viernes, 22 de junio de 2012

Incapaces


En estos años he podido ir añadiendo algunos capítulos más al amplio volumen de los desajustes universales. A veces da la impresión de que nadie está donde le corresponde, sobre todo en el proceloso mundo de la educación. En este sentido, puedo decir que he conocido a una monitora que trabajaba en una Casa de la Juventud y que era alérgica a los jóvenes, un profesor que impartía clases en un centro rural y que no se cansaba de comentarles a los chicos los “paletos” que eran, una tutora de un grupo con dificultades de aprendizaje y que no hacía sino horrizarse con las carencias de los alumnos y además se lo recordaba todos los días con un buen arsenal de airados lamentos e improperios. Todos estos perfiles disfuncionales no producen sino insatisfacción y un cúmulo de problemas. Pero es también consecuencia de la cultura caduca de que todo el mundo vale para cualquier cosa. En el ámbito de la educación hace falta ya que se elaboren los distintos perfiles profesionales, que se diseñe una forma de acceso que contemple todo aquello que resulta esencial en la docencia y que hoy apenas se tiene en cuenta. Resulta curioso que para una gran parte de trabajos se pidan pruebas psicotécnicas (por muy poco de fiar que sean). Pero en este delicado mundo nuestro eso parece una boutade. Y así nos va. He conocido también a verdaderos genios en su ámbito de conocimiento perfectamente incapacitados no solo para dar clase, sino para ponerse siquiera delante de un grupo de adolescentes (con el serio riesgo para la integridad psico-física que eso supone). Para bien o para mal, aquel mundo en el que al profesor se le presuponía su autoridad pasó a mejor vida. Ya no quedan sheriff del condado. Hoy hay que ganarse los galones a pie de obra y sin que eso te asegure gran cosa. Pero, al menos, la condición previa y deseable es que al sujeto en cuestión no le salgan ronchones en un aula poblada por la muestra más palpable de nuestra sociedad. Ese sería un pasito en la buena dirección.

viernes, 15 de junio de 2012

Profesor Lazhar


Hace ya unos añitos, la película “Hoy empieza todo” (Tavernier 1999) conmocionó a la restringida subespecie de profesores enamorados de su profesión. Unos años después, “El profesor Lazhar”, dirigida por Philippe Falardeau, viene a insistir, de alguna manera, en este género singular del “drama escolar”. Esta película canadiense, y muy francófona ella, nos plantea un problema fundamental tanto para la escuela como para el ser humano (lo que viene a ser lo mismo): la capacidad de resiliencia de un colectivo. En una escuela de primaria una profesora se ha suicidado en el aula de su grupo. Un profesor argelino se ofrece como sustituto a una directora preocupada por tapar las conscuencias traumáticas del suicidio. El profesor Lahzar es un refugiado político que aún no tiene la residencia, cosa que le oculta inicialmente a la agobiada directora. Lazhar proviene de otra cultura y su encuentro con el alumnado no es fácil. En la escuela predomina un estilo educativo muy rígido que prohibe cualquier contacto físico o afectivo entre el profesorado y el alumnado. Sin embargo, al cabo del tiempo se produce una casi inevitable transmisión de afectos que pone las bases de esa superación del trauma personal y colectivo. La escuela no suele ser sino un reflejo de su entorno social. Pero, en ocasiones, puede (o debería) convertirse en un factor de cambio y transformación (pero ¡qué cosas digo!). El profesor Lazhar, en su ingenuidad y su despiste, pone un poco de sentido común en una escuela atenazada por los convencionalismo y los reglamentos. Pone en el foco algo tan obvio como la centralidad de las emociones en el desarrollo de los niños, algo que muchas veces olvidamos entre los miedos, las convenciones y las programaciones (que hay que ver las atrasadas que las llevo). Pero también en el hecho de que los problemas deben resolverse juntos, sobre todo cuando tienen un origen estructural. Me imaginaba, en el transcurso de la sesión, qué pasaría si a algún pirado le diera por organizar una especie de cine-fórum con una película como esta con alguno de nuestros claustros. Mejor lo dejamos...

sábado, 9 de junio de 2012

Gracias, amigo banquero.

Ojeando, casualmente, unos periódicos atrasados encuentro en uno del 5 de mayo el siguiente titular “Bruselas y el gobierno descartan un rescate a los bancos”. Apenas un mes después tenemos encima la sombra de una intervención por mucho que quieran ocultarlo con todo tipo de subterfugios. Aunque ya sabemos que las declaraciones gubernamentales son tan poco de fiar como los cantos de una sirena esta gente del PP está batiendo récords en el arte de la manipulación. ¿Cómo puede alguien desdecirse con tal rapidez y tanta alegría? ¿Se acuerdan cuando aseguraban que no pensaban tocar el IVA? Bueno pues la cosa está cantada y, por orden de los bancos alemanes, toca hacerse cada día más pobres (eso sí, a los pringados de siempre). Ahora resulta que los asalariados, parados y pensionistas tenemos que hacernos cargo de los desmanes de la banca española (un ejemplo de rigurosidad y fortaleza, hasta hace poco). Los altos ejecutivos bancarios que se llenaban los bolsillos hasta ayer mismo con todo tipo de primas, que se retiraban a los 55 años con pensiones escandalosas, que representaban el modelo de éxito social por excelencia, son el objeto de un cuantioso rescate que tendremos que pagar entre todos. Curioso sistema este que rescata a los bancos y a los pudientes y condena a los Dimitris (jubilados y enfermos) a pegarse un tiro en una plaza pública. Lo que jode de verdad es la sensación de impunidad que acompaña a todo este desaguisado. Estamos con el agua al cuello y aquí nadie tiene responsabilidad alguna. Por lo visto las penurias de millones de parados, trabajadores en precario y el largo etcétera de parias son cosa de la vida, pura casualidad con un poco de fatalismo. Los responsables de la política económica de este país, la cúpula financiera y demás depredadores se van, una vez más, de rositas. A las ovejas solo nos queda seguir enganchados con la Eurocopa a la espera de que las mentes grises de la economía lo resuelvan todo para que podamos volver a los niveles de consumo, derroche y estupidez de hace unos años. Si tuviéramos un mínimo sentido de la dignidad, un poquito de memoria histórica y una gotitas de coraje mezclado con un leve aroma de nihilismo acamparíamos, no en una plaza pública, sino en el interior de los bancos hasta que nos devuelvan lo que es nuestro.
Mientras, me pongo en el youtube la banda sonora de Gladiator. No sé porqué.

miércoles, 6 de junio de 2012

La educación de las ovejas.

Tengo un buen ramillete de antiguos alumnos treintañeros con una formación más que notable a los que alguien debería facilitarles el libro de reclamaciones. Fui de aquellos que en su día les animó a emprender el camino de la formación y el esfuerzo como la mejor vía para un futuro provechoso. Y ahora ¿qué? Resulta que esta gente suele tener en su haber una carrera universitaria, unos estudios de postgrado y unos idiomas como poco. Todo de manera muy canóniga. Los que no se encuentran en paro realizan trabajillos en precario muy alejados de su cualificación. Hay quienes han tenido que emigrar para trabajar de cuidadores de niños en Londres o en alguna cadena de pizzerías mohosas. En otras circunstancias, esta gente estaría ahora poniendo en valor, socializando incluso, todos su años de formación. Un modelo social y económico que se permite tal desperdicio de capital humano (perdonen esta expresión tan poco afortunada) no está en sus cabales.
Cuando nuestro polémico Ministro de Educación insiste en la cantinela del esfuerzo y la excelencia ¿se está acordando de esta generación de jóvenes?, ¿está realizando un ejercicio de puro cinismo?, ¿o quizás nos está pidiendo al profesorado que sigamos manteniendo el bulo de que si eres un muchacho aplicado y estudioso vas a tener todas las oportunidades a tu alcance? Mucho me temo que la cosa ya no pasa por ahí sino por ser un hijo de papá y tener el puestito de trabajo asegurado antes de empezar a estudiar. Está claro que parte del rol del profesorado consiste precisamente en ese: en insistir en el mantra de relacionar el esfuerzo con el éxito. Lo que pasa es que este estado de cosas no nos lo pone fácil precisamente. Afortunadamente, tenemos a unos jóvenes más preocupados con los avatares de la liga de fútbol y del peinado que toca lucir cada semana que con la situación económica mundial (¡qué cosa tan aburrida!). Aquellos tiempos de rebeldía juvenil parecen haber quedado bien encerrados en el baúl de los recuerdos. Este estado de indolencia colectiva es la consecuencia de años de entrega al consumismo y la estupidez. El personal no piensa en otra cosa que volver a las andadas.
Hay que reconocer que en el orden de prioridades que nos han dibujado no está la de ofrecer un futuro digno a nuestro jóvenes. Antes hay que aplicarse en rescatar a los Bankia de turno y tener contento a los mandamases alemanes. En altar de los sacrificios una generación entera tendrá que maltrabajar hasta los ochenta años para poder asegurarse un plato de lentejas. Mientras, la venta de artículos de lujo no deja de crecer y la de entradas a los estadios de fútbol no se ha visto mermada. Algo no cuadra. Algo huele mal al sur de Copenhague. Y en tanto nos tapamos las narices para no apreciar el hedor hay que seguir manteniendo la ficción de que aún existe una cosa llamada “igualdad de oportunidades”. Para que tal igualdad de partida fuera posible deberíamos tener una educación pública de calidad. Pero este es, precisamente, el último de los bastiones que a los del Consejo de Ministros de los viernes le faltaba por asaltar. Una vez desmentelado el sistema público de educación, endurecidas las condiciones para disfrutar de una beca, acceder o permanecer en la Universidad, se habrá llegado a la estación terminal de todo este recorrido: nos habrán convertido en el rebaño de ovejas que nunca dejamos de ser pero esta vez, eso sí, convenientemente trasquilados.
No me extraña, sin embargo, que algunos de estos jóvenes sobradamente preparados hayan optado por apuntarse a una incipiente marea ciudadana. Que hayan decidido emplear parte de su tiempo y capacidad en acampar en una plaza pública o exigir una democracia real. Que hayan empezado a llenar las redes sociales de mensajes reivindicativos y que apliquen sus destrezas en sacarles las vergüenzas al sistema que les dejó en la estacada. Mejor emplear el tiempo en el que a uno le imponen el dique seco en intentar cambiar las cosas antes que seguir el manual de instrucciones que nos deslizan a todos debajo del brazo y que ordena en su capítulo primero que la fuente principal de los desvelos de un joven de hoy en día es jalear al equipo de sus amores. Menos mal que en todos los rebaños siempre hay una oveja negra.

domingo, 3 de junio de 2012

Orlas


La vida está llena de ritos de paso. Esto es, ceremonias que señalan el tránsito por las diferentes etapas de la vida. El cariz de todas ellas está ligada a las distintas culturas. En el mundo cristiano el baustimo, la comunión, la confirmación, el matrimonio o la extremaunción (aunque sean denominados “sacramentos”) cumplen ese papel y, en realidad, simbólicamente, no difieren en nada del rito iniciático de cazar un león para entrar en la vida adulta o ponerse un piercing en la nariz. Al mismo tiempo, nuestra naturaleza celebrante nos lleva a ritualizar estos momentos, a compartirlos y ponerlos de relieve. En el mundo educativo, la entrega de orlas se ha convertido en el principal rito de paso. Hay quienes manifiestan una cierta reticencia sobre todo por su supuesta influencia norteamericana (otra consecuencia más de la globalización, qué se le va a hacer). Pero, más allá de las formas, resulta importante señalar la importancia que le damos a la finalización de la etapa escolar. Si hay un momento que en nuestros días coincide con la entrada en la “vida adulta” (con permiso de los eternos adolescentes) es la finalización del bachillerato. En este momento se empieza a ser consciente de que el tiempo nos convoca y nos pide cuentas. ¿Qué haremos con nuestras vidas a partir de ahora?, ¿qué nos espera?, ¿quiénes se cruzarán en nuestro camino?, ¿qué pasará con los amigos de siempre? Frente a esta cita decisiva es normal que nos arropemos con nuestras mejores galas, que hagamos de ese momento algo especial y señalado, que dejemos un hueco para la nostalgia y el reconocimiento. Son estas cosas que tenemos los humanos, tan sobredotados de conciencia y emociones que muchas veces no sabemos qué hacer con ellas. Si no fuera por nuestra vocación simbólica la vida sería un inmenso erial donde los acontecimientos que nos ocurren no se distinguirían unos de otros. Menos mal que sazonamos la existencia con celebraciones, encuentros y, a veces, despedidas (aunque sean en forma de un 'hasta luego'). Prefiero los oropeles de un acto de entrega de orlas, por muy americanizante que pueda parecer, a una tediosa y tendenciosa confirmación católica o a una nefanda presentación en sociedad de señoritas acaudaladas. ¡Gaudeamus igitur... de brevitate vitae!

viernes, 25 de mayo de 2012

Preparar para la vida

Dedicado al alumnado de 2º Bachillerato 11/12

Hace unos días oí en unas de esas tertulias radiofónicas, donde los tertulianos asombrosamente opinan sobre un roto y un descosido, que el sistema educativo español debía tomar ejemplo del surcoreano. Por lo visto estos asiáticos son una cosa tremenda. Los muchachos son educados manu militari desde pequeñitos de tal modo que están acostumbrados a luchar por ser los número uno (a cualquier precio y por encima del que toque). Luego, claro, el modelo social se ve nutrido por una suerte de jóvenes tiburones que repercute en un tejido productivo hipercompetitivo. De esta forma Corea del Sur escala año tras año en los indicadores macroeconómicos mientras que España, dotado de un sistema educativo "excesivamente permisivo y benevolente", se hunde en el pozo de las economías marginales. Desde luego, cada vez que oigo a uno de estos tertulianos para todo, y particularmente cuando hablan de educación, no puedo evitar algún tipo de reflujo gástrico. O sea, que nuestra misión como docentes es alicatar a generaciones de jóvenes terminators a los que debemos fustigar diariamente para “prepararlos para la vida”. La idea de fondo es que “la vida ahí afuera es muy dura” y que solo después de un largo e intenso proceso de endurecimiento se está preparado para competir con garantías de supervivencia. El profesor, por tanto, debe ser algo así como un sargento mayor de marines. Algo que si bien al principio no será apreciado por el alumnado y sus familias, al final, una vez visto los resultados, obtendrá el reconocimiento unánime de unos y de otros. De esta forma, el profesor exigente, estricto, impermeable a todo aquello que no sea un criterio puramente académico, que utiliza una misma vara de medir para todo el mundo y que no ceja en un creciente nivel de exigencia y esfuerzo, es el docente modélico, aquel que verdaderamente prepara a la muchachada para ese mundo hostil de ahí afuera.
Lamentablemente, desde mi punto de vista, este modelo de docente no es sino un individuo contaminado por un modelo industrial (completamente desfasado y contraproducente) que ha penetrado desde hace tiempo en el medio educativo. Está claro que la escuela debe “preparar para la vida”. Pero resulta que no está nada claro, a poco que nos detengamos a pensar sobre esta expresión, qué entendemos por eso. Hay quienes piensan precisamente que la vida es como una picadora de carne y que la única diferencia consiste en estar dentro del rodillo o accionar la máquina desde fuera (siendo preferible la segunda opción, claro). Otros pensamos que quizás preparar para la vida consiste en todo lo contrario: educar para que esa picadora de carne no se instale en nuestras mentes. Desde la perspectiva industrial-militar la educación es reproductiva, excluyente, estandarizada y castradora. Desde una perspectiva humanista y vitalista la educación debe ser creativa, inclusiva, singularizada y potenciadora. Estoy convencido que desde estas últimas premisas se educa de una manera más efectiva para la vida. Porque hay quien confunde la existencia con una especie de descarnada lucha por la supervivencia donde solo cabe competir por instalarse en el lugar más alto de la cadena trófica. ¡Ah! Y lo que no nos dicen es que Corea del Sur tiene una de las tasas más altas de suicidios infantiles.
¡Queridos antiguos alumnos y alumnas!: ¡a vivir, que son dos días!

sábado, 19 de mayo de 2012

Tres años de La inocencia del devenir


Tres años ya de La inocencia del devenir. Cuando uno empieza una aventura como esta nunca se está seguro de si no va a ser flor de un día. Además, con esta cosa de la nube digital podría ocurrir que más allá del ordenador no haya nadie. Pero no parece -quiero creerlo. Cada vez que alguien deja un comentario o que te dicen eso de “yo sigo tu blog” me parece algo así como un milagro, una singularidad de la física o algo parecido a la mecánica cuántica (imposible de entender). Sin embargo, he de reconocer que esta colección de bits engancha. Aunque solo sea como pretexto para ponerse a hilvanar unas líneas. Está claro que sin algún pretexto a la mayoría de los mortales la inevitable tendencia a la posición horizontal nos podría un día sí y otro también. En este trinitario devenir (no en vano se acumulan 333 entradas -dejo el dato en manos de numerólogos y quirománticos) el blog ha tenido menos de inocencia y más de insolencia, me parece. Soy de los que cree que cualquier vía para intervenir en el medio, aunque sea en estos espacios intangibles, tiene que aprovecharse, (que no está la cosa para ponerse en plan Rubén Darío, precisamente). Así que desde esta pequeña ventana, gracias a los visitantes asiduos y ocasionales, a los transeúntes y a los que practican parada y fonda. En La inocencia del devenir estamos dispuestos a seguir manteniendo una mezcla de nihilismo activo, apocalipticismo freack y lirismo de baja intensidad, mientras el cuerpo aguante y el Banco Central Europeo nos lo permita. Gracias, dears.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ajustados y recortados

 ¡Señoras y señores!: ¡la gran feria de los recortes está a punto de comenzar! Si creen que lo han visto todo no saben lo que les espera. Ajustar y recortar está de moda. Aunque lo que se ajuste y se recorte sean las vidas de las personas. ¿Que usted no puede permitirse pagar el transporte no urgente con el que va a diálisis?, ¿que a su niño con problemas de aprendizaje lo van a meter en un aula masificada?, ¿que usted nunca sabrá con certeza si mañana va a seguir trabajando puesto que ese lujo (que no ya derecho) dependerá, prácticamente, del humor del empresario? ¿Y qué? ¿Quién le ha dicho que usted es importante?
Aquí lo único que interesa es que la prima de riesgo baje de los 400 puntos y que al ministro de economía no lo abronque su homólogo alemán. ¿Se ha parado usted a pensar en lo mal que lo debe estar pasando nuestra clase política?, ¿cree usted que se puede dormir tranquilamente pensando que te puede llamar Merkel en cualquier momento para gritarte al oído como podría hacerlo un general de la Wehrmacht? Desde luego, somos muy poco solidarios con estos pobres ministros que tras el Consejo de los viernes se ven en la penosa tarea de acogotarnos un poco más si cabe.
Si usted quisiera ser útil, si pensara no únicamente en sí mismo, se aplicaría en tener una conducta más constructiva. Por ejemplo: si se pone enfermo (lo cual es indudablemente culpa suya) no pretenda que se le atienda en tiempo y forma, no vaya a quedarse en casa, si tiene la infinita suerte de trabajar, por una simple gastroenteritis e incluso, en un alarde de patriotismo, por estar sometiéndose a una agresiva sesión de quimioterapia. Si tiene hijos en edad escolar ¿porqué no apuntarse a la educación en casa? cosa moderna donde las haya. Contribuya a aligerar el sistema escolar enchufando a sus hijos a algún CD ROM interactivo, así, de paso, se ahorra al profesor de turno que tenga la funesta manía de pretender que los muchachos piensen por sí mismos. Pero, sobre todo, vea todo el fútbol que echen por televisión. Socialícese con la sana costumbre de ver los partidos en un bar, gritando al unísono con la peña, liberando de esa manera las pequeñas tensiones del día. No se le ocurra acudir a una de esas manifestaciones o protestas callejeras, convocadas por una caterva de antisistema resentidos, aburridos y pobretones, que en el fondo son unos envidiosos de los éxitos de nuestros ricos nacionales, a los que deberíamos tener entre algodones y besar por donde pisan.
Así que si no fuéramos tan mezquinos tendríamos que estar agradecidos por nuestra nueva condición de sujetos ajustados y recortados. No somos conscientes de que nuestro gobierno se ha propuesto eliminar toda la grasa sobrante del sistema. ¿Qué se queda uno anémico? Bueno, ¿qué importancia tiene eso con el tipito que se nos va a poner? Y si la gula nos puede siempre podremos acudir a algún comedor social, a algún centro de Cáritas en el que unas caras amables y piadosas nos atenderán gratuitamente (al menos por ahora). También existe la posibilidad de coger alguna patera. Pero no se preocupe: a nosotros, pueblo orgulloso y descendientes de conquistadores, jamás nos tratarán como lo hicimos con esos pobres africanos que no hace mucho llegaban a nuestras costas con la esperanza de una vida mejor. A nosotros, europeos de noble estirpe, nunca nos negarán la sanidad ni los servicios básicos como acaba de hacer nuestro gobierno con los inmigrantes irregulares. Así que no hay de qué preocuparse. Hágase fan de la portavoz de la grey gobernante y celebre feliz y confiado las últimas ocurrencias con las que nos van a dejar más tiesos que la porra de un guardia.

domingo, 13 de mayo de 2012

Palabra de Gabilondo


En el marco de las XV Jornadas del Centro del Profesorado del Valle de la Orotava, la ponencia de clausura estuvo a cargo de Ángel Gabilondo, anterior Ministro de Educación, Catedrático de Metafísica de la UAM y escritor de creciente éxito. Su disertación, o más bien regalo, llevó por título “La educación y el cuidado de la palabra”. De entrada, hay que decir que constituye todo un placer para quienes habitamos en un mundo dominado por el ruido y la banalidad escuchar a alguien dotado del don de la elocuencia como es el caso de Gabilondo.
Una de mis pequeñas obsesiones es el convencimiento de que los docentes hablamos bien poco de educación. Y no me refiero, claro, a las cuitas del día a día, sino sobre el eterno problema de los medios y los fines. En este sentido la intervención de Gabilondo, a parte de magistral, fue completamente necesaria. Sobre todo porque allí se habló del papel de la palabra en el contexto no solo educativo sino (lo que no deja de ser lo mismo) humano. Estamos hechos de palabras, atravesados y constituidos por ellas, y, sin embargo, muchas veces descuidamos el papel central que desempeñan en nuestras vidas. En ocasiones es necesario que alguien nos recuerde lo obvio, como si fuéramos al psicólogo para que nos diga lo que en el fondo sabemos. Pero en esta profesión nuestra en la que es tan fácil “desnortarse” o “perder el eje” -como diría otro mago de las palabras, nuestro amigo José Mª Toro, resulta casi una cita obligada acudir al encuentro de quien tiene la habilidad de poner el acento en lo universal y lo esencial de las cosas. Tuve la impagable fortuna de acompañar a Ángel Gabilondo en su charla y contemplar, desde mi posición, la cara entregada del auditorio. Y es que hablar de la palabra, que es como hablar de la condición humana, como lo hace el profesor Gabilondo, con ese verbo que enamora y ese bagaje intelectual que es alimento de cualquier mente mínimamente indagadora, tiene un efecto catártico y embriagador. Para quienes pensamos que, al margen de tanto artificio, burocracia y parafernalia, educar siempre ha sido, es y será, educar en la palabra, reconforta saber que alguien como Gabilondo es capaz de señalarlo con tal rotundidad, pasión y entrega. Pero la palabra de la que se habla no es la palabra que también tiene la capacidad de engañar y malherir. Es, por el contrario, la palabra que con su potencial terapéutico tiene el don de hacer comunidad, que es la llave del conocimiento y, en definitiva, de la vida. En su charla nos exhortó, siguiendo a René Char, a “desarrollar nuestra legítima rareza” -toda una proclama contra la escuela industrial y uniformadora, y a “ser elegantes”, esto es, a poder elegir nuestro mundo de vida. Dos proclamas que en sí mismas podrían ser el fundamento de toda una filosofía de la educación.
Es una pena que todavía haya -y no son pocos- los que piensan que estas cosas son, precisamente, “juegos de palabras”, como si eso fuera un demérito, preñados de, como diría Theodor Adorno, un “accionismo” que les hace pensar que cumplir con una programación, un horario y una actitud funcionarial, alejada de cualquier reflexión, agota el canon educativo. Evidentemente, el actual contexto social y educativo, tan sombrío como la caverna de Platón, lejos de obviar estos planteamientos, debieran poner de manifiesto su absoluta necesidad, la de pensar sobre lo esencial para poder volver a ello. Y como en estos tiempos cualquier acontecimiento como este, como las XV Jornadas del CEP, son casi un acto de heroicidad no cabe sino felicitar a sus promotores, verdaderos campeones de la educación en un torneo que corremos el riesgo de perder.

domingo, 6 de mayo de 2012

El 12M y las mareas ciudadanas

Hace escasamente unos meses se hablaba del tsunami azul para calificar el más que previsible triunfo del PP en las urnas. Como sabemos que los tsunamis no son una cosa buena, precisamente, aquí tenemos los resultados: la mayor destrucción de derechos y de bienestar social en tan poco tiempo que hasta los más agoreros se quedaron cortos. Ahora se nos convoca a la ciudadanía a otro momento marítimo aunque mucho más interesante. El movimiento 15M, próximo a cumplir un año de existencia, convoca para el 12 de este mes, con carácter internacional, otra jornada para “tomar la calle”. En esta ocasión se espera que la ciudadanía se constituya en “mareas” que arriben con vigor y fuerza hacia este litoral deprimido y yermo. Esta metáfora es, sin duda, más afortunada. En el medio intermareal hay mucha vida, un ecosistema más rico y complejo  del que a simple vista parece. El caso es que después de la larga bajamar que estamos viviendo hacía falta ya una nueva ola que refrescara y nutriera a tantos bichos moribundos. Así que en Santa Cruz de Tenerife estamos convocados a formar mareas de distintos colores (verde por la educación, roja por el trabajo digno, naranja por los derechos sociales, blanca por la sanidad, negra por el medio ambiente, violeta por la igualdad de genero y amarilla por la cultura). A uno le gustaría apuntarse a cada una de esas mareas porque, como ciudadano, en cada una de ellas nos va lo que somos y lo que queremos ser.
Con la que nos está cayendo encima cualquier oportunidad para el empoderamiento ciudadano no puede dejarse pasar. Hay que empezar a revertir, de alguna manera, los efectos perniciosos de esta mal llamada crisis económica que pretende retrotraernos a un nuevo siglo XIX (aunque nos pongan un ipad en la mano y nos quieran hacer creer que con generosas dosis de fútbol se vive mejor). A pesar de haber tenido mis dudas sobre el 15M, en cuanto a su efectividad y alcance, no está la cosa para ponernos tiquismiquis. Si ahora es una parte de la ciudadanía no alienada (que todavía queda aunque parezca mentira) decide salir a la calle bajo esta pancarta, pues ¡adelante con ello! Si mañana son los sindicatos (aunque algunos de ellos tengan también su cuota de responsabilidad con esta debacle) pues a hacer palanca toca. Si más tarde es un colectivo profesional, un grupo de vecinos, o una peña de paseantes y peatones quienes dicen ¡basta ya! a esta locura para mayor gloria y beneficio de los ricos de siempre, ¡bienvenido sea! Ahora el lugar y el momento está donde está. Me enfundaré la camisa verde y trataré de hacer un poco de windsurf sobre las cabezas de quienes han decidido que es más importante la prima de riesgo que las vidas de los habitantes de esta costa atribulada.