950), Héctor Berlioz: “Beethoven” (1951). También en esta plaza adquirí una curiosa biografía escrita por John Vandercook: “El Rey de Haití” (Rialp 1955) sobre Henri Christophe, autoproclamado rey en 1806. Conseguí un librito de Stefan Zweig: “Los ojos del hermano eterno” (Apolo 1938) con portada de tela y por la fecha seguramente de las últimas ediciones de la Barcelona republicana. Por último adquirí un ejemplar de la revista “Victory” editada por la Oficina de Propaganda de Guerra Norteamericana en 1944. En otro mercadillo de Bilbao, en el Paseo Campo de Volantín, compré una autobiografía de John Steinbeck: “Una vez hubo una guerra” (Caralt 1985) y un libro de historia de la ciencia de Gerald Messadié: “Grandes descubrimientos de la ciencia” (Alianza 1999). En el Museo Vasco de Bilbao conseguí curiosamente una guía de la Casa Museo de Ana Frank en español: “Ana Frank, una historia vigente” (1996). El Museo de Bellas Artes de Bilbao, uno de los más importantes de su género en el norte de España, fue el lugar donde, aparte de la guía correspondiente, adquirí un ejemplar de Sylvia Martín: “Futurismo” (Taschen 2005). En la Gran Vía bilbaina compré un libro de viajes de Alvaro Colomer: “Guardianes de la memoria” (MR 2008) y una más que recomendable reflexión sobre el arte contemporáneo de Sarah Thorton: “Siete días en el mundo del arte” (Edhasa 2010). La ineludible visita al Guggenheim reparó la adquisición de un ejemplar sobre uno de los artistas (genial, por cierto) que expone en este momento y escrito por Eva Fernández: “Anish Kapoor” (Nerea 2006) y una guía: “Richard Serra, la materia del tiempo” (Connaissance des Arts. París 2006). Una excursión a Gernika reparó la inevitable adquisición de un estudio sobre el horroroso acontecimiento de la Guerra Civil: “El bombardeo de Gernika”, (Gernikazarra 2005) que se añadirá a otros que tengo sobre el mismo episodio. En Donostia, en una de las librerías de la cadena vasca Elkar, compré un libro que andaba persiguiendo desde hace tiempo: W.G. Sebald: “Sobre la historia natural de la destrucción” (Anagrama 2005) y me encontré con una sorpresa que adquirí sin pensarlo dos veces, Umberto Eco & J-C Carriere: “Nadie acabará con los libros” (Lumen 2010). En el Oceanográfico de Donostia, aunque no entré en el mismo, en su tienda compré un catálogo titulado “Urdaneta en su tiempo” (Soc Oceanográfica de Gipúzcoa 2003).
De paso por Burgos paré en una librería del paseo del Espolón donde compré el último de los premios nacionales de narrativa, concedido a Kirmen Uribe: “Bilbao, New York, Bilbao” (Seix Barral 2010), a ver qué tal. Una visita al Centro de Arte Caja de Burgos (buen espacio expositivo, por cierto) me deparó otra agradable sorpresa, la simpática recepcionista me regaló un catálogo de Marcel van Eeden: “The archaeologist” (Centro de Arte Caja de Burgos 2007).
En Madrid, la inevitable visita a la mega librería de un centro comercial de la Puerta del Sol reparó la compra de Christopher Horrocks: “Baudrillard y el milenio” (Gedisa 2004) y de Germán Lopezarias: “El Madrid del ¡no pasarán” (La Librería 2007). En la Fundaxió La Caixa, aparte de la magnífica exposición de Miquel Barceló, adquirí uno de los catálogos del fondo de esta entidad: “Ex-Libris Modernistes” (La Caixa 1996). Un día lluvioso me impidió sacarle más partido a la Feria del Libro de la Cuesta de Moyano. Sólo tuve tiempo de adquirir un librito de Jacques Derridá: “Palabras de agradecimiento del premio Adorno” (UNAM. México 2001). La visita a la espléndida exposición sobre Gregorio Marañón en la Biblioteca Nacional tuvo como corolario la compra del catálogo correspondiente. En él se hace un recorrido por la intelectualidad española de la primera mitad del siglo XX. Ahora viene el “pos viaje”, el momento en el que hay que enfrentarse gustosamente con estas y otras adquisiciones que omito por no cansar al sufrido lector.