Tú, que miras para otra parte cuando la cosa pinta mal; tú, que empleas unas tremendas energías en justificar tu indolencia; tú, que crees que las cosas se arreglan solas y que nada te va a pasar. Siento decirte que eres la misma carne de cañón que cualquier otro. Lamento comunicarte que nadie acudirá en tu auxilio cuando también te toque ser sacrificado en el altar insaciable de los poderosos. Tu patetismo no será un eximente en el mundo que está por venir. Te quedarás sin argumentos, a no ser que tires de una mezcla de fatalismo y nihilismo de alta graduación etílica. Tu cómoda posición de hoy en el anonimato de los pusilánimes se tornará más pronto que tarde en los aullidos propios del próximo San Martín de los cerdos. Tu indiferencia te hace culpable porque, al contrario de lo que piensas, tu elección ética no te atañe a ti solo, nos metes a todos en el mismo saco en el que habitas. Tu crónica minoría de edad no te exonera de la inminente picadora de carne (fabricada, eso sí, en China). Diré que prefiero casi al convencido de la biblia neoliberal que al que permanece impertérrito en la terraza del bar mientras los últimos mohicanos agitan las pancartas contra la invasión de las petroleras, la vuelta a la condición de semiesclavitud que nos trae la Reforma Laboral o contra la destrucción del medio ambiente. Tu estupidez y tu ignorancia no ocultan tu responsabilidad frente a los que están por venir. Tu estado larvario es el alimento de las avispas pero el caso es que estas no se contentan con tu carne grasa. Vienen esta vez a por todo y a por todas. Tu falta de memoria histórica (ya sé que es pedir demasiado) es un insulto a la inteligencia (en realidad todo tú eres un insulto a la inteligencia). Por mucho que pretendas escudarte en una o dos ideas, que defiendes con aparente ardor, la realidad es que eso no es sino la cháchara de la cigarra. Es una pena que la historia no reparta hostias al final del partido porque te las merecerías todas.
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domingo, 25 de marzo de 2012
miércoles, 29 de febrero de 2012
¿Ajustes?

“Ajustes” es el tecnicismo de moda en la grey política gobernante para disimular el gran y definitivo hachazo al Estado del Bienestar. La escasa materia gris de esta gente está por completo aplicada en descubrir nuevas argucias para quitar de aquí y de allá. Los porcentajes de endeudamiento, los niveles de déficit, las cuestiones macroeconómicas esconden el día a día de la gente, de los parados, de los desahuciados, de los incontables trabajadores en precario. En un gesto de cinismo sin límites se afirma que estas medidas draconianas (las que se han tomado y las que están por venir) tienen como objetivo precisamente el bienestar futuro de todos. ¿Hay algún ingenuo por ahí que todavía se cree toda esta bazofia propagandística?, ¿queda algún totorota aún que se imagine a los presidentes de los principales bancos de este país, al ministro de economía, a toda esta suerte de ricachones que nos gobiernan, pasando noches de insomnio pensando en las penurias del personal? En este mundo al revés en el que vivimos el parado de larga duración y el mileurista (si todavía tiene la suerte de serlo) sostienen la fusta con la que flagelarse a sí mismo. Porque no otra cosa es votar a quienes te van a dejar seco, a quienes te van a quitar la voz y la dignidad como trabajador, a quienes te van dar romerillo cuando te pongas bastante malito.
El ejemplo de Grecia nos demuestra que esta clase política internacional es capaz de cualquier cosa. Incluso la de sacrificar los mínimos de calidad de vida de un pueblo entero en el altar insaciable de los mercados. Creo que ha llegado, por tanto, la hora de replantearse este sistema de arriba a bajo. Y esto es casi una evidencia porque de esta “crisis” solo se sale de dos maneras: como chinos o como una ciudadanía empoderada, esto es: avanzando hacia una verdadera democracia y hacia un Estado Social. Evidentemente todos los indicios apuntan a la primera de las vías. Así que será mejor que vayamos acostumbrándonos a terminar durmiendo en la empresa que nos haga el infinito favor de contratarnos en unas condiciones casi pre-industriales (vale la pena releer a Dickens en este su año) y vayamos ensayando las mil y una maneras de tener al señorito contento. ¿Ajustes? Una vergüenza, más bien.
lunes, 14 de noviembre de 2011
El Impertinente (10) Migajas para todos
Hace poco un mandatario local, de larguísima trayectoria política, animaba a los funcionarios presentes en unas Jornadas a “ser valientes”. En el contexto de la reunión no se trataba de una exhortación al valor moral frente a este mundo lleno de obstáculos vitales. ¡Qué va! Se refería a que tuvieran los arrestos suficientes para saltarse la normativa que impidiera que tal o cual proyecto, promovido por vaya a saber quién, pudiera llegar a realizarse. Por lo visto eso de los informes negativos, por parte de algún técnico excesivamente celoso de la cosa legalista, era algo del pasado. Parece que el matiz le quedó claro a todo el mundo. Estas y otras lindezas, dichas con luz y taquígrafos, habrían suscitado la reprobación general en cualquier país civilizado. Pero, curiosamente, en este pedazo de roca volcánica en la que vivimos, hay quien las entiende como la peculiar forma de expresión de un “hombre del pueblo”, llano y claro como cualquier otro. ¡Pues qué bien!
En un municipio de esos sures insulares un grupo pequeñito de vecinos, llegados muchos de ellos de otras partes de la isla, montan una manifestación contra viento y marea para denunciar la marbellización de esta tierra. A la mani acude poquita gente, como era de esperar. Unos porque consideran que la corrupción galopante y los pelotazos de todo tipo no son una cosa tan mala siempre y cuando a mi me toque algo del pastel; otros, sencillamente, por miedo y los más porque son ajenos e indiferentes a todo lo que no sea los avatares de la liga de fútbol. Los cuatro quijotes que corearon consignas contra el sinfín de corruptelas e ilegalidades que han acompañado ese desaforado y descontrolado boom inversor del sur de la isla, en estos años de despelote, tienen la difícil misión, además, de convencer a la ciudadanía de que es mejor tener derechos que no pedir favores.
En un caso y en el otro asistimos, algunos bastante atónitos, por cierto, a la maniobra de despiste general consistente en saltarse la legislación a la torera, llenarse los bolsillos y encima aparecer como los reyes del mambo. El colmo del cinismo termina siendo el hacer creer al personal que en el atracón de unos cuantos hay migajas para todos. Al final, un eslogan y una sonrisa profidén en una valla electoral lo arregla todo. Un par de entrevistas pagadas en medios de comunicación, la exhibición de miles de obras públicas, muchas veces sin orden ni concierto, la mano por el hombro, el “hágalo usted sin problemas”, el coro de estómagos agradecidos y postulantes que pululan alrededor, etc hacen el resto.
En un exitoso libro de lenguaje político, “No pienses en un elefante”, de George Lakoff, este se pregunta cómo es posible que muchos ciudadanos voten por opciones políticas que, si se analiza objetivamente, no tienen nada que ver con sus intereses particulares. La respuesta es clara: “la gente no vota por sus intereses, vota por su identidad”. Dicho de otra forma, la gente es sensible a aquellos mensajes que se identifica con su forma de ubicarse en el mundo. Esto, lógicamente, no se le escapa a los actores e ingenieros políticos. Da igual que, por ejemplo, el ciudadano de a pié compruebe día a día cómo empeora la asistencia sanitaria o educativa de la que es, o debería ser, beneficiario, cómo se retrocede en derechos laborales o cómo, ante sus ojos, los cuatro que tienen el sartén por el mango siguen viviendo a todo tren, como si aquí no pasara nada. Todo eso es pecata minuta. Hay que hacer creer al votante / cliente / usuario (la palabra “ciudadano” -persona, miembro de una comunidad, que goza de unos derechos- le causa urticaria a más de uno) que él también puede beneficiarse del festín, que “nosotros” - los buenos – representamos el orden natural de las cosas frente a los “otros” -los malos-, los que suponen el caos y la destrucción absoluta. Los expertos en el lenguaje político saben que esta forma completamente primaria de hablar y de pensar es del todo efectiva. La pena es que detrás de todo esto no hay sino la perenne necesidad de una clase político-financiera-empresarial de perpetuarse per secula seculorum. En todas estas, la ciudadanía no es sino la receptora de mensajes emitidos por unas agencias de publicidad en directa competencia con otras. Y así será mientras a la gente no le dé por leer (aunque sea alguna cosita más que el periódico deportivo de todas las mañanas). miércoles, 8 de junio de 2011
El Catalejo (21) Más sobre Islandia
Parece que con esto del cambio climático países con ambientes extremos como Groenlandia o Islandia serán los próximos paraísos templados. Si uno tuviera dinero y una pizca de arrojo se lanzaría a comprar parcelas donde ahora hay glaciales y pedregales de origen volcánico. Antes de que a los de siempre les dé por montar la consabida burbuja inmobiliaria. Pero a todo esto habría otro motivo más para hacerse islandés ahora que nos hemos convertido, gracias a Aleix Saló, en Españistán. Los islandeses, recios como vikingos, se han propuesto ahora meter en la cárcel al primer ministro que manejaba los hilos del país cuando éste pasó de ser el ejemplo del nirvana ultraliberal a convertirse en un trozo de terreno baldío en bancarrota. Aparte de dejar caer a las entidades bancarias responsables del desaguisado, negándoles el mána en forma de dinero público como receta anticrisis, los islandeses se han conjurado para pasarle factura a toda la grey que se forró en su día. ¿Se imaginan que esto ocurriera en España?, ¿puede alguien soñar con pedir responsabilidades penales (o al menos políticas, vaya) al gobierno Aznar que liberalizó el suelo en su día convirtiendo el país en una inmensa urbanización de adosados?, ¿que propició un crecimiento irracional desoyendo las advertencia de algunos economistas poco dados a las orgías ultraliberales?, ¿o al primer gobierno de Zapatero que pensó que con tal ritmo de crecimiento se podrían financiar algunas medidas que justificara su etiqueta de socialdemócrata?, ¿que confundió una crisis del copón con un leve resfriado? Puestos a soñar, sobre todo ahora que nuestra muy sabia e informada ciudadanía piensa que los mismos que nos metieron en la crisis tienen la receta mágica para sacarnos de ella, uno dejaba suficiente espacio en un algún establecimiento penitenciario con vistas a ninguna parte.Los islandeses sufren las consecuencias de la crisis, como todo hijo de vecino que paga una hipoteca o cuenta los céntimos para llegar a final de mes. Pero al menos se están dando el gustazo de pasarle la factura a la jet político-financiera que paseaba su Lamborghini por Montecarlo. Además, para sorpresa de los muchachos del FMI, los indicadores económicos reflejan que Islandia está empezando a remontar la crisis. Supongo, también, que como estos nórdicos han demostrado sobradamente su inteligencia recorrerán un nuevo camino lejos de aquellas prácticas económicas que llevaron al país al colapso. De hecho, andan en plan refundación y esas cosas ¡Qué envidia! ¡Propongo Reykjavik como nueva capital de Canarias!
domingo, 12 de diciembre de 2010
El Impertinente (12) Maltrate a un funcionario
Todo el mundo ha tenido alguna experiencia desagradable con algún médico, profesor, policía, juez o administrativo. Es un hecho inevitable por una simple cuestión estadística. Ahora bien, un deporte muy nuestro es el de incurrir a las primeras de cambio en una “generalización apresurada” o, dicho de otra manera, hacer que paguen justos por pecadores. Así terminamos con la consabida cantinela: “¡todos los médicos son estirados y descuidados!”, “¡todos los profesores son vagos!” o “¡todos los policías son chuletas intratables!" Agrupémoslos todos y ya tenemos una generalización aún mayor: “¡todos los funcionarios son unos parásitos impresentables!”. En estos tiempos de crisis (¿ha habido algún tiempo que no lo haya sido?) se he desatado la “caza del funcionario”. Pero detrás de esta trama hay una operación de mucho mayor calado. El funcionariado es la espina dorsal de cualquier estado democrático. Se trata de un cuerpo de trabajadores que cubren servicios esenciales y no están al dictado de la clase política gobernante de turno. Por eso tienen un trabajo fijo y un estatuto laboral muy restrictivo auspiciado por la Constitución.Todavía mucha gente tiene en mente la idea del funcionario como aquel personaje malhumorado e indolente del “vuelva usted mañana”. Nada más lejos de la verdad. De la época de Larra a hoy ha llovido bastante. Funcionarios son el científico que investiga los mecanismos de funcionamiento del cáncer, el maestro de educación infantil que lleva de la mano a nuestro hijo por los primeros años de su vida escolar, el bombero que arriesga su vida en un incendio y un largo etcétera. No le deben ningún favor a político alguno, han ganado un proceso de oposición en dura competencia con otros y aseguran el funcionamiento del Estado independientemente de los avatares de cualquier signo. Cualquiera puede serlo si tiene la preparación y titulación requerida y demuestra su competencia frente a otros. Evidentemente, en cualquier colectivo hay personas que no cumplen con su trabajo. Para ello hay una inspección que debería cumplir también con su cometido. Impresentables también hay entre políticos, empresarios y transeúntes de todo tipo. Cualquier jardín si no se cuida se llena de maleza, pero de ahí a pasar la sierra mecánica a troque y moche hay un abismo.
En la época de vacas gordas ser un funcionario se consideraba como una opción conservadora, propia de gente sin iniciativa y sin espíritu emprendedor. Lo cool era emplearse al mejor postor, saltar de una empresa a otra o crear una propia, vivir como un ejecutivo agresivo mientras engordaba la cuenta corriente. Ahora el funcionario ha pasado a ser un estorbo, una pesada carga que vive a costa de los presupuestos públicos y cuyo trabajo podría hacer mejor un empleado con un contrato de aprendizaje en una empresa privada de servicios. Bueno, ¡que lo hagan! Convierta usted a ese médico del que hablábamos en un contratado por tres meses y sacado de una empresa de trabajo temporal, sustituya al maestro de infantil por un monitor contratado por horas y al bombero en un abnegado miembro de una ONG. ¿Piensa que nos iría mejor?
Se está imponiendo la idea de que la salida de la crisis está en aplicar las recetas más ultraliberales: esto es, desmantelar el Estado del Bienestar y cualquier atisbo de gasto social. Los funcionarios son un obstáculo para estos propósitos (he aquí la operación que se oculta detrás de esta repentina oleada antifuncionarial). Ya se oyen voces que claman por eliminar sus “privilegios” y hacer con ellos lo mismo que podría hacerse con un trabajador de la empresa privada: contratarlos y despedirlos a conveniencia. ¿Por qué unos sí y otros no? –argumentan. A la gente que vive en la cuerda floja, a quienes han sido golpeados duramente por el paro, a quienes trabajan en precario conviene darles un enemigo claro y fácil de reconocer. Hace poco un alto cargo de la administración canaria proponía uniformar a los funcionarios para que la gente pudiera reconocerlo si se tomaban un cortado fuera de hora. ¡Y esto lo decía un cargo político que no se ha distinguido precisamente por su diligencia y productividad! No se plantee usted que quizás este modelo económico nos está llevando al desastre, que las crisis golpea a los de siempre, que en una curiosa vuelta de tuerca los que forzaron los límites de la especulación y fueron salvados con grandes cantidades de dinero público ahora dictan las recetas (que pasan por recortar brutalmente ese mismo gasto público del que supieron aprovecharse). Todo eso es demasiado abstracto e intangible. Únase al coro y maltrate a un funcionario, mírelo mal y airee sus faltas a la mínima de cambio. Entre eso y el fútbol vamos escapando.

PD: gracias a Forges por sisarle su viñeta.
domingo, 28 de noviembre de 2010
El Catalejo (15) Crisis: ¡conmigo que no cuenten!
En alguna ocasión he aludido a esa proverbial falta de inteligencia colectiva de la que parece adolecer la humanidad. Tal y como viene denunciando ATTAC aquellos que en su día (y hace de esto bastante tiempo) anunciaron que este capitalismo desbocado terminaría por hacer aguas fueron tachados de peligrosos agoreros antisistema. Cuando España crecía el doble que la Unión Europea a golpe de ladrillo no faltaron voces que anunciaban que de seguir por ese camino de economía ficción el batacazo sería porporcionalmente mayor. Ni caso. ¿Quién se va preocupar de esas cosas cuando se está llenando los bolsillos de dinero fácil? ¿Para qué preocuparse de los créditos si siempre se puede pedir otro para pagar los crecientes intereses acumulados? ¿Para qué ahorrar un dinerillo si se puede invertir en la bolsa? Este es un fracaso no solo económico sino, y fundamentalmente, cultural. Hemos basado nuestra existencia en una forma de consumo desaforado, de beneficio inmediato, de ostentación y frivolidad. Nos creímos el cuento de que no había alternativa al capitalismo, de que había que abandonarse plácidamente a este parque temático global en el que hemos convertido lo social. Y ahora algunos empiezan a despertar obligados por las circunstancias. Convertidos de repente en parias por obra y gracia de los mercados, de los compradores de deuda que exigen la rentabilidad de sus inversiones. Los bancos empiezan a llenarse de inmuebles incautados y de coches de alta gama que ya nadie puede pagar.Parece que la crisis se está centrando en la Vieja Europa. No me parece casualidad. Frente a los restos de aquella Europa social surgen los tigres asiáticos, la última vuelta de tuerca del turbo capitalismo, el no va más del éxito económico instantáneo. Si queremos abandonar el centro de la diana trabajemos como chinos, reduzcamos nuestros beneficios sociales al nivel de Burundi y consumamos como neoyorquinos. Hagámoslo por la “tranquilidad de los mercados”. O dicho de otra manera: aseguremos que las agencias de inversiones y toda la grey de pasta en el mundo duerma tranquila sabiendo que sus palacetes, yates y vacaciones de ensueño no se van a ver amenazadas. Procuremos que los directores generales de los consejos de administración de bancos y megaempresas puedan seguir repartiéndose cuantiosos beneficios, que la legión de agresivos ejecutivos con traje de Armani puedan seguir creyendo que ellos algún día alcanzarán la gloria, que la banca, una vez saneada de sus propios desmanes con dinero público, siga controlando nuestras vidas.
Tengo 42 años. Me quedan dos plazos para acabar la hipoteca de mi piso. Algunos meses más (pero no muchos) para cancelar un crédito y un Citroën Berlingo también apunto de finiquitar. He decidido que a partir de ahora quiero convertirme en un tipo libre de créditos. A pesar de las numerosas ofertas que me llegan para que me endeude con esto o lo otro tengo claro que ha llegado el momento de disfrutar de mi propia libertad, de darle una patada en los cojones a este entramado de chupópteros. Conmigo que no cuenten.
jueves, 10 de junio de 2010
El Impertinente (8) ¿El final del Estado del Bienestar?
Bajo el epígrafe “Estado del Bienestar” (Welfare State) se entiende un modelo social que se impone, básicamente en Europa, después de la II Guerra Mundial, en el que se considera que la principal misión del Estado es proteger y prestar una serie de servicios a la ciudadanía. Lógicamente, esto cuesta dinero y requiere en general de impuestos altos y de un cierto endeudamiento estatal.A cambio se gana cohesión social, prestaciones, seguridad... La política de pensiones, seguridad social, educación y sanidad pública de calidad, entre otras muchas cosas, son concreciones de este Estado del Bienestar. El ejemplo más avanzado de estas políticas han sido tradicionalmente los países escandinavos. Nadie duda del alto nivel de vida del que gozan y por esto mismo llevan encabezando durante años los primeros puestos del Índice de Desarrollo Humano (un indicador de la ONU que mide la calidad de vida de los países).
A pesar de esto, no falta quienes critican el Estado del Bienestar al considerar que constituye un derroche innecesario de dinero, un falso igualitarismo, una injerencia injustificada del Estado en la libertad individual, etc. Lo cierto es que, al calor de la crisis, el Estado del Bienestar, o las prestaciones de las que hemos disfrutado, en mayor o menor medida, en los últimos años parecen seriamente amenazadas. Ahora se imponen los recortes, el adelgazamiento del Estado, la política del ‘no’. Comienza una labor de derribo aplaudida y jaleada por los prebostes de la economía mundial. De repente, nuestras vidas se han poblado de conceptos que nos eran ajenos: ‘agencias de calificación de riesgo’, ‘deflación’, ‘confianza de los mercados’... Y estos conceptos ‘justifican’ unas medidas que a muchos les genera una lógica desazón.
La pregunta es que si el Estado no está para proteger a los ciudadanos ¿para qué sirve, entonces? Lo cierto es que hay muchos que piensan que el Estado debiera ser una cosa mínima y que todos los servicios estarían mejor en manos privadas, que cualquier cosa que suponga una traba a los mercados, al libre comercio, a la iniciativa particular, sobra. Pero soy de los que piensan que este planteamiento hace tiempo que está desacreditado. Estas políticas ultraliberales tradicionalmente han generado una enorme fractura social. Unos pocos se han hecho muy ricos y muchos infinitamente más pobres.
Cuando se desencadenó está dichosa crisis, cuando se reveló que al parecer vivíamos en un falsa burbuja de consumo y bienestar, todo el mundo tuvo claro, incluso la mayoría de los dirigentes mundiales, que esta era la crisis de un capitalismo desbocado. Alguien dijo, incluso, que había que volver a la cultura del trabajo frente a la economía de la especulación, esa en la que un sujeto sentado frente a un ordenador podía ganar millones solamente dando órdenes de compra y venta de acciones o vendiendo simplemente humo (acordémonos de las ‘hipotecas basuras’). Como a los bancos se les había ido la olla, cegados por el continuo ir y venir de pingües beneficios, hubo que inyectarles cantidades astronómicas de dinero público (¡vaya, de repente el Estado servía para algo!) para que su cuenta de resultados siguiese mostrando los lustrosos beneficios de siempre para solaz de sus consejos de administración y de sus grandes accionistas (bueno, a eso lo llaman ‘mejora de la liquidez’ o ‘reactivación del crédito’). ‘Hay que evitar que quiebre el sistema’ -nos dijeron. ‘Ya habrá tiempo de reformar las cosas’, ‘lo prioritario es evitar la debacle’. Vale ¿y ahora? Pues se impone la receta de toda la vida. Atrás quedaron aquellos propósitos de enmienda. Atrás quedó el Estado del Bienestar.
Algunos piensan que la Economía lejos de ser una ciencia es lo más próximo a una práctica esotérica. Sin embargo sí que hay algunas cuestiones meridianamente claras: cuando se trata de pagar la factura, cuando hay que apretarse el cinturón, cuando hay que recortar de esto y aquello, ya sabemos quiénes tienen que pagar los platos rotos. La multitud de análisis económicos, de comentaristas de la cosa, de sesudas proyecciones financieras son una forma de disimular esta cruda realidad: para que los ejecutivos de las empresas del IBEX 35 sigan disfrutando de sus sueldos millonarios, para que los inquilinos de las exclusivas mansiones puedan seguir pagando los 7.000 € mensuales de alquiler (gastos del servicio aparte), para que los leones de las finanzas puedan seguir manteniendo su altísimo nivel de vida, otros tendrán que ver congeladas sus míseras pensiones, deberán ver cómo se extinguen sus prestaciones por desempleo o tendrán que asistir a la eternización de las listas de espera en los hospitales. Alguien pensará que esto es demagogia barata. Qué va, es simplemente un ejercicio de lisa y llana traducción.

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