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martes, 2 de junio de 2009

El Cazador de Libros (3) Feria del Libro de Santa Cruz

Llevo tiempo intentando imitar a un conocido mío quien siempre por estas fechas coge una enorme maleta vacía y dos o tres mudas de ropa interior y emprende rumbo a la Feria del Libro de Madrid. Después de un fin de semana agotador regresa con el maletón hasta los topes. Mientras tanto, hay que intentar hacer un esfuerzo de imaginación para transmutar el Parque García Sanabria por el Parque del Retiro. La XXI Feria del Libro ha congregado a unos 40 expositores entre librerías, editoriales e instituciones. La impresión general es la de una feria correcta, en línea con el tamaño y el (escaso) consumo cultural de esta isla. Sin embargo, después de visitar los stands queda una sensación más bien como de feria de saldo (cosa que no estaría mal si ese fuera el tema). Parece que o bien los fondos de las librerías no se han renovado en demasía o bien están tratando de aligerar existencias. Entre esto y la excesiva abundancia de material superventas no queda mucho por destacar. Con todo, siempre es posible dar con libros interesantes. Paso a relatar el resultado de la cacería.
“Celso Martín de Guzmán, en memoria” En Revista Temas (Cueva Pintada 008). Una revista monográfica editada por el Museo Arqueológico Cueva Pintada de Galdar en homenaje al que fuera el gran impulsor de este proyecto. La revista, con papel extragrueso, está muy bien editada y hace honor a uno de los mejores complejos arqueológico-museográficos de Canarias.
“Los huesos de Descartes” de Russell Shorto (Duomo 2009). La muerte de Descartes en 1650 (Estocolmo) siempre ha estado rodeada de polémica. Tengo entre los libros a conseguir una obra del médico alemán Eike Pies “El homicidio de Descartes: documentos, indicios, pruebas” donde sostiene que fue envenenado con arsénico. El azaroso destino posterior de sus restos dio lugar a un filo-thriller apasionante.
“El desarrollo del pensamiento político de José Ortega y Gasset” de Domingo Fernández Agis (Idea, 2007). Para algunos se trata de un autor menor si se lo compara con el contexto europeo de su tiempo. Pero, al fin y al cabo, un mérito indudable de Ortega fue el de poner a España en el mapa filosófico del momento.
“Vicki Penfold” de Alvaro Ruiz Rodríguez (Gobierno de Canarias 2006). La colección “Biblioteca de Artistas Canarios” es un proyecto editorial que ha dado un magnífico resultado. Una de las últimas incorporaciones al catálogo ha sido esta artista de origen polaco afincada desde 1967 en Puerto de la Cruz, Tenerife. Una artista polifacética que hay que conocer.
“Eduardo Westerdahl. Suma de existencia” de Pilar Carreño (IODACC 2002). La figura de Eduardo Westerdahl está íntimamente unida a la Gaceta de Arte y la eclosión surrealista en Canarias. En los últimos años afortunadamente hemos asistido a la reivindicación de su figura, tal y como hace Pilar Carreño con este libro homenaje en el centenario de su nacimiento.
“Tenerife, la isla surreal” (O. Domínguez / Juan Ismael) (Gobierno de Canarias 1997). Siguiendo con el arte canario contemporáneo nos encontramos con este catálogo dedicado a la exposición que, auspiciada por el Cabildo de Tenerife, recorrió hace más de una década varias salas de la isla.
El stand de la Universidad de La Laguna nos sorprende positivamente regalando varios libros y cuadernillos de su Servicio de Publicaciones. Pude hacerme con los siguientes:
“Conversaciones, reflexiones sobre el arte contemporáneo de Canarias. Eduardo y Maud Westherdal” de Maribel Nazco (ULL 2007).
“Pensar por sí mismo: sobre los libros y la lectura” de Arthur Schopenhauer (ULL 1999) Separata del libro “Pensamiento, palabra y música”.
“Crónicas marítimas de un isleño” de Juan Padrón Albornoz (ULL 2009)
“La Música Culta en Canarias” de Rosario Alvárez (ULL 2008)
Me interesó, aparte de las ya conocidas, la Librería Alfaro, al tratarse, me entero hablando con la encargada, de un Café-Librería situado en la Calle Dean Palahi en La Laguna. Dada mi afición por esta afortunada combinación habrá que pasarse algún día.
Con el objetivo de rematar la faena decidí pasarme por una conocida librería de Santa Cruz que posee, además, una sección de saldo. Después de algo más de un año compruebo con pesar que apenas ha llegado material interesante desde entonces. Pese a ello hago dos adquisiciones:
“El 18 Brumario de Luis Bonaparte” de Karl Marx (Alba 2005). Un conjunto de artículos periodísticos donde Marx pone en juego su análisis materialista en relación a los acontecimientos vividos en Francia a mediados del siglo XIX.
“Picabia” de Alain Jouffroy (Kliczkowski 2002). Un pequeño manual de este pintor incalificable (llamémosle dadaísta) publicado en una curiosa editorial.
Siempre termino con el mismo propósito: ¡el próximo año a la Feria de Madrid!

miércoles, 20 de mayo de 2009

El cazador de libros (1) Cacería en el Puerto

Un auténtico cazador no suele compartir sus zonas de caza pero, en fin, como no se le puede poner puertas al campo… Creo disponer de un buen olfato que me avisa de la presencia de libros cazables en las cercanías. Paseando por el Puerto de la Cruz, el pasado sábado por la mañana, detecté a lo lejos, en un rincón del viejo muelle, un mercadillo. Las moléculas que se desprendían de los libros invitaban a acercarse. Era un puesto benéfico del Club de Leones. Entre las cosas amontonadas había un par de cajas de libros. Lamentablemente había otro cazador en la zona y creo que se hizo también con algunas buenas piezas. Inesperadamente también yo hice estragos. Paso a relatar el sangriento resultado:
- “Narciso y Goldmundo” de Herman Hesse (Edhasa, 1997). Entre los 16 y los 18 años tuve una auténtica pasión por Hesse. Leí Siddhartha, El Lobo Estepario, Demian y Lecturas para minutos. Desde entonces no he vuelto a leer nada de este premio nóbel. Este "Narciso y Goldmundo" es una novela de 1930 de cierto contenido filosófico.
- “Viajes” de Marco Polo (Óptima, 1997). Un clásico indiscutible. Lo ojearé un poco.
- “La velocidad de la luz” de Javier Cercas (Tusquets, 2005). Acabo de terminar “Anatomía de un instante” (que ya comentaré) y tengo en lista de espera su “Soldados de Salamina”.
- “Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal (Destino, 2000). Un autor desconocido para mí. Ojeando el libro veo que se trata de un autor checo, censurado a partir de la ocupación soviética de 1968 y que trata de un trabajador que tritura papel y reproducciones de cuadros en Praga. Para los enamorados como yo de la capital de la República Checa, prometedor.
- “Objetivo Moscú” de Claude Bertin (Amigos de la Hª, 1974). Un libro correspondiente a una colección sobre la II Guerra Mundial aunque una edición extraña, tiene un preocupante aire a lo “Rider Digest”.
- “Historia de la Farmacia” de Cowen y Helfand (Doyma, 1990). Se trata de un libro de grandes dimensiones patrocinado por una corporación farmacéutica. Tiene una gran cantidad de ilustraciones, carteles y grabados. Muy interesante para cualquier amante de la Hª de la Ciencia.
Lo realmente espectacular de esta cacería fue el precio del total de los libros: ¡5 euros! por todo este género. Es el sueño del bibliófilo: los mejores libros al menor precio.
De camino a casa pasamos por un centro comercial. Después de hacer algunas cosas completamente superfluas y prescindibles, como comprar alimentos y otras fruslerías, decidí rematar la faena regalándome otro libro:
- “Guía del autoestopista galáctico” de Douglas Adams (Anagrama, 2008). Se trata de un libro de ciencia ficción del que había leído algunas muy buenas referencias últimamente. Adams (1952-2001) es, por lo visto, un autor de culto en este género en los EE.UU. A ver qué pasa.

lunes, 18 de mayo de 2009

El impertinente (1) “Y usted ¿qué lee?”

Les adjunto mi última colaboración (nº 12, mayo 2009) con la revista Tangentes (publicación gratuita del norte de Tenerife).
Aprovechando esto del “mes del libro” una pequeña y ácida reflexión sobre los libros y la lectura (otra más).
Y USTED ¿QUÉ LEE?-por Damián Marrero Real
Nº 12 Mayo 2009 – Apuntes
Hace unos meses me contaba un histórico de la lucha ecologista en esta isla, que un afamado alcalde del norte de Tenerife -cansado de las denuncias de las barrabasadas medioambientales que un día sí y otro no tenía que soportar en la prensa- le espetó: “quien me vota no lee periódicos”. ¡Qué claro lo tenía! Históricamente muchos regímenes políticos se han cimentado sobre la ignorancia de las gentes. Pensar es peligroso y para pensar hay que liberarse, como diría Kant, de la culpable incapacidad.
Un indicador del grado de autonomía de las personas, de su nivel educativo, es el tipo de lecturas que realiza. Ni siquiera es cuestión de hacer un recuento del número de libros leídos por mes o por año, ni de aquellos de los que se dispone en las escasas estanterías de casa. Hay quien puede dedicarse a leer verdadera bazofia o comprar libros por kilos para combinarlos con porcelanas de damiselas con paraguas. Se lee para conocer y conocerse, para disfrutar, para ser mejor persona, para asombrarse, estremecerse, hacerse preguntas… El encuentro con un libro, con un buen libro, supone un cambio necesariamente para mejor en el lector. La ausencia de estas experiencias, por el contrario, empobrece hasta reducir al sujeto a la condición de palurdo maleable. Y con un mundo de palurdos sueñan quienes entienden el ejercicio del poder en su propio beneficio.
Quizás estamos asistiendo al final tanto del libro como del lector tal y como lo hemos conocido hasta el momento. El mundo puramente audiovisual en el que vivimos, las prisas para ir hacia ninguna parte, la búsqueda del entretenimiento vacuo, los miles de artilugios tecnológicos para pasar el rato, la incapacidad patológica para estar a solas un solo segundo, la pereza a la hora del más mínimo esfuerzo mental… Desde luego, los libros no tienen cabida en este mundo. Quizás alguna biografía de un famoso o de un santo local, alguna publicación de autoayuda para ligar mejor o dejar de fumar, el estudio de la personalidad a través del horóscopo… eso siempre vende.
Las ferias del libro que organizan los ayuntamientos durante el mes de abril son un buen termómetro para medir el nivel de estulticia. En una de ellas que duró una jornada más de un librero se fue sin vender un solo libro, en otra había más personas alrededor de una partida de dominó que frente a los expositores, en general muchas personas pasaban delante de las mesas sin dedicarles una mísera mirada. Sencillamente, el libro es un objeto tan extraño como la kriptonita. Y es que la profesión de librero es una actividad a punto de desaparecer, igual que un latonero o los afiladores que convocaban a los clientes con su característico silbato. Habría que incluirlos en el catálogo de especies protegidas.
Una persona adulta que nunca haya tenido un libro en sus manos casi con toda seguridad es un caso perdido. Pero lo verdaderamente sangrante es comprobar cómo nuestra infancia va por el mismo camino. No parece que los planes lectores de los centros escolares, las numerosas actividades programadas por bibliotecas públicas o concejalías de cultura, las campañas publicitarias que pretenden concienciar a unos y otros den resultado alguno. ¿Qué falla entonces? Falla el entorno. Todo lo verdaderamente decisivo en la vida de un niño de hoy está en contra. Familias en las que leer un libro es una misión imposible, pueblos donde lo más próximo a un ambiente cultural es la barra de un bar, televisiones que imbecilizan al personal, artilugios para mantener entretenidos a los chavales con el único fin de que no den la lata. En estas circunstancias lo verdaderamente excepcional es que algún joven adquiera el hábito lector. Debería elevarse a la categoría de prodigio y ser estudiado por expertos en fenómenos paranormales. Ponga usted delante de un grupo de niños una mesita con dos o tres libros muy atractivos (esto es: con mucha imagen y pocas letras), ponga al lado otra mesita con artilugios futboleros (cromos, pegatinas, banderines) ¿Qué pasará? Repita este sencillo experimento con un grupo de adultos. Da risa sólo pensarlo. Si descartamos razonablemente que haya algún gen implicado no queda más remedio que pensar que hemos construido una sociedad basada en la estupidez. Una sociedad cuyo mantenimiento conviene a muchos.
Estos artículos sobre la lectura y los libros suponen una cierta paradoja: sólo serán leídos por aquellos que seguramente compartirán este punto de vista, así que habrá poco margen para la polémica. Aquel que jamás lee un periódico (a excepción de los deportivos, claro está) para satisfacción del ínclito alcalde difícilmente sabrá de primera mano que alguien lo acusa de ser el responsable, en su autocomplaciente ignorancia, de perpetuar este estado de cosas.