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jueves, 2 de febrero de 2012

Lo controvertido en la Enseñanza

“Hay que evitar cualquier tema controvertido” -dijo el ministro de educación refiriéndose a la materia de buenos modales y constitucionalidad que va a sustituir a Educación para la Ciudadanía. Si esta máxima la hiciéramos extensible al conjunto de la Educación -y mucho me temo que ese es el espíritu de las palabras del nuevo jefazo- entonces ¿a qué habrá quedado reducida la labor docente? La idea que tengamos del papel de la escuela determina toda una concepción antropológica, política y ética. Dentro de la cosmovisión conservadora y derechona el pater familias es la única fuente de valores que transmite a sus vástagos las claves esenciales para su correcto transcurrir por el mundo. La escuela no es sino, como mucho, el refuerzo de esos valores inapelables, un lugar para la transmisión y acumulación de datos y destrezas que escapan a la disponibilidad temporal de los padres y, fundamentalmente, de certificación académica para el mundo laboral. Todo esto en la más exquisita neutralidad y asepsia, no sea que alguna peligrosa idea contaminante, algún sesgo cuestionador del estado de cosas existente, se cuele en las tiernas, influenciables y delicadas mentes infantiles y juveniles.
Ya puestos, no sería de extrañar que el nuevo ministro, con sus diez millones y pico de votos detrás, determine que eso de la Teoría de la Evolución es una cosa muy peligrosa en la que anidan ideas disolventes respecto a las Sagradas Escrituras (en algunos Estados de Norteamérica lo tienen muy claro). Uno que, por esas cosas inexplicables de la vida, es profesor de Filosofía, en esta nueva tesitura, y como funcionario que cobra del erario público, necesitaría alguna nueva orientación para abordar autores tan controvertidos como Hume, Marx, Freud, Nietzsche, Sartre... A lo mejor el ministro y sus nuevos asesores de la Conferencia Episcopal deciden cortar por lo sano y dedicar estas horas de clase, extremadamente peligrosas, a cosas mucho menos extravagantes e inútiles como “Oportunidades de negocios en tiempos de crisis” o “Rogativas extraordinarias para los más desfavorecidos”.
Todavía recuerdo aquellos tiempos en los que se hablaba del papel transformador, crítico y forjador de ciudadanía de la escuela. Aquel ideal barrido hoy en día por una mediocridad terrible, pero no del alumnado precisamente, sino de los gestores educativos y de una sociedad volcada en el consumo desaforado e idiotizada por la industria del espectáculo (¡huy, siento introducir una cuestión tan espinosa!). Quienes pretenden sacar todo lo que huela a “política” de las aulas son quienes precisamente más tiñen su discurso de una indisimulada ideología conservadora (acorde, según parece, con los nuevos tiempos). En el fondo, nos encontramos con una evidente transposición de los valores propias de las escuelas privadas y religiosas al conjunto del sistema educativo (eso sí, salvo los medios económicos de los que gozan aquellas -que para educar al populacho no hace falta tanto). Esta perspectiva de las cosas les lleva a creer que a la excelencia y al esfuerzo se llega por decreto, como si las escuelas fueran ajenas al medio social en el que se encuentran. En medio de todo esto, como absolutos convidados de piedra, estamos quienes nos dedicamos profesionalmente a esta tarea y bregamos día a día (en la educación pública) con la realidad  cruda y dura. Claro que eso no tiene ninguna importancia. [El Aula (2)]

martes, 31 de enero de 2012

La supresión de la Educación para la Ciudadanía

Nadie puede decir que no se veía venir. Una de las primeras medidas del PP en materia educativa, aparte del anuncio de la ampliación de un año de Bachillerato a costa de devaluar aún más la Educación Secundaria Obligatoria (una estrategia, según algunos, para terminar concertando el bachillerato) ha sido suprimir la materia de Educación para la Ciudadanía. No es que con esta medida se vaya a producir una debacle social pero, a mi juicio, tiene un altísimo valor simbólico. Expresa el miedo cerval de la derecha a cualquier enfoque crítico de la educación y al papel de la escuela como forjadora de ciudadanía. Con el argumento de que esta materia representaba una peligrosa cuña doctrinaria de enfoques izquierdosos y que el único lugar de educación real es la familia, el PP relega a la escuela al viejo y exclusivo papel de formadora para el mercado laboral. Lo cierto es que la condición ciudadana no es una cualidad natural. No nacemos con una predisposición genética para ello a pesar de nuestra sociabilidad intrínseca. A ser ciudadano se aprende. Y esa ha sido una de las tareas esenciales de la escuela. Al menos de la escuela entendida de una determinada manera, claro. Lo curioso del tema es que los argumentos que esgrime el PP, con su lustrosa mayoría absoluta, no son de alcance universal. En realidad se trata de adoctrinar solo en lo que ellos consideran sano, como es la extensión de los valores católicos y los del libre mercado, entre otros. Si los contenidos de esta maltratada materia hubieran estados escorados hacia esos postulados estoy seguro de que el PP les habría aumentado la carga horaria en estos días. Pero claro, eso de hablar de lo que ellos llaman “ideología de género” -que no sé muy bien lo que es pero que entiendo que se refiere a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres-, de la aceptación de las opciones vitales diferentes o de la pluralidad política y religiosa, es demasiado para el cuerpo.
El desarrollo de esta materia se ha producido con una casi absoluta naturalidad en estos escasos años. En Canarias, lamentablemente, la misma quedó devaluada desde el principio debido a la decisión de nuestra afamada Consejería de Educación de reducirla a una paupérrima hora lectiva en 2º ESO. El buen juicio de la gran mayoría del profesorado ha supuesto que al menos se le dedique un mínimo espacio a abordar temas que son de enorme interés para la formación de los ciudadanos. No olvidemos que muchas veces se mira a la escuela (quizás en demasía) para tratar de dar respuesta a demandas sociales como son la prevención de la violencia de género, el acoso escolar, la homofobia, etc. Cosas, que por otra parte, no parecen ser prioridades para nuestros nuevos rectores educativos. Claro que, al calor de la que está cayendo, estas cosas van a quedar diluidas. A los cinco millones de parados de este país (con cierta razón, por otra parte) poco le va a importar estas cuestiones. Y mucho me temo que, por este mismo motivo, otras cosas van a ir cayendo como hojas de margaritas. Malos tiempos, sin duda. [El Aula (1)].