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jueves, 18 de agosto de 2011

El Catalejo (26) Brotes de irracionalismo

De vez en cuando el irracionalismo más burdo parece apoderarse del personal como si fuera una suerte de virus (y que conste que de ninguna manera estoy pensando en mi admirado Nietzsche o en los sublimes escritores del absurdo). El tipo de irracionalismo alelado del que hablo es el que tiene que ver con esta escenificación mediática del Vaticano en la Jornada Mundial de la Juventud, atemorizada frente al avance de otras opciones religiosas en el mundo y el creciente laicismo. Una puesta en escena que no es sino la jugada segura de quienes manejan las claves de esta sociedad del espectáculo. El Vaticano lleva abonado desde los tiempos de Juan Pablo II a la cultura mainstream. Después de agitar la banderita amarilla y blanca y gritar aquello de “la juventud del Papa” las estadísticas volverán a mostrar el desafecto mayoritario frente a esta gerontocracia teocrática. La moral católica no es la alternativa a la tan cacareada “crisis de valores”. Al contrario, es, en todo caso, la expresión más palmaria de esta supuesta crisis. Es el refugio de quienes tienen miedo, parafraseado a Erich Fromm, a la Libertad y se entregan gustosos y confiados al redil de aquellos que luego los utilizan para sus fines espurios.
De todos modos, la irritación que me produce esta exhibición de irracionalismo vacuo es comparable a la indignación que uno siente cuando lee en el periódico cómo en EE.UU. el partido republicano, entregado cada vez más al hornillo del Tea Party, lanza candidatos a la presidencia con discursos cada vez más disparatados e incendiarios. Por si no tuviéramos poco con la inefable Sarah Palin ahora aparece una Michelle Bachmann diciendo cosas como que las mujeres deben mostrarse sumisas con sus maridos (además de proclamarse creacionista y anti todo). Acto seguido entra en acción el gobernador de Texas, Rick Perry, proclamando que la oración es la receta contra todos los problemas (para que luego digan que aquella definición de Marx de la religión como el opio del pueblo está pasada de moda). Además presenta el descenso del paro en su Estado como aval, sin reconocer que tal descenso se ha producido gracias a los sueldos bajísimos y al hecho de que las empresas no están obligadas a proporcionar un seguro médico a los trabajadores. Estos chollos ha provocado que muchas empresas hayan cerrado sus fábricas y oficinas en otros Estados y se hayan recolocado en este paraíso ultraliberal. Lo triste de todo esto es que mucha gente valorará este hecho como un mérito, sin pararse a sopesar los pro y los contras. Igualito que en este país cuando, casi con toda seguridad, la derecha arrase en las próximas elecciones. El ejemplo más claro de este irracionalismo del que hablamos es que la gente entienda que las recetas y actitudes que nos han llevado al desastre económico, político y social son la única vía para salir de la crisis. O que esta Iglesia que hoy se celebra a sí misma y que históricamente ha estado de lado mayoritariamente de los poderosos y del pensamiento más retrógrado, conservador e inmovilista es lo más cool. ¿Irracionalismo u otra cosa?

martes, 16 de agosto de 2011

El Catalejo (25) La iglesia del poder

Francamente, este espectáculo neo-evangelizador, este culto a la personalidad propio de regímenes antidemocráticos y este mercadeo que supone la Jornada Mundial de la Juventud recientemente inaugurada en Madrid me producen un sentimiento de cierta indignación ciudadana. Sobre todo al comprobar de nuevo la pleitesía que los poderes civiles rinden al Papa de Roma permitiendo esta ocupación de los espacios públicos con misas multitudinarias, confesiones y absoluciones expres y ¡hasta un vía crucis con el top ten de la imagenería semana santera! No me imagino al presidente de un país extranjero montando un sarao semejante en cualquier ciudad  en la que estuviera de visita. Ni al líder espiritual de cualquier confesión religiosa no católica montando un embolado de este tipo en Recoletos. ¿Que en España hay un número importante de católicos practicantes y con una ganas locas de salvarnos a los demás? Bueno, también muchos creen en extraterrestres y no por eso montan un simulacro de abducción colectiva.
Por no hablar de esta iglesia del poder. Estos purpurados con bordados, filigranas y báculos labrados que pontifican (nunca mejor dicho) sobre moral y comportamientos humanos, que se erigen en mediadores entre la divinidad y el común de los mortales, que consumen cantidad ingentes de recursos para su mayor gloria y esplendor que muy bien podrían emplearse en otras cosas más perentorias. ¡Cuántas contradicciones entre los discursos y los hechos!, ¡cuánto oropel vacuo!, ¡cuántas cuentas pendientes! Qué pena ver a tanto joven animado por un supuesto espíritu misionero sin que ellos sepan muy bien de qué va eso. ¡Cuánta energía desaprovechada!, ¡cuánta adormidera repartida por doquier!, ¡qué tiempos oscuros!
PD: como ahora estoy en una fase Saramagiana me apunto una frase suya: “En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona”.

viernes, 3 de junio de 2011

El Catalejo (19) La Iglesia momificada

Mi antigua alumna, y hoy joven y prometedora profesora, Beatriz Oliver, me lanza el reto de escribir algunas líneas sobre “la Iglesia y su hipocresía” a propósito de los tradicionales dislates de la institución católica en materia de sexualidad. Mi primer impulso es agarrar el clásico de Pepe Rodríguez “La vida sexual del clero”. Pero no hace falta disparar con artillería de grueso calibre. La cuestión del sexo y el sacerdocio católico es todo un clásico que ha suscitado ríos de tinta. Cuando el río suena...
La Iglesia Católica es una institución anacrónica en esencia con tendencia a la momificación y el alcanfor. Todavía recuerdo cuando en 1992, mi primer año como profesor, coincidió una clase mía sobre la Revolución Científica del Renacimiento con el reconocimiento de la Iglesia de las tesis de Galileo. A esas alturas los sabios purpurados decidieron que ya era tiempo de admitir que la Tierra gira alrededor del Sol ¡nunca es tarde!, ¡unas buenas risas nos echamos con aquello! Estas cosas son propias de quienes aún andan a cuesta con lo de las verdades reveladas y esas cosas.
Pero entremos en materia. Resulta toda una curiosidad intelectual (siendo comedidos, vaya) que cuestiones morales que afectan hoy a miles de individuos sean el resultado de los antiguos códigos de comportamiento de un pueblo del medio oriente, misógeno como tantos otros, obsesionado con el fin de los tiempos, productor de mesías como setas, a hostias con los romanos y tremendamente rigorista en sus actitudes. Esta fundamentación moral provoca argumentaciones pintorescas. Como la que sostiene que el celibato de los sacerdotes es producto de que el líder de la cosa prefirió la soltería mística o que el papel de las mujeres como carne de convento se deba a que optó por rodearse de hombres en su círculo íntimo de seguidores. Claro que cada uno cree en lo que le parece ¡faltaría más! Para que luego no se diga que eso del progreso es una patraña.
No hay nada más antinatural que prescindir de algo tan incrustado en el ADN de los humanos como la sexualidad. Y resulta curioso que esto lo plantee la Iglesia Católica, que anda siempre a vueltas con su particular interpretación de una supuesta “Ley natural” que les sirve para oponerse furibundamente a cualquier interrupción del embarazo, la homosexualidad o a decidir sobre la propia muerte. Por lo visto la expresión de los deseos y la realización sexual, entre otras cosas, no forma parte del orden natural de las cosas. Esta ceguera es la causante de severos desórdenes de la personalidad que afecta a algunos sacerdotes y similares (con las consecuencias horrorosas que están en la mente de todo el mundo). No hay que estar demasiado ducho en psicología para darse cuenta inmediatamente de ello.
La Iglesia Católica, o mejor dicho, el poderoso y jurásico núcleo vaticanista, tiene un profundo miedo a los cambios pues su preeminencia se basa en la aceptación ciega y acrítica de un conjunto de dogmas históricos que son la piedra angular de todo el entramado. Deben temer que si ceden en algunos de estos aspectos, por pequeño que sea, el chiringuito se les viene abajo en un plis plas. Por encima de cuestiones creenciales aquí hay un asunto de puro y duro poder. No otra cosa es (y ha sido siempre, al menos desde San Pablo) este tinglado católico. A pesar de todo reconozco mi simpatía por ciertos católicos críticos que se empeñan en darse de bruces con la jerarquía gerontocrática y panzuda y con muchos católicos que eligen el bando de los pobres y los desposeídos (tan denostados por sus propios mandamases como si fuesen portadores de la peste). Y yo me pregunto ¿qué hace un ateo como yo hablando de estas cosas? Es que en el fondo nos gusta...