Dos años de “La Inocencia del Devenir” y 234 post después este blog se encuentra en un estado de contenida alegría. Resulta una experiencia sorprendente y al mismo tiempo maravillosa pensar que detrás de otra pantalla, en vaya usted a saber dónde, pueda haber alguien que lea estas entradas, fruto de una necesidad casi patológica de compartir reflexiones y algún que otro despropósito. Gracias a los asiduos de “La Inocencia del Devenir” y no menos agradecimiento a los esporádicos y ocasionales visitantes. Me sigue pareciendo una especie de sortilegio que alguien dedique unos minutos a leer cualquiera de estas entradas y ya no digo comentarlas. En este sentido quiero dedicarle una mención especial y muy cariñosa a una de mis más asiduas comentaristas desde hace ya tiempo, Emejota. También a quienes enriquecen las entradas con sus comentarios y aportaciones, y no solo aquí sino en la red social en la que suelo difundirlas.Esto no deja de resultar un pretexto para que su autor trate de clarificarse de una vez por todas. Y es que atreverse a pensar sobre este proceloso mundo nuestro no deja de ser un ejercicio de soberbia.
El título de este blog es, como ya hemos comentado, un guiño nietzscheano, en este mes que para los sufridos (es broma) profesores de Filosofía está dedicado al autor del “Así habló Zaratustra”. Esta es una forma de fluir desprovista de moralina pero sí bien aprovisionada de ganas de contribuir a un cierto debate social, cultural, libresco y educativo. Dos años después, seguimos apostando por una ética de la resistencia frente a esta invasión de los ultracuerpos. ¡A seguir en la brecha, compañeros!
