Mostrando entradas con la etiqueta SILA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SILA. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de julio de 2011

El Catalejo (24) Adiós a la sede portuense del SILA

Me acabo de enterar, vía prensa, que el Salón Internacional del Libro Africano (SILA) abandona su sede del Puerto de la Cruz para trasladarse a la capital de la isla de Tenerife. Para un portuense / realejero como el que suscribe es una muy mala noticia. El SILA va camino de convertirse en una plataforma de encuentro cultural entre Canarias y África, tan necesaria como imprescindible. Desconozco los motivos de esta decisión pero aventuro dos hipótesis:
1. Las posibilidades de promoción y proyección de Santa Cruz son muy superiores a la de la ciudad norteña.
2. La desidia y falta de visión estratégica del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz en materia cultural en los últimos tiempos.
Uno, que se había convertido en un asistente incondicional a este evento, tendrá muchas más dificultades para trasladarse a Santa Cruz. Supongo que esto se verá compensado con una mayor afluencia de público, así que por un visitante menos no pasa nada. Pero lo que realmente me produce una mezcla de lástima e indignación es esta idea de la derechona política de que la promoción pública de la cultura es un derroche perfectamente prescindible. Ya pasó en su día con el festival Mueca, un evento de arte en la calle, con un programa ciertamente notable, que pudo haberse convertido en una cita emblemática del Puerto de la Cruz y que atraía a esta ciudad a una importante cantidad de gente. La proverbial miopía de los responsables políticos les impide ver que en una ciudad en pleno proceso de decadencia (si alguien no lo arregla) la cultura puede ser un elemento de dinamización económica de primer orden. Sobre todo, cuando se tiene ya muy poco que ofrecer y la competencia está siendo muy dura. Así que la pérdida del SILA es para el Puerto de la Cruz otro baldón más que añadir al triste currículum municipal. El problema es que no estamos solo ante una galopante crisis económica sino además ante una todavía peor crisis de ideas. Alguno, incluso, debe todavía pensar aquello de que “cuando oigo la palabra 'cultura' saco mi pistola”, una frase atribuida a más de un personaje de dudosa calaña pero que refleja esa alergia compulsiva de quienes no van más allá de la cosa populista y folklórica (que da más votos y cuesta menos). En fin, reconozco que no está la canícula para cogerse una úlcera.

domingo, 26 de septiembre de 2010

El Catalejo (11) El e-book y la estupidez

No me queda más remedio que seguir con mi cruzada particular contra la extensión voraz del universo digital. En el marco del interesantísimo II Salón Internacional del Libro Africano (SILA), celebrado en el Puerto de la Cruz (Tenerife) se planteó, como no podía ser de otra manera, cuestiones referidas al futuro del libro, la edición y la impresión en el mundo digital que se nos avecina. No creo que mi mente esté demasiado instalada en el paleolítico. Una prueba de ello es la presente blogesfera en la que nos encontramos, una de las más rutilantes creaciones de este nuevo mundo, y que me permite difundir esta sarta de barbaridades. Sin embargo hay cosas, quiero creerlo, que asombran a cualquier individuo con un mínimo de sentido común. Algunos apóstoles de la Nueva Era Digital pretendían seducir al personal con las evidentes maravillas que se nos avecinan. Una promotora de la impresión a la carta afirmaba con jactancia que su e-book le permite llevarse setecientos títulos cuando se va de vacaciones. ¿Qué persona en su sano juicio pretende llevarse setencientos títulos cuando se va de vacaciones? ¿será que el aparatito de marras lee por ella? Otro pretendía asombrar a los editores con la posibilidad de que en el futuro pudiera insertarse publicidad en los márgenes de los libros. El día que me encuentre publicidad en los márgenes de un libro me pasaré al bando de los biblioclastas y lo quemaré sin piedad. Este mismo hombre invitaba al público a usar su e-book y comprobar el efecto realista del aparato al pasar las páginas. Por lo visto desplazar el dedo sobre una pantalla digital debe tener un efecto orgásmico superior al de hacer lo mismo sobre una antidiluviana hoja de papel. La sucesión de libros almacenados en carpetas y el efecto zoom en el tamaño de las letras mantenían a este singular personaje en un éxtasis permanente. Hasta el punto de afirmar sin rubor alguno que los lectores del futuro leerán novelas en sus teléfonos móviles. Mi mente estrecha tiene dificultades para imaginar a nadie leyendo Ana Karenina en su móvil. Supongo, de todos modos, que al ser Tolstoi una antigualla de la era de papel no será el ejemplo más indicado. Al parecer ya hay una nueva hornada de escritores ultramodernos, premiados en certámenes literarios innovadores, que están produciendo joyitas literarias adaptadas a los nuevos formatos y al nuevo lector que apenas puede encontrar un hueco entre las numerosas aplicaciones de su Ipad (¿se escribe así?) como para leer nada que le ocupe más de un minuto de su precioso tiempo virtual. Quizás parezca un tipo jactancioso y, como decía Eduardo García Rojas, reaccionario (mejor 'refractario') si digo que todo esto me parece una soberana estupidez. Me recuerda al que no sale de su casa al supermercado de la esquina sin el GPS conectado, que para eso le ha costado una pasta. La última colección de falsas necesidades esconde, simplemente, una nueva forma de hacer negocio. Del mismo modo que, de vez en cuando, nos cambian el formato de las películas para que tengamos que renovar todas las existencias, so pena de quedarnos fuera de juego y sin poder disfrutar de efectos hiperrealista, en 3D y sin tener la posibilidad de intercambiar impresiones al instante con otro espectador en Honolulu. Como para perder el sueño. El caballero ultratecnólogo no supo decirnos, de todos modos, a qué olía su e-book, pero todo llegará.