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sábado, 25 de febrero de 2012

Dioses arrojadizos

Un vistazo a la prensa en los últimos días no hace sino confirmar lo inconsistente de aquella idea ilustrada de progreso. En las primarias republicanas en EE.UU los candidatos elefantinos emplean la mayor parte del tiempo en intentar demostrar quién es más beato que el contrario, quién tiene una relación privilegiada con Dios y quién tiene mayor arrojo que el contrario a la hora de declarar la próxima guerra santa contra el infiel. Curiosamente los norteamericanos parecen más dispuestos a aceptar un presidente negro o mujer (de lo cual nos congratulamos) que ateo o, como mínimo, agnóstico. Obama tiene que lidiar con el sambenito de ser un musulmán encubierto por mucho que acuda a las fórmulas habituales del “God bless América” o ponga un rictus de constricción en esos desayunos de la oración (o como quieran que les llame). En el otro extremo (unido eso sí por las supercuerdas del fanatismo) los talibanes insisten en dejar un reguero de sangre como holocausto a su Dios por la enésima quema de coranes de algún biblioclasta imaginario o real. En Alemania el nuevo presidente de la República Federal lleva a gala el ser un pastor luterano (y a fe que cara de eso tiene). En España la Conferencia Episcopal le pasa factura al gobierno del PP y se cobra sus muchos años de abnegados servicios en forma de derogación de la Ley de Interrupción del Embarazo, con la eliminación de la Educación para la Ciudadanía y con, a modo de avanzadilla, la obligación del profesorado madrileño de solicitar la autorización previa de los padres si tienen la intención de hablar de métodos anticonceptivos en clase (ya se sabe que en cada condón anida el diablo).
Y esto solo como resultado de un vistazo superficial a la prensa -ya digo. ¿Hay o no hay razones para pensar que vivimos en la Edad Media por mucho iphone que le echemos a la cosa? Hoy más que nunca las religiones institucionalizadas son uno de los grandes peligros de la humanidad. Para los que, como Feuerbach, pensamos que son los humanos los que crean a sus dioses de cabecera y no al revés, creemos que ha llegado el momento de una “cruzada” laica. Pero no contra la libertad de cada uno de encomendar su “alma” a Jesucristo, Alá o la Mama Pacha, sino contra las instituciones religiosas como formas de dominación y alienación colectiva. Parece mentira que sigamos utilizando esta terminología pero es otra evidencia de que las cosas no han cambiado demasiado, al menos, desde el siglo XIX. Ahí queda eso.

viernes, 8 de julio de 2011

El Catalejo (23) Alcaldesa honoraria y perpetua

Parece que nuestra España cañí goza aún de una considerable salud. Una manifestación de que las esencias patrias, católicas y ultramontanas, disponen de nuevos bríos es la manía desatada de algunos capitostes por seguir abonándose a esa costumbre medieval de nombrar a imágenes de vírgenes y cristos como alcaldes honorarios y perpetuos o patrones generales de estas ínsulas venidas a menos. A mi me da mucha grima ver a un representante político entregar la vara de mando (otro signo más del Antiguo Régimen, por cierto) a la imagen en cuestión en medio del himno nacional y de una llorada colectiva plena de emoción y algarabía. En vez de avanzar en un saludable laicismo se sigue apostando por una suerte de teocentrismo trasnochado. Curiosamente, esta intromisión de lo religioso en lo político se ve con una mezcla de ternura y comprensión. Sin embargo, una intromisión a la inversa suscitaría todo tipo de comentarios adversos. ¿Que les parecería que un alcalde fuera investido por parte de un obispo como “Cardenal in pectore” o un presidente del gobierno como “Príncipe de los creyentes? Un disparate, ¿verdad? Alguien pensaría que estas son cosas propias de Arabia Saudí. Ya es hora de que algún representante político, consciente de su legitimidad y de la naturaleza de su cargo, decida oponerse, ya no solo a estas escenificaciones medievales sino a asistir incluso a una procesión religiosa, con ese aire entre compungido y meditabundo mientras aprovecha la ocasión para dejarse ver. Por supuesto que a título personal cada uno que se las componga.
Lo que ocurre es que la cuestión electoralista pesa lo suyo. Hay quien ha llegado a un cargo político a base de cargar imágenes y pertenecer a no sé cuántas cofradías y hermandades. Nadie se opone a que los que profesan una fe religiosa hagan una muestra pública de ello en la calle, faltaría más, que la calle, por ser de todos, también les pertenece. Pero una cosa muy distinta es que tal actividad privada sea refrendada, impulsada y validada por un cargo público en uso de sus funciones. Esto no debe verse como un menosprecio hacia una confesión religiosa, por muy mayoritaria que sea, sino como el reconocimiento de la neutralidad real y de la naturaleza absolutamente diferenciada de la esfera política. Entiendo que para ello habrá que hacer no poca pedagogía social. Pero esto, como muchas otras cosas, es una responsabilidad minusvalorada por quienes prefieren mantener a la población anclada en las cavernas de la historia.

domingo, 3 de abril de 2011

Filosofía de la Máñana (5) Laicismo cuaresmal

No sé si es casualidad que algunas cuestiones propias de la Filosofía de las Religiones puedan abordarse en estas fechas de Cuaresma, pero tiene su aquello. Abordar ciertos temas desde la óptica crítica de la Filosofía, con un poquito de análisis comparado y mucho de ciertas informaciones de las que no se contemplan en las distintas doctrinas oficiales, puede obrar “milagros”. En realidad bastarían dos enfoques: uno desde el punto de vista histórico, entendiendo el entramado religioso en su devenir institucional, enfrascado en la lucha por el poder y las ansias de dominación y otro planteando, necesariamente, el concepto de “laicismo”. Desde esta perspectiva aún podríamos apreciar ciertos resabios teocráticos que convendría revisar. Por ejemplo: ahora que entramos en vísperas de la Semana Santa asistiremos de nuevo a esa ceremonia de la confusión y la pleitesía (por decirlo de alguna manera) en la que el poder civil se somete, aunque sea simbólicamente, al religioso. No otra cosa es esa rancia imagen de alcaldes y ediles, varas de mando en mano, caminando circunspectos detrás de la Virgen de turno. Esta imagen que a algunos se les antoja piadosa y hasta entrañable esconde un significado nada inocente. Es el resultado atávico de entender aún lo político como subordinado a lo religioso, todo un atisbo medieval. Al igual que esa manía por nombrar a determinadas imágenes como alcaldes perpetuos o patronas generales de no sé qué. Uno no tiene nada en contra de que las distintas confesiones religiosas puedan hacer sus exhibiciones en la vía pública, también tienen derecho a ello - aunque en algunos sitios, como este en el que me encuentro, la celebración de medio santoral pueda convertir la cosa en algo verdaderamente fastidioso para los transeúntes como yo. Claro que hay quien pretende llegar a un puesto de representación política a base de ejercer de costalero. Y es que la cosa piadosa sigue tirando, como se sigue pensando que un colegio religioso es al final una mejor opción educativa o que hacer la comunión no le hace daño a nadie. Está claro que estas son cosas que pertenecen a la esfera de las decisiones privadas pero también están inscritas en un suelo social, en una suerte de medioambiente que ejerce una cierta presión (sobre todo cuando un derecho personal termina convirtiéndose casi en una obligación colectiva). La única posibilidad de encontrar el adecuado equilibrio entre la distintas opciones y asegurar la completa neutralidad del espacio público es el laicismo. Hay que superar esa falacia del recurso a la tradición, del orden inamovible de las cosas, de la falsa seguridad del “siempre se ha hecho así”. Lo mejor de todo es, indudablemente, comprobar cómo esa forma de hacer las cosas no suele resistir un análisis mínimamente riguroso, todo lo más genera un cierto atrincheramiento; algo propio, por cierto de quien utiliza la fe como una especie de bunker a prueba de cualquier cosa.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El impertinente (2) “La Guagua Atea”



Reproduzco el artículo aparecido en la Revista Tangentes Nº 11 del pasado mes de abril, en el que planteo el tan traído y llevado tema de la laicidad. Saludos.


“Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Carteles con este mensaje se pasean en guaguas de algunas capitales españolas. En realidad, ni siquiera deberíamos calificar a este cartel de ateo, todo lo más de agnóstico. Que una iniciativa de este tipo haya levantado tal polvareda es un indicio de que aún queda mucho camino por recorrer en la “reserva espiritual de occidente”. Que un colectivo de ciudadanos exprese gráficamente sus dudas sobre la existencia de Dios provoca ríos de tinta que nada tendría que ver si el mensaje fuera una exaltación de Escrivá de Balaguer o la próxima visita de la Virgen de Candelaria.
En los últimos años, el proceso de secularización que se ha vivido en España ha empezado a delimitar los espacios que deben ocupar las confesiones religiosas organizadas y el resto de la sociedad civil y sus instituciones. “A Dios, gracias”, lejos queda ya la época del catolicismo obligatorio. Pero aún subsisten signos de la antigua connivencia. A muchos políticos les sigue gustando mostrarse detrás de una procesión y todavía hay quien cree que acompañado santos se arañan votos. No falta quien confunde la beatería con una cualidad política. La promiscuidad entre las instituciones del Estado, entre las que se encuentran las municipales, y una confesión religiosa, la que sea, resulta inquietante.
Hay pueblos donde se celebra medio santoral. Campanadas en las vísperas, al romper el alba, voladores a todas horas, dianas floreadas a las siete de la mañana, procesiones (con publicidad incluida o sin ella)… La mayoría de la ciudadanía que pertenece, según las estadísticas, a ese nebuloso grupo de los creyentes pero no practicantes, los que no pisan la Iglesia sino es para primeras comuniones, bautizos o funerales, los que no se pronuncian, los agnósticos y ateos –que ganan terreno cada día- tiene que aceptar esa ocupación constante del espacio público. Vale, habrá que hacer el esfuerzo. Pero ¿estamos preparados para el caso de que en el futuro un grupo de ciudadanos pretenda construir una mezquita en uno de nuestros barrios? ¿pondríamos pegas a que la comunidad china celebre su año nuevo en una de nuestras plazas? ¿o que una confesión minoritaria solicite permiso para realizar un acto público en la calle con prohibición de circulación y estacionamiento para los coches incluida? En una sociedad democrática como la nuestra y desde una sana perspectiva laica no debería haber ningún impedimento.
Tendremos que ponernos de acuerdo, de todos modos, sobre los límites de la expresión pública de una confesión religiosa, por muy mayoritaria y tradicional que sea. No pretendemos que los creyentes vivan su opción personal de las puertas de su templo para adentro pero de ahí a considerar que la esfera pública les pertenece por derecho va un largo trecho. El futuro pasa por el respeto mutuo, desde luego, pero también por el pacto sobre los límites. Al autor de este artículo, por ejemplo, le gustaría no tener que despertarse sobresaltado por repiques de campanas a deshoras o voladores en formas de aleluyas. ¿Hay que exiliarse para eso?
El Estado Laico surgió como única forma de garantizar la convivencia en paz de los diferentes, tal y como afirma el sociólogo Díaz-Salazar. Pero la jerarquía eclesiástica ha querido ver en esto un ataque a su propia línea de flotación. Pretende seguir desempeñando un papel determinante en los debates morales y sociales, como han venido haciendo durante siglos. Ciertamente, tienen todo el derecho del mundo a pronunciarse pero en la misma medida que lo tiene cualquier otro colectivo. Del mismo modo que los no creyentes tenemos que aceptar campañas en las que se cuestiona la capacidad de las mujeres para decidir sobre la interrupción del embarazo, que el Papa rechace el uso de preservativos en un continente africano azotado por el sida o que se le ponga todo tipo de trabas a la experimentación con células madres que podrían dar un halo de esperanza a muchas personas enfermas éstos deben aceptar las expresiones sobre todo lo contrario. Supongo que es difícil aceptar que a uno ya no le reconocen, el Estado en este caso, la propiedad exclusiva de la Verdad y del juicio moral. Pero la misión del Estado es de mucho más calado: asegurar la libertad de la ciudadanía, la convivencia y el respeto a la pluralidad.
¿Se imaginan una guagua por estos lares con el mensaje “Dios ha muerto”? Tampoco habría que rasgarse las vestiduras por eso. Al fin y al cabo todo el que haya estudiado 2º de Bachillerato sabe que esa era la afirmación fundamental de Nietzche y todavía no tenemos noticias de que a estos miles de alumnos se les haya sometido a un exorcismo.