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miércoles, 6 de junio de 2012

La educación de las ovejas.

Tengo un buen ramillete de antiguos alumnos treintañeros con una formación más que notable a los que alguien debería facilitarles el libro de reclamaciones. Fui de aquellos que en su día les animó a emprender el camino de la formación y el esfuerzo como la mejor vía para un futuro provechoso. Y ahora ¿qué? Resulta que esta gente suele tener en su haber una carrera universitaria, unos estudios de postgrado y unos idiomas como poco. Todo de manera muy canóniga. Los que no se encuentran en paro realizan trabajillos en precario muy alejados de su cualificación. Hay quienes han tenido que emigrar para trabajar de cuidadores de niños en Londres o en alguna cadena de pizzerías mohosas. En otras circunstancias, esta gente estaría ahora poniendo en valor, socializando incluso, todos su años de formación. Un modelo social y económico que se permite tal desperdicio de capital humano (perdonen esta expresión tan poco afortunada) no está en sus cabales.
Cuando nuestro polémico Ministro de Educación insiste en la cantinela del esfuerzo y la excelencia ¿se está acordando de esta generación de jóvenes?, ¿está realizando un ejercicio de puro cinismo?, ¿o quizás nos está pidiendo al profesorado que sigamos manteniendo el bulo de que si eres un muchacho aplicado y estudioso vas a tener todas las oportunidades a tu alcance? Mucho me temo que la cosa ya no pasa por ahí sino por ser un hijo de papá y tener el puestito de trabajo asegurado antes de empezar a estudiar. Está claro que parte del rol del profesorado consiste precisamente en ese: en insistir en el mantra de relacionar el esfuerzo con el éxito. Lo que pasa es que este estado de cosas no nos lo pone fácil precisamente. Afortunadamente, tenemos a unos jóvenes más preocupados con los avatares de la liga de fútbol y del peinado que toca lucir cada semana que con la situación económica mundial (¡qué cosa tan aburrida!). Aquellos tiempos de rebeldía juvenil parecen haber quedado bien encerrados en el baúl de los recuerdos. Este estado de indolencia colectiva es la consecuencia de años de entrega al consumismo y la estupidez. El personal no piensa en otra cosa que volver a las andadas.
Hay que reconocer que en el orden de prioridades que nos han dibujado no está la de ofrecer un futuro digno a nuestro jóvenes. Antes hay que aplicarse en rescatar a los Bankia de turno y tener contento a los mandamases alemanes. En altar de los sacrificios una generación entera tendrá que maltrabajar hasta los ochenta años para poder asegurarse un plato de lentejas. Mientras, la venta de artículos de lujo no deja de crecer y la de entradas a los estadios de fútbol no se ha visto mermada. Algo no cuadra. Algo huele mal al sur de Copenhague. Y en tanto nos tapamos las narices para no apreciar el hedor hay que seguir manteniendo la ficción de que aún existe una cosa llamada “igualdad de oportunidades”. Para que tal igualdad de partida fuera posible deberíamos tener una educación pública de calidad. Pero este es, precisamente, el último de los bastiones que a los del Consejo de Ministros de los viernes le faltaba por asaltar. Una vez desmentelado el sistema público de educación, endurecidas las condiciones para disfrutar de una beca, acceder o permanecer en la Universidad, se habrá llegado a la estación terminal de todo este recorrido: nos habrán convertido en el rebaño de ovejas que nunca dejamos de ser pero esta vez, eso sí, convenientemente trasquilados.
No me extraña, sin embargo, que algunos de estos jóvenes sobradamente preparados hayan optado por apuntarse a una incipiente marea ciudadana. Que hayan decidido emplear parte de su tiempo y capacidad en acampar en una plaza pública o exigir una democracia real. Que hayan empezado a llenar las redes sociales de mensajes reivindicativos y que apliquen sus destrezas en sacarles las vergüenzas al sistema que les dejó en la estacada. Mejor emplear el tiempo en el que a uno le imponen el dique seco en intentar cambiar las cosas antes que seguir el manual de instrucciones que nos deslizan a todos debajo del brazo y que ordena en su capítulo primero que la fuente principal de los desvelos de un joven de hoy en día es jalear al equipo de sus amores. Menos mal que en todos los rebaños siempre hay una oveja negra.

miércoles, 18 de abril de 2012

Gracias por recortarme

¡Ya está aquí!, ¡ya llegó! El sistema público de educación está apunto de ser completamente dinamitado. Los cabuqueros del gobierno tienen bien dispuestas los explosivos para propiciar una voladura controlada. Y empleo el término 'controlada' no porque el derrumbamiento sea una perfecta obra de ingeniería sino porque han conseguido que, en realidad, no le importe a nadie. Esta mañana me enteré en el centro de que hay partido Madrid / Barça el fin de semana. Un partido decisivo, por lo visto, donde se va a dilucidar quién va a ganar la Liga. El personal no cabe en sí de emoción. Por contra, el encadenamiento de noticias, rumores y previsiones de todo tipo no levantan más que un gesto de hastío y resignación. Todo está consumado. Lo que hace unos lustros parecía algo imposible se ha demostrado como la cosa más natural del mundo. Ya no se pretende otra cosa que los centros educativos públicos mantengan sus puertas abiertas con una especie de profesorado de guardia en servicios mínimos permanente. Hablar de calidad y excelencia educativa a estas alturas ya no provoca otra cosa que una sonora carcajada. ¿Competencias básicas de qué? ¿Algún responsable político pretende que se puede trabajar con un mínimo de rigor a base de aumentar de manera inmisericorde las ratios y las horas lectivas del profesorado al mismo tiempo que se retira del sistema millones y millones de euros? Qué lejos parecen aquellos años, al comienzo de esta crisis en forma de estafa, cuando se decían aquellas cosas de que para salir del agujero en lo que no se debía recortar era en educación. O cuando Sarkozy, en un extraño alarde socialdemócrata, dijo aquello de que esta era la crisis del capitalismo financiero y que había que volver a un capitalismo del trabajo. (Risas enlatadas). En esta partida de cartas (en las que algunos juegan con el As de Picas marcado) los jugadores profesionales se han impuesto a los advenedizos y nos han colado pulpo como animal de compañía. Terminaremos apaleados y dándole gracias a los matones. No otra es la sensación que se te queda en el cuerpo cuando lees una encuesta en la que un porcentaje importante de la ciudadanía justifica y entiende esta política de “ajustes” y “recortes”. ¡No se puede hacer otra cosa!, ¡no hay dinero!, ¡es la crisis..! No cabe duda de que el emporio mediático cumple a rajatabla con su función. Y eso que tiene mucho trabajo últimamente, con el Jefe del Estado de cacería y media clase política afanándose los restos del gran festín. Pero, ¡tranquilos! La Liga está en su punto álgido. ¡Es el momento de dar los últimos hachazos a lo que queda de esa cosa antigua llamada 'sistema público de educación'! El que quiera calidad educativa  (y el que quiera que le operen un tumor antes de que se convierta en una marabunta) que se lo pague. Y, si no, haber nacido rico, ¡ostias!

martes, 31 de enero de 2012

La supresión de la Educación para la Ciudadanía

Nadie puede decir que no se veía venir. Una de las primeras medidas del PP en materia educativa, aparte del anuncio de la ampliación de un año de Bachillerato a costa de devaluar aún más la Educación Secundaria Obligatoria (una estrategia, según algunos, para terminar concertando el bachillerato) ha sido suprimir la materia de Educación para la Ciudadanía. No es que con esta medida se vaya a producir una debacle social pero, a mi juicio, tiene un altísimo valor simbólico. Expresa el miedo cerval de la derecha a cualquier enfoque crítico de la educación y al papel de la escuela como forjadora de ciudadanía. Con el argumento de que esta materia representaba una peligrosa cuña doctrinaria de enfoques izquierdosos y que el único lugar de educación real es la familia, el PP relega a la escuela al viejo y exclusivo papel de formadora para el mercado laboral. Lo cierto es que la condición ciudadana no es una cualidad natural. No nacemos con una predisposición genética para ello a pesar de nuestra sociabilidad intrínseca. A ser ciudadano se aprende. Y esa ha sido una de las tareas esenciales de la escuela. Al menos de la escuela entendida de una determinada manera, claro. Lo curioso del tema es que los argumentos que esgrime el PP, con su lustrosa mayoría absoluta, no son de alcance universal. En realidad se trata de adoctrinar solo en lo que ellos consideran sano, como es la extensión de los valores católicos y los del libre mercado, entre otros. Si los contenidos de esta maltratada materia hubieran estados escorados hacia esos postulados estoy seguro de que el PP les habría aumentado la carga horaria en estos días. Pero claro, eso de hablar de lo que ellos llaman “ideología de género” -que no sé muy bien lo que es pero que entiendo que se refiere a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres-, de la aceptación de las opciones vitales diferentes o de la pluralidad política y religiosa, es demasiado para el cuerpo.
El desarrollo de esta materia se ha producido con una casi absoluta naturalidad en estos escasos años. En Canarias, lamentablemente, la misma quedó devaluada desde el principio debido a la decisión de nuestra afamada Consejería de Educación de reducirla a una paupérrima hora lectiva en 2º ESO. El buen juicio de la gran mayoría del profesorado ha supuesto que al menos se le dedique un mínimo espacio a abordar temas que son de enorme interés para la formación de los ciudadanos. No olvidemos que muchas veces se mira a la escuela (quizás en demasía) para tratar de dar respuesta a demandas sociales como son la prevención de la violencia de género, el acoso escolar, la homofobia, etc. Cosas, que por otra parte, no parecen ser prioridades para nuestros nuevos rectores educativos. Claro que, al calor de la que está cayendo, estas cosas van a quedar diluidas. A los cinco millones de parados de este país (con cierta razón, por otra parte) poco le va a importar estas cuestiones. Y mucho me temo que, por este mismo motivo, otras cosas van a ir cayendo como hojas de margaritas. Malos tiempos, sin duda. [El Aula (1)].

miércoles, 19 de octubre de 2011

El Aula (16) La soledad del profesorado

Decía Marx que una de las formas de alienación de los trabajadores es impedirles que se comuniquen entre ellos en el trabajo. Ahora que los vientos educativos, con la Aguirre a la cabeza, soplan en la dirección de reducir la actividad docente a prácticamente las horas lectivas esto se va a convertir en un sepulcro blanqueado. Dentro de una perspectiva tecnócrata los profesores no tienen nada de qué hablar, únicamente aplicar las programaciones y protocolos que les vienen dadas. Todo lo demás son zarandajas y pérdidas de tiempo que no van a ser financiadas con dinero público. En cualquier caso, para eso ya están las sesudas mentes pedagógicas que trabajan para los gestores de lo público, a parte de ver por dónde seguir metiendo la tijera, en emitir decretos a destajo que, generalmente a destiempo, aumentan todavía más la confusión del personal. Por eso no es de extrañar que en los pocos huecos que van quedando el profesorado aproveche para compartir sus dudas, temores y desconciertos, a veces de manera vehemente y deslavazada. Lo peor, sin duda, es que una parte importante de los docentes han terminado por interiorizar que esto no tiene salida. Una vez que la formación ha quedado reducida en gran parte a programas de teleformación, cuando la mayorías de las horas complementarias que van quedando están destinadas a guardias (una especie de vigilante de grandes almacenes sin porra ni esposas), o a partir de que la prioridad absoluta sea que un grupo de alumnos no se quede sin un profesor en el aula (aunque la cosa consista en que el profe de inglés les reparta unos ejercicios que casi nadie hace) entonces empieza a ser difícil seguir hablando del compromiso del profesor con su profesión. Para cerrar el círculo ya se han ocupado (los supuestamente encargados de defender la enseñanza pública) de difundir la idea de que la profesión docente es una especie de vacaciones permanentes remuneradas. Esto no tiene remedio mientras el profesorado no se empodere de nuevo, mientras no se decida a protagonizar el verdadero cambio educativo que todo el mundo reclama y nadie sabe o quiere cómo hacerlo, mientras no se decida a hablar sin tapujos ni complejos de todo aquello que le afecta y constituye el núcleo de la imprescindible y noble tarea de enseñar.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

El Catalejo (31) Espe nos mata

Envalentonada por su nueva y holgada mayoría electoral la ubicua Esperanza Aguirre nos desvela un día sí y otro también el “programa oculto” del Partido Popular. Esta pirómana metida a política de toda la vida considera lo público como el patio trastero de su casa (precisamente en el momento en el que toca hacer limpieza). Y puestos a meter tijera de dónde mejor que aquellos servicios públicos que atienden a la chusma. En el orden natural de las cosas la calidad solo está al alcance de quienes se lo pueden permitir, de la casta elegida por los dioses para mostrarnos a los demás qué significa saber vivir. Esta plutocracia que nos gobierna es incapaz de entender lo público como un bien común. Es difícil que alguien que hace uso habitual de la sanidad o la escuela privada tenga un mínimo sentido de la protección de lo público. Sin embargo, lo que me llama poderosamente la atención es que haya tantos ciudadanos que votan y jalean a personajes de esta especie. ¿Qué pasa?, ¿la mayoría de la población de este país tiene llenos los bolsillos y debería pagar el impuesto de patrimonio?, ¿ahora resulta que todo el mundo piensa que la enseñanza no estrictamente obligatoria debería ser de pago?, ¿qué el profesorado de la pública es una pandilla de vagos que no trabajan sino 18 horas a la semana?, ¿que hay que cerrar ambulatorios aquí y allá?, pero ¿sabe la gente realmente lo que vota?, ¿tiene el españolito (lo guarde Dios) que esperar a comprobar en sus propias carnes lo que supone aupar al poder al Tea Party patrio? Lo malo de todo esto es que la Sra. Aguirre se ha convertido en la luminaria que muestra el camino al resto de la troupe, la Juana de Arco de la derechona que blande la espada contra todo sospechoso de posturas socializantes. Si por lo menos existiera un átomo de aquella conciencia de clase de las que nos hablaban los denostados teóricos de las utopías socialistas, el común de los mortales tendría mucho cuidado en elegir como su representante a los que nada tienen que ver con ellos. ¿De verdad piensa un parado que un ricacho metido a político pierde el sueño con el 21% de desempleo? En fin… estaba esta tarde leyendo el periódico en una terraza de un bar, asqueado de las ocurrencias de la Espe, indignado con lo que le están haciendo al pueblo griego y algunas otras nimiedades como estas cuando en la mesa de al lado estalló una discusión a cuenta de un penalti anulado a un equipo de fútbol cuyo encuentro estaba siendo retransmitido por el super plasma colocado estratégicamente. ¡Todo en orden! –pensé.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El Aula (13) El cole de los ricos

Decía Kant que en un régimen carente de libertades el que un soberano tomara la decisión de ir a la guerra era la cosa más sencilla del mundo puesto que a él, en última instancia, no le afecta en gran cosa, no es quien tiene que ir a partirse la cara con el enemigo. Por contra, en un ámbito democrático el personal tiene que tener mucho cuidado a la hora de tomar decisiones que le atañen directamente. Es por eso que Kant consideraba que una constitución republicana era la garantía de una paz perpetua. Pero ¡tranquilos, que la cosa no va de una disquisición filosófica! Lo que pasa es que me venía a la cabeza esta reflexión de Kant viendo cómo determinados individuos aparentemente investidos de la autoridad que les confiere el haber sido elegidos en unas urnas toman decisiones que afectan a millones de personas pero sin que a ellos ¡oh, casualidad! les suponga gran cosa. Me refiero, cómo no, a este proceso de desmantelamiento de lo público, sobre todo de la sanidad y la educación, ámbitos que copan la mayor parte del gasto (o de la inversión, como quiera verse). Sería muy interesante realizar un pequeño estudio, tomar una pequeña muestra, del tipo de seguro médico del que disfrutan determinados políticos y del tipo de colegio al que llevan a sus hijos. Me atrevo, a riesgo de caerme con todo el equipo (aunque no lo creo), que las Aguirre, Cospedal y compañía, disfrutan de todo tipo de coberturas privadas y hacen o han hecho uso de prestigiosos y elitistas colegios privados, la mayoría de ellos con su tapadera como concertados, de esos donde abundan niños con apellidos larguísimos con uno o varias conjunciones y guiones separadores entre ellos. Vamos, el lugar donde se forja la futura clase dirigente que heredará empresas y fortunas familiares (para que luego digan que ya no existen las clases sociales). Pues esta gente es la que recorta a mansalva los servicios públicos esenciales sin que les tiemble la mano. Estas estrellas de la política neocon que tildan al funcionariado en general y al profesorado en particular de vagos y parásitos, acostumbrados como están a que el personal de la privada les haga cuantas genuflexiones sean necesarias. Las que utilizan la artimaña demagógica de hacer creer a la ciudadanía de que el profesorado sólo trabaja 18 horas, tiene todas las vacaciones del mundo y encima se queja. Si estas cosas las dijeran como resultado del desconocimiento de la profesión docente sería grave viniendo de quienes tienen la responsabilidad de su gestión pero si fuera fruto de la pura y dura malidicencia entonces sería una villanía. En el mundo que tienen en sus cabezas, el que les han inculcado desde su noble cuna, el común de la ciudadanía no necesita mucho más que una sanidad y una educación de carácter asistencial. A partir de ahí, el que quiera “lujos” que se los pague. O quizás pueda que el Estado se avenga a darles un “cheque” para que sus hijos ocupen un asiento en la última fila de un cole para ricos y tengan la posibilidad de babear cuando vean a su compañero acudir a clase en un Mercedes y con mayordomo. Aquel viejo eslogan “por una educación pública y de calidad” suena al oído de la derecha como una proclama subversiva y guerrillera. Y como a esta gente se le han caído los complejos al mismo tiempo que a la izquierda blandita le ha entrado una perenne crisis de identidad pues así nos va. Si, como decía el viejo Kant, quienes toman las decisiones fueran una parte afectada más de las mismas quizás otro gallo nos cantaría.

martes, 10 de mayo de 2011

El Aula (9) Burocracia en la escuela.

Decía Max Weber, uno de los clásicos de la sociología y un estudioso de la burocratización en las sociedades modernas, que la burocracia se había convertido en una “jaula de hierro” del control racional. En una forma de dominación social e institucional orientada a la consecución de unos objetivos en la que la vida de los individuos se ve finalmente atrapada. Y el caso es que la escuela no podía ser menos. Muchos docentes vemos con una mezcla de hastío y resignación (muy poco cristiana) cómo esta oleada de burocracia nos invade paulatinamente. Nuestra administración educativa sabe que esta es una forma magnífica de control. A base de rellenar papeles, programaciones de aula y de todo lo programable que a algunos se les ocurra, informes, memorias y un largo etcétera, no queda tiempo para nada más. Sobre todo para pensar. La burocracia está reñida con la creatividad y la espontaneidad (dos valores que debieran ser sacrosantos en la escuela). Es adocenante y alienante. Se convierte en un fin en sí misma. Nos hacen creer que es una forma de objetivar, evaluar y registrar los procesos educativos. Pero todo el mundo tiene la fundada sospecha de que el único objetivo real es que al final un papel más o un archivo informático entre otros miles termine ocupando un lugar en un universo indeterminado sin que su existencia haya tenido la más mínima incidencia en ningún aspecto del entorno escolar.
Me cuesta imaginar (o al menos a mí me ha resultado siempre imposible) a un profesor planificando al milímetro sus clases, tal y como se le enseña canónicamente cuando en algún curso del ramo toca abordar las unidades didácticas y programaciones. No me imagino a nadie cuantificando las tareas que debe hacer un alumno para alcanzar, según la ponderación de turno, alguna de las ocho competencias básicas. Al mismo tiempo, preparando las mil y unas adaptaciones educativas que recojan la diversidad de niveles de aprendizaje que concurren en sus distintas aulas. Para qué seguir. La pregunta de fondo es ¿dónde queda lo esencial de la educación en todo esto? Con la obsesión por la planificación, la cuantificación y el registro (cuestiones cardinales de la burocracia) lo verdaderamente decisivo de la educación queda al margen. Precisamente, lo más relevante, lo que constituye el núcleo de la educación, es todo aquello que difícilmente puede preverse. Pero ¿cómo hacerle ver esto a ciertas mentes que están conformadas en esa jaula de hierro de la que hablaba Weber? Sería necesario disponer de más tiempo para leer, para vivir, y menos para languidecer en esa tediosa, absurda y deprimente máquina de picar carne que es la escuela burocratizada.

miércoles, 6 de abril de 2011

El Aula (7) Bachillerato segregado

El “Bachillerato de excelencia” que la Comunidad de Madrid se ha sacado de la manga está, lógicamente, dando mucho que hablar. A primera vista podría parecer una de esas medidas de calidad que tan perentoriamente necesita el sistema educativo pero a poco que acerquemos la lupa la cosa empieza a oler a chamusquina. Lo habitual en la derecha es la formación de las élites sociales, esto es, de sus propios vástagos, normalmente. Aunque el acceso a ese bachillerato pueda ser gracias a una nota media lo cierto es que, a poco que se haga un estudio rudimentario, podrá determinarse claramente la variable posición socieconómica / rendimiento académico. Por eso estas medidas, a la postre, si no vienen insertadas en una política más amplia de carácter social (cosa a la que es alérgica la derecha) terminan convirtiéndose en otro espejismo más de los muchos a los que estamos acostumbrados en nuestro sistema educativo. Un problema nada menor es que conceptúa al resto del bachillerato, sobre todo aquel que se imparte en los centros públicos, como un bachillerato de segunda. En un momento en que los recursos públicos (dicen) son tan escasos canta un poco que se destinen partidas a montar centros de élite en vez de contribuir a elevar el nivel medio de la enseñanza en general. Para que luego digan que en estas cuestiones la ideología no es importante. Un centro educativo al igual que debe atender al alumnado con dificultades de aprendizaje debe (o debería) hacerlo con el alumnado con un rendimiento excepcional. Pero, al final ¿por qué no se hace? Este es el tipo de reflexión que habría que hacer y al que también suele ser ajena la derecha. Desvelaría seguramente las carencias del sistema. Y estas no se resuelven creando una red paralela de centros exclusivos -receta facilona y que en el fondo no arregla nada, por lo menos de lo sustancial. No se trata, además, de que cuestionar esta medida suponga atrincherarse en el igualitarismo propio de la izquierda. Se trata de que esto atenta, sencillamente, contra la necesaria pluralidad del aula. Una de las cosas que más daño le ha hecho a la escuela pública han sido los conciertos educativos. Esto provocó una huida importante de las clases medias hacia una escuela, anteriormente privada, a la que siempre consideraron, con fundamento o no, como un lugar de excelencia. La consecuencia fue un “empobrecimiento” (digámoslo de esta manera) de la escuela pública, al menos desde su configuración socio-económica. El papel que se le asignó fue prácticamente asistencial. Y para “cuidar” al conjunto de la población no hacen falta tantos recursos. Con esta nueva filosofía pasará otro tanto: la segregación del alumnado más brillante tendrá como efecto un aumento de la brecha con el resto en la que la parte más débil siempre termina siendo la más perjudicada. Prefiero la filosofía del “educarnos todos y todas juntos en mutua cooperación y convivencia”. Estoy convencido de que de esta manera el alumnado de mayores capacidades también saldrá ganando.

domingo, 13 de febrero de 2011

El Aula (4) ¿Profesorado alienado?

Después de asistir a una interesantísima mesa redonda sobre el estado de la educación canaria, promovida por Alternativa Sí Se Puede, en la que participaron auténticos “primeros espadas” de la docencia, me viene obsesivamente a la cabeza una pregunta: ¿somos el profesorado una clase alienada? ¿es posible que vivamos al margen de lo que está pasando? Para intentar aclararnos es interesante acudir -solo un momento- a la teoría clásica de la alienación.
Para Marx, (curiosamente, con la que está cayendo, resulta inevitable acudir a él aunque a más de uno le parezca démodé) la alienación es un proceso de alejamiento traumático de la propia naturaleza humana, motivada en este caso por condicionantes de tipo económico. Acordémonos de Charlot en “Tiempos Modernos” convertido en un engranaje más de la cinta transportadora y engullido finalmente por la máquina tragaldaba. Esta alienación se da a varios niveles: 1) respecto al producto del trabajo, 2) respecto a la propia actividad, 3) respecto al lugar de trabajo y 4) en relación al resto de los trabajadores. ¿Cómo aplicar esta teorización, pensada inicialmente en el contexto de las condiciones de trabajo en los albores de la Revolución Industrial, a la función docente de nuestros días? Intentémoslo, a ver qué resulta.
1) Si el producto de nuestro trabajo es la educación del alumnado podemos comprobar cómo éste, en realidad, nos es cada vez más ajeno. Nos hemos convertido en meros servidores de programaciones, objetivos curriculares, pruebas evaluativas y demás instrumental burocrático en el que no hemos participado y con respecto al cual no pintamos nada. El objetivo último ya no es la educación de los muchachos sino su guarda y custodia y la satisfacción de la clientela (transformada en votante / consumidor).
2) Como todo trabajador vendemos a quien nos paga nuestro tiempo de trabajo y nuestra capacidad. A cambio lo único que se nos pide es que cumplamos con las horas de trabajo estipuladas bajo cualquier condición -incluso si se muere el compañero en el aula de al lado, que, total, no es para tanto. Constatando esta relación meramente mercantil nadie está dispuesto a “dar un minuto más de tiempo” del estrictamente necesario.
3) El lugar de trabajo, el centro educativo, resulta un territorio hostil y extraño. Nada de un mínimo sentimiento de pertenencia. Son los espacios que la parte contratante ha puesto a nuestra disposición para cumplir con el horario profesional. Y punto. Es difícil por tanto establecer una relación de cuidado, complicidad y cooperación con el entorno en el que se encuentra la escuela. Lo que ocurra en él no es cosa nuestra.
4) Todo está diseñado para que el profesorado no pueda hablar de educación ni se relacione de manera cooperativa entre sí. No hay -ni interesa- una coordinación efectiva ni respecto a las áreas de conocimiento, ni en los claustros, ni en los equipos educativos, etc. Hablar de educación no es comentar la anécdotas del día ni “solucióneme usted lo mío”. Es hablar de los medios y de los fines. La creciente jerarquización en la organización de los centros, con la función directiva pensada como la de un capataz al frente de una cuadrilla, va en esa dirección. Obedecer a pies juntillas es más cómodo que pensar por uno mismo o que sentirse co-responsable de un proyecto colectivo.
Todo esto da lugar a un cierto proceso de “zombificación”. Y así nos quieren. Es imposible entender la escuela como una “comunidad de vida” de esta forma, lo cual es contradictorio con los nobles propósitos que suelen inspirar cualquier ley educativa. La educación, al menos en su dimensión pública, importa cada vez menos. El profesorado se siente ajeno a su propia profesión, a la que percibe como una especie de condena a trabajos forzados. De esta manera se consigue uno de los objetivos principales del entramado: mantener al personal al margen de este proceso de desmantelamiento del sistema educativo público.
¿Somos entonces un colectivo alienado o no?

viernes, 15 de octubre de 2010

El Aula (8) La educación y el urólogo

Hay ocasiones en los que una metáfora afortunada puede revolver las conciencias. Circula estos días por los centros educativos de Canarias, aparece una y otra vez a través del correo electrónico y se cuela a cada momento en las redes sociales, un texto escrito por una docente y madre (condición habitual de esta profesión) con un título sugerente: “Tiene una pierna fracturada pero lo verá el urólogo”. En esta reflexión, publicada por un periódico local, la autora plantea qué pensaría la gente si ante una dolencia específica lo tratara un médico que no tiene nada que ver con la misma. La reacción más lógica sería de asombro y de indignación. Pues bien, esto está pasando en la educación canaria. La renuncia de nuestro gobierno autónomo a cualquier criterio de calidad educativa, con el consiguiente recorte económico brutal que ha desarticulado por completo el sistema, les ha hecho ver que cuestiones como las sustituciones del profesorado, los proyectos de innovación educativa, la atención a la diversidad (y un largo rosario) son completamente prescindibles. El que quiera calidad que se vaya a la concertada (que les sale más barata) y el que no aspire a otra cosa a que su hijo esté entretenido y no tenga para él otra aspiración que la de ocupar otro puesto en la legión de desocupados con baja o deficiente cualificación que se quede en la pública.
He de confesar una cosa. De vez en cuando aún tengo alguna pesadilla con el examen de Selectividad de Latín. Por razones un tanto largas de explicar aprobé esta materia en COU pero en realidad no tenía ni idea. Creo recordar que hacía algunas traducciones “por intuición” y así fui escapando. Pues bien, ahora resulta que un tipo como yo, que en su día hizo una oposición de Filosofía, tiene que saber Latín a un nivel de PAU (e Historia, Historia del Arte, Lengua y Literatura, Geografía y no sé cuántas cosas más). Hay materias que, en realidad, me encantaría impartirlas pero, desde luego, no sería nada profesional. Esto es lo que pretende nuestro bien amado gobierno. ¿Tiene usted una úlcera de estómago? No sé preocupe: tenemos un neurocirujano de guardia. ¿Se le está quemando la casa? Podemos mandarle a un administrativo en su hora del café. ¿Hay que enviar a nuevos soldados a Afganistán? Pues ahora lo que tenemos disponible es un grupo de conserjes estupendos. Como decía mi padre: ¡a esto hemos llegado! Las cabezas pensantes de la cosa educativa han tirado la casa por la ventana y hacen caja alborozados con los ahorros que están obteniendo con el sambenito de la crisis. Como decía Naomí Klein en la “Doctrina del Shock” (un libro que ya he citado en más de una ocasión en este blog) son en “circunstancias excepcionales” como éstas cuando se toman decisiones que en otros contextos serían impensables. Nuestro próceres han encontrado una oportunidad de oro para meterle el bisturí a destajo a un sistema educativo que ven como una lastre antes que como un servicio público imprescindible (ya se sabe que el desprecio por lo público es marca de la casa de la derecha ultramontana). Ha llegado el momento de un sonoro ¡Ya está bien! Nos jugamos mucho en este embite.