Una conversación en la biblioteca del centro con un grupo de alumnas de 2º de bachillerato derivó en uno de esos momentos mágicos en los que el tiempo se detiene y ahondas en los misterios de la existencia. Quizás ese “filosofar” del que hablaba Kant. Después de una auténtica tertulia de salón una alumna puso una nota triste y melancólica: “tengo la sensación de que estamos desperdiciando los mejores años de nuestra vida”. Esto, curiosamente, lo decía una alumna de una trayectoria ejemplar en el centro. Una intervención que rápidamente fue corroborada por las demás. Podía haberle respondido algún tópico del estilo “la vida es así”, “hay que esforzarse”, “esto no es un juego” pero, francamente, primero tendría que creerlo. Solo atiné a comentarles “no saben cuánto me duele tener que oír esto”.Algo parecido tuvieron que pensar los estudiantes de La Soborna en Mayo de 1968 (sorry, ya sé que está mal visto a estas alturas la cosa sesentayochista -debe ser porque, a pesar de todo, sigo cometiendo el pecado de leer a Cohn-Bendit). Hubo un tiempo en que coleccionaba pintadas de la época y recuerdo una con la que me identificaba mucho: “profesores: están muertos”. Eso es lo que deben seguir pensando, décadas después, muchos alumnos: las clases son un espacio escindido del resto de la vida y los profesores una triste, amargada e insoportable clase profesional. La escuela es una especie de no-lugar, según la terminología del antropólogo francés Marc Augé. Un 'no-lugar' es un espacio carente de historia e identidad relacional. 'No-lugares' son básicamente los centros comerciales, los aeropuertos, los restaurantes de comida-rápida. Por último, los centros educativos se han incorporado a esta nómina de pseudoespacios propios de la sociedad de consumo de masas. Estas alumnas llegaron por su cuenta a la conclusión de que sus vidas de estudiantes en gran parte quedaban reducidas a una ristra de exámenes, trabajos, notas, temas, horas de clase... que las posibilidades de convivencia están mediatizadas por normas, reglamentos y espacios convenientemente restringidos, que el margen para la novedad y la creatividad ha quedado sepultada por los criterios de evaluación. ¡Bienvenidas a la picadora de carne! Y les puedo asegurar que ninguna de ellas había oído antes el “Another Brick in the Wall” de Pink Floyd.
Algo estaremos haciendo mal los profesores cuando, a la postre, lo único que somos capaces de despertar en el alumnado son estas tristes sensaciones. Qué desperdicio de tiempo y energía cuando dejamos escapar unos años maravillosos de despertar intelectual y emocional. Qué cosa tan lastimosa cuando nuestra vida profesional queda reducida también a una triste repetición de lugares comunes y monótonas salmodias. No es de extrañar que la distancia entre el profesorado y el alumnado termine siendo la misma que puede haber entre un dinosaurio y el gato doméstico. Así es difícil que podamos conseguir nada mínimamente satisfactorio, algo más interesante que ese complejo nuestro de notario que certifica que este alumno merece un nueve y aquel otro un dos. Entre unos y otros hemos convertido la escuela en un permanente estado de excepción antes que en un lugar de vida y conocimiento.
Chicas: lo siento. Estoy convencido de que al final la vida se abre paso y que esas cosas interesantes que se encuentran en lo márgenes serán alimento suficiente para esos espíritus inquietos.