domingo, 3 de enero de 2016

Mundo ruido


Cada vez se me hace más duro estar en un local donde el nivel de decibelios de la música ambiente se funde con las decenas de gargantas que gritan y, si se trata de una cafetería, con la odiosa máquina de moler el café o la de hacer batidos. Solo un zombi puede aguantar ese nivel de ruido. O la marchona demoledora que ponen muchas tiendas de ropa para que el personal compre a ritmo de chunga chunga. Por no hablar de los cines, donde los graves de las explosiones y demás pirotecnia cinematográfica te pueden hacer saltar el hígado por los aires. Y qué decir de las guaguas que pasan a medio metro de uno en el momento justo de acelerar metiéndote, de propina,  una descarga de humo asqueroso directo a los ojos. Cómo soportar al que tiene la inaguantable costumbre de hablarte gritando cuando apenas está a un palmo de tu cara. Vivimos en un mundo de ruido, de gritos, de sobrepresión sonora. Constituye una parte importante de este escenario desquiciado en el que habitamos y al que, hay que reconocerlo, a más de uno le parece música celestial. Por esto mismo, el silencio, en cuanto que bien absolutamente escaso, se ha vuelto un lujo asiático, la mejor medicina contra la locura de nuestro tiempo. Pero es una medicina que debe administrarse con precaución a los enfermos. En alguna ocasión, he intentado hacer el ejercicio de “escuchar el silencio” con mi alumnado y no son raros los episodios de ansiedad y nerviosismo que se producen. Es natural. Eliminar de repente gritos y ruidos, golpes y estruendo, eliminar esa densidad sonora y descubrir un mundo de sosiego puede producir vértigo. Descubrir que en uno habita un corazón que palpita o que en la lejanía se oye el ladrido de un perro puede suponer para muchos una experiencia desconcertante. Qué cosas y qué ejemplo de lo insalubre de este mundo.

viernes, 1 de enero de 2016

Agrupémonos en la lucha final.





                                                                                                            
 ¿Dónde están los últimos lectores?, ¿dónde aquellos que han roto con la telaraña del consumismo?, ¿los que se ríen de la propaganda del gobierno y de las corporaciones financieras?, ¿los que arrojaron el traje de smoking al contenedor de reciclaje?, ¿los que aborrecen el famoseo, el cutrelux y la globalización futbolera?, ¿los que oyen a Mahler o a Deep Purple casi en secreto? En estos tiempos postreros ha llegado el momento de agruparse en la lucha final contra el avance generalizado de la estupidez. Ya no podemos mantener aquella consideración marxista de que la única ventaja del proletario es que son más. Hoy el proletariado ha sido cautivo y desarmado y quienes hacen girar sus vidas en torno a la última expulsión de Gran Hermano o el partido de liga de turno sí que son más, inmensamente más. Lo que toca es resistir, a pesar de que este infinitivo sea cuestionado por quienes piensan que el secreto de la vida es adaptarse, fluir según el sentido de la corriente, abandonarse al triunfo del pensamiento dominante. Vivimos en un tiempo de descuento, en una época del fin que podría llegar a ser, incluso, el fin de todas las épocas. Hace falta una ética del final, una actitud de rescate de todo lo bueno que, a pesar de todo, hemos ido acumulando; una visión distante, casi cínica, del acontecer. Y al mismo tiempo mucho sentido del humor, mucha alegría dionisiaca para afrontar esta fase última del despliegue de la tontuna humana que amenaza con llevarse todo por delante. La capacidad del ser humano para huir de sí mismo es casi infinita, para mirar para otro lado mientras se incendia Roma, para ensuciar el plato en el que come. Aunque somos cada vez más escépticos sobre la posibilidad de que otra humanidad esté por aparecer debemos actuar como si esta fuera una condición necesaria e inevitable.

 
Con esta declaración urgente de intenciones reactivamos La inocencia del devenir un par de años después, con la esperanza de que sea uno de tantos lugares donde los últimos anacoretas puedan felizmente encontrarse.



 

jueves, 10 de enero de 2013

¿Trabajadores de la banca?

Oigo en la TV que los numerosos empleados de Bankia que corren el riesgo de ser despedidos protagonizan una manifestación y un conjunto de medidas de protesta contra esa decisión de los mandamases del banco y demás depredadores. Supongo que en la medida en que visibilizan su protesta querrán arrancar algún gesto de solidaridad o al menos de comprensión ante su situación personal del conjunto de la ciudadanía. Curiosa situación esta. Me imagino a uno de estos empleados, algún director de oficina, por ejemplo (que tan poco es para tanto en el organigrama de esos dinosaurios financieros), tramitando un expediente de desahucio o desviando los escasos ahorros de un abuelo hacia un fondo de inversiones agresivo y de dudosa fiabilidad. ¿Debemos ser solidarios con estas personas?, ¿debemos acudir al sainete aquel de la “obediencia debida” de aire tan rancio?, ¿son al fin y al cabo trabajadores como cualquier otro a los que no les queda más remedio, por mor de la cuenta de resultados del banco y del reparto de dividendos entre accionistas y consejo de administración, que activar fielmente los procedimientos de ejecución de embargo y desahucio? Interesante dilema. ¿Se imaginan a estos empleados, o a uno solo de ellos, negándose a dejar a una familia en la calle?, ¿objetando a esta medida? ¿No acudiríamos prestos muchos ciudadanos en auxilio de un empleado de la banca que fuera puesto en la calle por haber denunciado ciertas prácticas inhumanas? No sé por qué me cuesta sentir un poco de cercanía con esta gente. Debe ser que soy poco dado a estas cosas del mundo financiero.

jueves, 8 de noviembre de 2012

A vueltas con ProIDEAC

La innovación educativa, la mejora de los procesos de enseñanza/aprendizaje, la respuesta a los retos sociales, etc. debieran ser una constante en todos los agentes implicados en este universo de la educación. En esto creo que habría poca discrepancia. Nuestra Consejería de Educación con su plan ProIDEAC (Pro integrar: diseño + evaluación, aprendizaje competencial) parece haber querido dar un salto decidido en este sentido. Pero he aquí que los vientos huracanados que corren van en la dirección contraria. Mal momento parece haber escogido nuestra afamada Consejería para implementar un plan tan ambicioso. En el momento en el que la Escuela Pública se enfrenta lisa y llanamente a un trance de pura supervivencia, los gestores de la cosa educativa deciden liarse la manta a la cabeza y nos presentan una revolución metodológica con aires de ordeno y mando.  Justo cuando las condiciones laborales y profesionales del personal se encuentran en su punto más bajo desde hace décadas los responsables de turno apuestan por tocar a rebato y nos ponen a trabajar en centros masificados como si estuviéramos en una especie de Summerhill. Quien suscribe, que es en el fondo muy afín a enfoques competenciales y evaluaciones auténticas [sic], no deja de contemplar con asombro cómo se ha llegado a este punto de evidentes contradicciones. En el curso en el que al profesorado se le aumenta la carga horaria lectiva y complementaria, en el que se ha producido un aumento notable de las ratios, en el que los centros se encuentran con serios problemas para reponer el material fungible más básico, es cuando se nos pide un salto cualitativo propio de un entorno finlandés. Está claro que los resultados educativos que se desprenden las distintas evaluaciones internacionales son verdaderamente pésimos para el Estado Español en general y Canarias en particular.  Pero si queremos resultados como el finlandés habrá que ir creando un entorno social y económico similar al finlandés.
Para que no se diga, también soy de los que (aún) cree en el potencial transformador de la escuela. Sin embargo, resulta cuando menos ingenuo pretender que con políticas de desmantelamiento de los servicios públicos, que nos llevan a escenarios de mera supervivencia, se pueden poner en práctica planes que supondrían un estado de cosas radicalmente diferente. En ese sentido la nefasta LOMCE es más coherente porque parte de la necesidad de dar marcha atrás en muchos de los logros hasta ahora conseguidos. ¿Quieren ustedes unas prácticas docentes en consonancia con los retos de esta sociedad del conocimiento (otra boutade, por cierto) de la que hablan? Empiecen por mejorar el acceso a la función docente, diseñando un perfil profesional en consonancia, inviertan en educación lo que hiciera falta para conseguir estos objetivos (¿se acuerdan cuando al comienzo de la crisis se hablaba de que para salir de ella una educación de calidad era una herramienta estratégica?), apuesten decididamente por la enseñanza pública, etc. Y solo entonces planteamientos tan loables y ambiciosos como ProIDEAC serán verdaderamente creíbles y rubricados sin ambages por el conjunto del profesorado. En caso contrario, se habrá perdido otra oportunidad para avanzar hacia una enseñanza de calidad que tanta falta nos hace.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La marca España

Hasta hace poco la idea de ‘Estado’ (con permiso de los neocon), era todavía un cierto garante de protección social y redistribución de la riqueza (he dicho “un cierto garante” –que está claro que la cosa nunca ha sido para tirar cohetes). Pero he aquí que en los avatares del turbocapitalismo nos vamos enterando de que incluso el Estado se ha convertido en una corporación más. No sorprende, por tanto, que se hable ya alegremente de cosas como la ‘marca España’ y otras zarandajas nada inocentes. En efecto, el Estado es ya una marca de consumo ligada a una especie de trust empresarial. Pero a diferencia del trust clásico donde un conjunto de empresas están controladas por una misma dirección son estas las que ejercen el control real del Estado. Mientras estábamos ocupados con la cosa del fútbol o decidiendo si unos eran naciones y otros nacionalidades el asalto al Estado por parte del poder económico y financiero se ha completado con un éxito rotundo. Ahora resulta que el poder ejecutivo se ha transformado en una suerte de consejo de administración y el Congreso de los Diputados en una asesoría legal.
En este contexto, titulares como el que no hace poco sacó un periódico de la derechona de este país cobra todo su significado profundo: “La ultraizquierda arruina la marca España”. Hacía poco que no leía algo tan tendencioso en apenas tres sustantivos y un verbo. Todo el que se mueve en este país pertenece al peligroso y cavernario mundo de la ultraizquierda que arruina (es decir, destruye, echa a perder) la línea de productos comerciales en lo que se ha transformado el término ‘España’. Así que lo que nos toca a partir de ahora es enfundarnos en un traje de faralaes y poner cara de eterna fiesta a ver si logramos vender un par de fregonas más, algún que otro jamón de jabugo y llenamos las infectas torres de apartamentos de Torremolinos o Los Cristianos de buenas remesas de turistas empobrecidos de Manchester. Cualquier otra actitud es poco menos que sospechosa de alta traición. La derechona apuesta por la vieja política de barrer la basura debajo de la alfombra, por mucho que esa ‘basura’ tenga el aspecto de casi seis millones de parados y decenas de miles de personas vilmente expulsadas de sus viviendas. En este nuevo orden de cosas nos acercamos peligrosamente a un mundo de ciudadanos (con poder adquisitivo) y súbditos (que no tienen donde caerse muertos), a una democracia del capital que es tanto como decir una tumba para los derechos civiles. Lo peor de todo, sin embargo es que el vulgo, haciendo caso del papel que le corresponde, santifica esta política por activa y por pasiva (a las elecciones gallegas me remito). Así que, conciudadanos, ¡a portarse bien! para que las élites políticas y económicas de este país puedan seguir pagándose el servicio y el yate atracado en Puerto Banús. Esto es: para que el orden natural de las cosas siga su curso mientras la Liga de Fútbol llega a su ecuador y los explotados de siempre levantan banderas para arrojárselas unos a otros con el fin de distraerse de lo vacía que está su cesta de la compra.

    jueves, 18 de octubre de 2012

    Gracias, señor Wert.


    Una asamblea de alumnos después del recreo en el hall de mi centro… pensaba que estas cosas ya no las volvería a ver y ¡me alegro! El ministro Wert, verdadero ariete de la derechona más rampante, ha tenido la virtud de empezar a movilizar aquellas energías que permanecían en modo eco desde tiempos casi inmemoriales. Que una confederación de padres y madres de alumnos convoque una huelga, secundada por varios sindicatos de estudiantes, ha sido toda una (grata) novedad. La reacción de Wert, secundada a su vez por las asociaciones católicas (para quienes debemos vivir en el mejor de los mundos posibles), no se ha hecho esperar: aquí todo el que se mueve es un peligroso ultraizquierdista. Así que estos alumnos de mi centro son peligrosos ultraizquierdistas. ¡Y yo sin caer en la cuenta!, ¡jugándomela todos los días rodeado de jóvenes incendiarios, antisistemas, vagos y maleantes! ¡Gracias, señor ministro, por abrirme los ojos! El ejercicio de educación para la ciudadanía que ayer creí ver en mi centro, de puesta en práctica de un sinfín de competencias básicas, no era sino una algarada de una pandilla de potenciales unabombers.
    Afortunadamente, la paz de los cementerios que la ultraderecha (esos sí que son ultras de verdad) quiere imponernos empieza a resquebrajarse. A pesar de la llamada pretendidamente ejemplarizante de quienes sostienen que con el ora et labora se arreglan los problemas del mundo, la perroflautería internacional, los estudiantes sin papás con chequera interminable, los parados (que no quietos), los transeúntes que apenas llegan a final de mes y las depauperadas clases medias empiezan a no estar por seguir manteniendo la boca calladita. La masa estudiantil, que antaño hiciera temblar a los prebostes que ocupaban el poder como se ocupa un sillón catedralicio, vuelve por sus fueros. Dicho de otra forma: ¡no está todo perdido! A pesar de la evidente bisoñez en estas cuestiones de nuestros alumnos, reconfortaba “Wert” cómo, micrófono en mano, se hacían preguntas que a nuestro poder pepero le debe hacer maldita la gracia: “¿podremos pagarnos la universidad?”, “¿podremos acceder a una  beca?”, “¿tendremos que emigrar de nuestras islas?”… resumidas en un estremecedor “¿qué será de nosotros?”. Claro que a estos chicos les ha dado por pensar, por hacer un alto en las cuitas de la liga de fútbol, e, inevitablemente, ¡la hemos liado! Pues ¡a seguir liándola, querido alumnado!, ¡que nadie les arrebate la voz ni la esperanza!

    domingo, 14 de octubre de 2012

    El artista y la modelo


                                                                                                                                                                             A  LL.
    Preciosista. Esta es la primera palabra que me viene a la cabeza después de haber visto “El artista y la modelo”, la última película de Fernando Trueba. Impresiona en primer lugar el lenguaje estético, visual, elegido por el director. Trueba convierte su película en un fresco pictórico que pese a estar rodada en blanco y negro o,  mejor dicho, gracias a que está rodada en blanco y negro, alcanza unos matices que podríamos calificarlos casi como impresionistas. Sin embargo, este lenguaje enormemente cuidado, que se sustancia en una fotografía que raya la perfección, no es un mero ejercicio de estilo, está al servicio de una historia que trata de algunos de los universales de la condición humana: el amor, la pulsión estética, la transmisión del saber entre las generaciones y la muerte, como telón de fondo y que, lejos de ser un acontecimiento traumático, se convierte en un tránsito natural y elegido por el protagonista.
    Trueba plantea en esta película la relación entre una jovencísima, provinciana e inexperta modelo y un artista, un escultor para más señas, en el ocaso de su carrera. La acción transcurre en la Francia ocupada por los nazis, a comienzos de la II Guerra Mundial. La aparición de esta joven supone un postrero impulso artístico, y vital, para un artista que llegó a ser muy célebre y que se encuentra cara a cara frente a un vacío existencial. El proceso de elaboración de la escultura para la que posa la joven modelo se convierte en una metáfora de la vida misma: el bocetaje, muchas veces problemático, la estructura interna, las primeras formas, la maduración y el acabado final. En este tránsito se produce además un proceso de ósmosis: al mismo tiempo que el artista se vacía en el hecho artístico la modelo va creciendo como persona, en un acto de generosidad casi inconsciente. En ese proceso hay también, lógicamente, un momento de encuentro, en el que la diferencia de edad, formación y posición social, pasa a un segundo plano frente al reconocimiento mutuo, en toda su dimensión vital, que dos personas sienten como consecuencia de la intensidad emocional de esa peculiar relación. “El artista y la modelo” es una película para quienes, precisamente, entienden la vida como una pulsión, del tipo que sea, pero una pulsión al fin y al cabo.

    viernes, 28 de septiembre de 2012

    Mammon en el Congreso


    La exposición en vigor en La Fundación Caixa Madrid dedicada al pintor William Blake muestra al final del recorrido el célebre cuadro de George Frederic Watts, Mammon (1884). Este cuadro, casi de tamaño natural, representa a un tirano repulsivo sentado en un trono decorado con calaveras. En su regazo guarda celosamente unas bolsas de dinero, mientras humilla a unos jóvenes que yacen a sus pies. Watts refleja de una manera descarnada y brutal a esta deidad de la riqueza y la opresión. Mientras la pintura del pintor inglés se muestra al público, a modo de inquietante recordatorio, miles de personas rodean el Congreso en la capital del Estado, de una manera quizás nada casual, para gritarle al Mammon que hay dentro que ni lo queremos ni nos representa. En estos tiempos posmodernos los sátrapas llegan al poder usando los resortes electorales y mediante todas las trampas de la mercadotecnia que convierte la cara brutal del Mammon de turno en un amable político besa niños. Volviendo a la sala de exposiciones, frente a Mammon se encuentra otro de los célebres cuadros de Watts y de símbolo completamente opuesto, La Esperanza (1878), en la que una joven, con los ojos vendados, se aferra a una lira de la que solo queda una cuerda sin romperse. De igual modo, nuestro futuro pende de un hilo. Nuestras posibilidades de vivir una vida que no sea la de un moderno siervo medieval han quedado prácticamente reducidas a la capacidad del conjunto de la ciudadanía de enfrentarse a los mammones que pululan en parlamentos, consejos de administración bancarios y agencias de calificación de riesgo. Pero el orondo tirano tiene además una larga porra en la mano con la que abrir la cabeza a disidentes y librepensantes de distinto signo. Mientras, el puto helicóptero da vueltas a modo de mosca cojonera a la altura de la cabeza de Mammon, trazando círculos sobre su corona puntiaguda y retratando fieramente a quien ose levantar la cabeza.
     

    domingo, 23 de septiembre de 2012

    Hasta siempre, conciudadanos

            Estimados conciudadanos y conciudadanas, que habitual u ocasionalmente han leído estos artículos publicados en la revista que tienen en sus manos bajo el epígrafe “De puño y letra”: ha llegado el momento, con esta cifra redonda de cincuenta publicaciones, de poner un ¡hasta siempre! a esta colaboración. Todo tiene una acotación en el espacio y el tiempo y estos artículos no iban a ser menos. Espero haber cumplido el propósito que los animó desde el principio: incitar a una reflexión sobre el presupuesto de que la condición ciudadana, hoy más amenazada que nunca, requiere de un ejercicio de crítica, de repolitización y de inconformismo frente a lo que se nos presenta como inevitable. No se nace ciudadano. La ciudadanía se construye generación tras generación y es sinónima de democracia. Estos y otros ideales, que tanto ha costado afianzar a lo largo de los años, están hoy seriamente en entredicho. Frente al ideal ciudadano se está imponiendo una nueva forma de retroceso a la antigua condición de súbdito. Se trata de la sumisión, no ya a un monarca absoluto, sino al reinado de los mercados, al entramado político y financiero que nos gobierna, al fatalismo del “no se puede hacer nada”. Hoy las decisiones importantes ya no están en manos de la soberanía popular. Todo conduce hacia un nuevo feudalismo, con estilismo chino, donde el poder económico y político está en manos de unas élites, con nombres y apellidos, y donde al personal solo le queda aguantarse y subsistir como pueda en medio de generosas dosis de adormidera en forma de pantalla gigante de ultimísima generación.
              En este sentido tenemos que reapropiarnos de la Política. Arrebatarle su uso exclusivo a quienes se han convertido en profesionales de la toma de decisiones y de la gestión de lo público. Tenemos que estar vigilantes contra este retroceso en derechos civiles que parece no tener fin y que amenaza con devolvernos al siglo XVIII a poco que sigamos descuidándonos. Esto ha sido posible, en parte, gracias a los nuevos instrumentos de alienación colectiva, entre los que sobresale poderosamente el fútbol. De ahí mi machacona insistencia en esta serie de artículos de prevenirnos contra esta aparente e inocente forma de distracción lúdica. El caso es que esta sociedad ha devenido en una hueca sociedad del espectáculo, o dicho más certeramente, de “distracción masiva”. Si tenemos al personal descargando la ansiedad y la mala hostia acumulada en las cuitas de estos millonarios del balompié a lo mejor se olvidan de que sus neveras están vacías y sus posibilidades de mejorar su nivel de vida han quedado truncadas. No sea que les dé por señalar a los responsables de esta estafa y la cosa se ponga fea de verdad.
                En el empoderamiento de la ciudadanía juega un papel esencial la educación. Como esto lo saben los mandamases se han ocupado de justo lo contrario, de devaluarla y de reducirla, fundamentalmente la pública, a su dimensión meramente asistencial. Sin una educación pública, gratuita, universal y de calidad esto no tiene arreglo. Pero lo lamentable es que ésta no perece ser una demanda ciudadana ni una prioridad para nadie. Y así nos va. Tampoco lo es, lamentablemente, llegar a un nuevo “pacto” con la Naturaleza (lo que no deja de ser un pacto con nosotros mismo) de tal modo que tengamos algo que dejarles con un mínimo de condiciones a las futuras generaciones. Y es que nuestra absoluta falta de inteligencia colectiva llega a cotas asombrosas, hasta el punto de poner en peligro, con nuestro modelo económico y nuestras prácticas políticas, nuestra propia supervivencia como especie. No deja de ser otro signo de esa estupidez rampante muchos de los comportamientos sociales que observamos: desde el culto a la imagen personal al consumismo desaforado. Todo esto es el campo abonado que nuestra afamada “clase política”, la de toda la vida, la que apenas envejece (milagros del fotoshop) campaña tras campaña, la que utiliza las instituciones como su cuarto de aperos, necesita para que todo siga igual.
                Indiscutiblemente, son estos tiempos de lucha ciudadana. Tiempos en los que nos jugamos mucho, tanto como nuestros propios derechos, nuestro modelo de vida basado en trabajar para vivir y no al revés (cuando se tiene trabajo, claro). Son tiempos para despertar de aquel largo sueño en el que pensábamos que a base de créditos bancarios ilimitados tendríamos un nivel de vida sin parangón en la historia, que el modelo a imitar era el de los jóvenes y agresivos cachorros de las finanzas. Tiempos para replantearse de arriba abajo este sistema que se nos ha ido revelando como insano, como pernicioso para la mayoría de las personas que apenas llegan, o no llegan de ninguna forma, a final de mes. Tiempos de decir: ¡hasta siempre, conciudadanos!

    domingo, 16 de septiembre de 2012

    Por qué no soy nacionalista



    Ahora que parece que estamos viviendo un capítulo más de la moda nacionalista convendría introducir en todas estas cabalgatas algunas matizaciones. Uno no es nacionalista casi por las mismas razones que el admirado Bertrand Russell no era cristiano.  Curiosamente, aunque el nacionalismo, o más bien el concepto de ‘nación’, tiene un origen ilustrado y forma parte del proceso de secularización que comienza en el Renacimiento, ha terminado por  imitar y, en cierto sentido,  sustituir a la idea de Religión. Por mucho que se hayan esforzado los teóricos del ramo, el concepto de “nación”, y con él toda la cuestión identitaria, es una abstracción del mismo calibre que la idea de “Dios”. Y por eso mismo, se presta al nivel de maleabilidad al que estamos acostumbrados a ver últimamente. Digo esto porque no deja de ser tan “pintoresco” que el periódico El Día se apropie de la bandera de las siete estrellas verdes como que CIU, en Cataluña, se arrope con las senyera para tapar sus propias vergüenzas. Bueno, alguien podrá decir, con razón, que no basta con ser nacionalista, que a eso hay que añadirle otras coletillas como “de izquierdas” o lo que sea. También está claro que la diversidad cultural es un bien en sí mismo pero no tengo tan claro que una nación pueda llegar a ser un sujeto político sin incurrir, al final, en algún tipo de totalitarismo.  Pienso que antes que jugar a la ruleta nacionalista vale la pena andar por la senda de la democracia, aceptando el derecho a la autodeterminación como una expresión más del derecho soberano de los individuos  a elegir, y el de una ciudadanía en clave cosmopolita (no exenta de ciertas dosis de utopía pero al menos radicalmente antiexcluyente). Estos días, además, hemos asistido al lamentable y recurrente espectáculo de los integristas de un lado armándola buena por el último de los vídeos blasfemos sobre el Profeta perpetrado por los integristas del otro lado. Y a riesgo de incurrir en alguna cosa sacrílega no puedo dejar de correlacionar ambos episodios: la barbarie de las religiones institucionalizadas con la emocionalidad casi infantil del nacionalismo. Mientras no superemos estos estadios propios de esta minoría de edad política y cultural en la que andamos metido mucho me temo que esto no tiene arreglo.