Cada vez se me hace más duro
estar en un local donde el nivel de decibelios de la música ambiente se funde
con las decenas de gargantas que gritan y, si se trata de una cafetería, con la
odiosa máquina de moler el café o la de hacer batidos. Solo un zombi puede
aguantar ese nivel de ruido. O la marchona demoledora que ponen muchas tiendas
de ropa para que el personal compre a ritmo de chunga chunga. Por no hablar de los cines, donde los graves de las
explosiones y demás pirotecnia cinematográfica te pueden hacer saltar el hígado
por los aires. Y qué decir de las guaguas que pasan a medio metro de uno en el
momento justo de acelerar metiéndote, de propina, una descarga de humo asqueroso directo a los
ojos. Cómo soportar al que tiene la inaguantable costumbre de hablarte gritando
cuando apenas está a un palmo de tu cara. Vivimos en un mundo de ruido, de
gritos, de sobrepresión sonora. Constituye una parte importante de este
escenario desquiciado en el que habitamos y al que, hay que reconocerlo, a más
de uno le parece música celestial. Por esto mismo, el silencio, en cuanto que
bien absolutamente escaso, se ha vuelto un lujo asiático, la mejor medicina
contra la locura de nuestro tiempo. Pero es una medicina que debe administrarse
con precaución a los enfermos. En alguna ocasión, he intentado hacer el
ejercicio de “escuchar el silencio” con mi alumnado y no son raros los
episodios de ansiedad y nerviosismo que se producen. Es natural. Eliminar de
repente gritos y ruidos, golpes y estruendo, eliminar esa densidad sonora y
descubrir un mundo de sosiego puede producir vértigo. Descubrir que en uno
habita un corazón que palpita o que en la lejanía se oye el ladrido de un perro
puede suponer para muchos una experiencia desconcertante. Qué cosas y qué
ejemplo de lo insalubre de este mundo.
domingo, 3 de enero de 2016
viernes, 1 de enero de 2016
Agrupémonos en la lucha final.
¿Dónde están los últimos lectores?, ¿dónde aquellos que han roto con la telaraña del consumismo?, ¿los que se ríen de la propaganda del gobierno y de las corporaciones financieras?, ¿los que arrojaron el traje de smoking al contenedor de reciclaje?, ¿los que aborrecen el famoseo, el cutrelux y la globalización futbolera?, ¿los que oyen a Mahler o a Deep Purple casi en secreto? En estos tiempos postreros ha llegado el momento de agruparse en la lucha final contra el avance generalizado de la estupidez. Ya no podemos mantener aquella consideración marxista de que la única ventaja del proletario es que son más. Hoy el proletariado ha sido cautivo y desarmado y quienes hacen girar sus vidas en torno a la última expulsión de Gran Hermano o el partido de liga de turno sí que son más, inmensamente más. Lo que toca es resistir, a pesar de que este infinitivo sea cuestionado por quienes piensan que el secreto de la vida es adaptarse, fluir según el sentido de la corriente, abandonarse al triunfo del pensamiento dominante. Vivimos en un tiempo de descuento, en una época del fin que podría llegar a ser, incluso, el fin de todas las épocas. Hace falta una ética del final, una actitud de rescate de todo lo bueno que, a pesar de todo, hemos ido acumulando; una visión distante, casi cínica, del acontecer. Y al mismo tiempo mucho sentido del humor, mucha alegría dionisiaca para afrontar esta fase última del despliegue de la tontuna humana que amenaza con llevarse todo por delante. La capacidad del ser humano para huir de sí mismo es casi infinita, para mirar para otro lado mientras se incendia Roma, para ensuciar el plato en el que come. Aunque somos cada vez más escépticos sobre la posibilidad de que otra humanidad esté por aparecer debemos actuar como si esta fuera una condición necesaria e inevitable.
Con esta declaración urgente de
intenciones reactivamos La inocencia del devenir un par de años después, con la
esperanza de que sea uno de tantos lugares donde los últimos anacoretas puedan
felizmente encontrarse.
jueves, 10 de enero de 2013
¿Trabajadores de la banca?
Oigo en la TV que los numerosos empleados
de Bankia que corren el riesgo de ser despedidos protagonizan una manifestación
y un conjunto de medidas de protesta contra esa decisión de los mandamases del
banco y demás depredadores. Supongo que en la medida en que visibilizan su
protesta querrán arrancar algún gesto de solidaridad o al menos de comprensión
ante su situación personal del conjunto de la ciudadanía. Curiosa situación
esta. Me imagino a uno de estos empleados, algún director de oficina, por
ejemplo (que tan poco es para tanto en el organigrama de esos dinosaurios
financieros), tramitando un expediente de desahucio o desviando los escasos
ahorros de un abuelo hacia un fondo de inversiones agresivo y de dudosa
fiabilidad. ¿Debemos ser solidarios con estas personas?, ¿debemos acudir al
sainete aquel de la “obediencia debida” de aire tan rancio?, ¿son al fin y al
cabo trabajadores como cualquier otro a los que no les queda más remedio, por
mor de la cuenta de resultados del banco y del reparto de dividendos entre
accionistas y consejo de administración, que activar fielmente los
procedimientos de ejecución de embargo y desahucio? Interesante dilema. ¿Se
imaginan a estos empleados, o a uno solo de ellos, negándose a dejar a una
familia en la calle?, ¿objetando a esta medida? ¿No acudiríamos prestos muchos
ciudadanos en auxilio de un empleado de la banca que fuera puesto en la calle
por haber denunciado ciertas prácticas inhumanas? No sé por qué me cuesta
sentir un poco de cercanía con esta gente. Debe ser que soy poco dado a estas
cosas del mundo financiero.
jueves, 8 de noviembre de 2012
A vueltas con ProIDEAC
La innovación educativa, la mejora de los procesos de
enseñanza/aprendizaje, la respuesta a los retos sociales, etc. debieran ser una
constante en todos los agentes implicados en este universo de la educación. En
esto creo que habría poca discrepancia. Nuestra Consejería de Educación con su
plan ProIDEAC (Pro integrar: diseño + evaluación,
aprendizaje competencial) parece haber querido dar un salto decidido en este
sentido. Pero he aquí que los vientos huracanados que corren van en la dirección
contraria. Mal momento parece haber escogido nuestra afamada Consejería para
implementar un plan tan ambicioso. En el momento en el que la Escuela Pública
se enfrenta lisa y llanamente a un trance de pura supervivencia, los gestores
de la cosa educativa deciden liarse la manta a la cabeza y nos presentan una
revolución metodológica con aires de ordeno y mando. Justo cuando las condiciones laborales y
profesionales del personal se encuentran en su punto más bajo desde hace
décadas los responsables de turno apuestan por tocar a rebato y nos ponen a
trabajar en centros masificados como si estuviéramos en una especie de
Summerhill. Quien suscribe, que es en el fondo muy afín a enfoques
competenciales y evaluaciones auténticas [sic], no deja de contemplar con
asombro cómo se ha llegado a este punto de evidentes contradicciones. En el
curso en el que al profesorado se le aumenta la carga horaria lectiva y
complementaria, en el que se ha producido un aumento notable de las ratios, en
el que los centros se encuentran con serios problemas para reponer el material
fungible más básico, es cuando se nos pide un salto cualitativo propio de un
entorno finlandés. Está claro que los resultados educativos que se desprenden
las distintas evaluaciones internacionales son verdaderamente pésimos para el
Estado Español en general y Canarias en particular. Pero si queremos resultados como el finlandés
habrá que ir creando un entorno social y económico similar al finlandés.
Para
que no se diga, también soy de los que (aún) cree en el potencial transformador
de la escuela. Sin embargo, resulta cuando menos ingenuo pretender que con
políticas de desmantelamiento de los servicios públicos, que nos llevan a
escenarios de mera supervivencia, se pueden poner en práctica planes que
supondrían un estado de cosas radicalmente diferente. En ese sentido la nefasta
LOMCE es más coherente porque parte de la necesidad de dar marcha atrás en
muchos de los logros hasta ahora conseguidos. ¿Quieren ustedes unas prácticas
docentes en consonancia con los retos de esta sociedad del conocimiento (otra boutade, por cierto) de la que hablan?
Empiecen por mejorar el acceso a la función docente, diseñando un perfil
profesional en consonancia, inviertan en educación lo que hiciera falta para
conseguir estos objetivos (¿se acuerdan cuando al comienzo de la crisis se
hablaba de que para salir de ella una educación de calidad era una herramienta
estratégica?), apuesten decididamente por la enseñanza pública, etc. Y solo
entonces planteamientos tan loables y ambiciosos como ProIDEAC serán
verdaderamente creíbles y rubricados sin ambages por el conjunto del
profesorado. En caso contrario, se habrá perdido otra oportunidad para avanzar
hacia una enseñanza de calidad que tanta falta nos hace.
miércoles, 31 de octubre de 2012
La marca España
Hasta hace poco la idea de ‘Estado’ (con permiso de los
neocon), era todavía un cierto garante de protección social y redistribución de
la riqueza (he dicho “un cierto garante” –que está claro que la cosa nunca ha
sido para tirar cohetes). Pero he aquí que en los avatares del turbocapitalismo
nos vamos enterando de que incluso el Estado se ha convertido en una
corporación más. No sorprende, por tanto, que se hable ya alegremente de cosas
como la ‘marca España’ y otras zarandajas nada inocentes. En efecto, el Estado
es ya una marca de consumo ligada a una especie de trust empresarial. Pero a
diferencia del trust clásico donde un conjunto de empresas están controladas
por una misma dirección son estas las que ejercen el control real del Estado. Mientras
estábamos ocupados con la cosa del fútbol o decidiendo si unos eran naciones y
otros nacionalidades el asalto al Estado por parte del poder económico y financiero
se ha completado con un éxito rotundo. Ahora resulta que el poder ejecutivo se
ha transformado en una suerte de consejo de administración y el Congreso de los
Diputados en una asesoría legal.
En este contexto, titulares como el que no
hace poco sacó un periódico de la derechona de este país cobra todo su
significado profundo: “La ultraizquierda arruina la marca España”. Hacía poco
que no leía algo tan tendencioso en apenas tres sustantivos y un verbo. Todo el
que se mueve en este país pertenece al peligroso y cavernario mundo de la
ultraizquierda que arruina (es decir, destruye,
echa a perder) la línea de productos
comerciales en lo que se ha transformado el término ‘España’. Así que lo que
nos toca a partir de ahora es enfundarnos en un traje de faralaes y poner cara
de eterna fiesta a ver si logramos vender un par de fregonas más, algún que
otro jamón de jabugo y llenamos las infectas torres de apartamentos de Torremolinos
o Los Cristianos de buenas remesas de turistas empobrecidos de Manchester.
Cualquier otra actitud es poco menos que sospechosa de alta traición. La
derechona apuesta por la vieja política de barrer la basura debajo de la
alfombra, por mucho que esa ‘basura’ tenga el aspecto de casi seis millones de
parados y decenas de miles de personas vilmente expulsadas de sus viviendas. En
este nuevo orden de cosas nos acercamos peligrosamente a un mundo de ciudadanos
(con poder adquisitivo) y súbditos (que no tienen donde caerse muertos), a una democracia del capital que es tanto como
decir una tumba para los derechos civiles. Lo peor de todo, sin embargo es que
el vulgo, haciendo caso del papel que le corresponde, santifica esta política
por activa y por pasiva (a las elecciones gallegas me remito). Así que,
conciudadanos, ¡a portarse bien! para que las élites políticas y económicas de
este país puedan seguir pagándose el servicio y el yate atracado en Puerto
Banús. Esto es: para que el orden natural de las cosas siga su curso mientras
la Liga de Fútbol llega a su ecuador y los explotados de siempre levantan
banderas para arrojárselas unos a otros con el fin de distraerse de lo vacía
que está su cesta de la compra.
jueves, 18 de octubre de 2012
Gracias, señor Wert.
Una asamblea de alumnos después del recreo en el hall de mi
centro… pensaba que estas cosas ya no las volvería a ver y ¡me alegro! El
ministro Wert, verdadero ariete de la derechona más rampante, ha tenido la
virtud de empezar a movilizar aquellas energías que permanecían en modo eco
desde tiempos casi inmemoriales. Que una confederación de padres y madres de
alumnos convoque una huelga, secundada por varios sindicatos de estudiantes, ha
sido toda una (grata) novedad. La reacción de Wert, secundada a su vez por las
asociaciones católicas (para quienes debemos vivir en el mejor de los mundos
posibles), no se ha hecho esperar: aquí todo el que se mueve es un peligroso
ultraizquierdista. Así que estos alumnos de mi centro son peligrosos
ultraizquierdistas. ¡Y yo sin caer en la cuenta!, ¡jugándomela todos los días
rodeado de jóvenes incendiarios, antisistemas, vagos y maleantes! ¡Gracias,
señor ministro, por abrirme los ojos! El ejercicio de educación para la
ciudadanía que ayer creí ver en mi centro, de puesta en práctica de un sinfín
de competencias básicas, no era sino una algarada de una pandilla de
potenciales unabombers.
Afortunadamente, la paz de los cementerios que la
ultraderecha (esos sí que son ultras de verdad) quiere imponernos empieza a
resquebrajarse. A pesar de la llamada pretendidamente ejemplarizante de quienes
sostienen que con el ora et labora se
arreglan los problemas del mundo, la perroflautería internacional, los
estudiantes sin papás con chequera interminable, los parados (que no quietos), los
transeúntes que apenas llegan a final de mes y las depauperadas clases medias
empiezan a no estar por seguir manteniendo la boca calladita. La masa
estudiantil, que antaño hiciera temblar a los prebostes que ocupaban el poder
como se ocupa un sillón catedralicio, vuelve por sus fueros. Dicho de otra
forma: ¡no está todo perdido! A pesar de la evidente bisoñez en estas
cuestiones de nuestros alumnos, reconfortaba “Wert” cómo, micrófono en mano, se
hacían preguntas que a nuestro poder pepero le debe hacer maldita la gracia: “¿podremos
pagarnos la universidad?”, “¿podremos acceder a una beca?”, “¿tendremos que emigrar de nuestras
islas?”… resumidas en un estremecedor “¿qué será de nosotros?”. Claro que a
estos chicos les ha dado por pensar, por hacer un alto en las cuitas de la liga
de fútbol, e, inevitablemente, ¡la hemos liado! Pues ¡a seguir liándola,
querido alumnado!, ¡que nadie les arrebate la voz ni la esperanza!
domingo, 14 de octubre de 2012
El artista y la modelo
A LL.
Preciosista. Esta es la primera palabra que me viene a la
cabeza después de haber visto “El artista y la modelo”, la última película de
Fernando Trueba. Impresiona en primer lugar el lenguaje estético, visual, elegido por el
director. Trueba convierte su película en un fresco pictórico que pese a estar
rodada en blanco y negro o, mejor dicho,
gracias a que está rodada en blanco y negro, alcanza unos matices que podríamos
calificarlos casi como impresionistas. Sin embargo, este lenguaje enormemente
cuidado, que se sustancia en una fotografía que raya la perfección, no es un
mero ejercicio de estilo, está al servicio de una historia que trata de algunos
de los universales de la condición humana: el amor, la pulsión estética, la
transmisión del saber entre las generaciones y la muerte, como telón de fondo y
que, lejos de ser un acontecimiento traumático, se convierte en un tránsito
natural y elegido por el protagonista.
Trueba plantea en esta película la
relación entre una jovencísima, provinciana e inexperta modelo y un artista, un
escultor para más señas, en el ocaso de su carrera. La acción transcurre en la
Francia ocupada por los nazis, a comienzos de la II Guerra Mundial. La
aparición de esta joven supone un postrero impulso artístico, y vital, para un
artista que llegó a ser muy célebre y que se encuentra cara a cara frente a un
vacío existencial. El proceso de elaboración de la escultura para la que posa
la joven modelo se convierte en una metáfora de la vida misma: el bocetaje,
muchas veces problemático, la estructura interna, las primeras formas, la maduración
y el acabado final. En este tránsito se produce además un proceso de ósmosis:
al mismo tiempo que el artista se vacía en el hecho artístico la modelo va
creciendo como persona, en un acto de generosidad casi inconsciente. En ese
proceso hay también, lógicamente, un momento de encuentro, en el que la
diferencia de edad, formación y posición social, pasa a un segundo plano frente
al reconocimiento mutuo, en toda su dimensión vital, que dos personas sienten
como consecuencia de la intensidad emocional de esa peculiar relación. “El
artista y la modelo” es una película para quienes, precisamente, entienden la
vida como una pulsión, del tipo que sea, pero una pulsión al fin y al cabo.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Mammon en el Congreso
La exposición en vigor en La Fundación Caixa Madrid dedicada
al pintor William Blake muestra al final del recorrido el célebre cuadro de George
Frederic Watts, Mammon (1884). Este cuadro, casi de tamaño natural, representa
a un tirano repulsivo sentado en un trono decorado con calaveras. En su regazo
guarda celosamente unas bolsas de dinero, mientras humilla a unos jóvenes que
yacen a sus pies. Watts refleja de una manera descarnada y brutal a esta deidad
de la riqueza y la opresión. Mientras la pintura del pintor inglés se muestra
al público, a modo de inquietante recordatorio,
miles de personas rodean el Congreso en la capital del Estado, de una manera quizás nada casual, para gritarle al
Mammon que hay dentro que ni lo queremos ni nos representa. En estos tiempos posmodernos
los sátrapas llegan al poder usando los resortes electorales y mediante todas
las trampas de la mercadotecnia que convierte la cara brutal del Mammon de
turno en un amable político besa niños. Volviendo a la sala de exposiciones, frente
a Mammon se encuentra otro de los célebres cuadros de Watts y de símbolo
completamente opuesto, La Esperanza (1878), en la que una joven, con los ojos
vendados, se aferra a una lira de la que solo queda una cuerda sin romperse. De
igual modo, nuestro futuro pende de un hilo. Nuestras posibilidades de vivir
una vida que no sea la de un moderno siervo medieval han quedado prácticamente
reducidas a la capacidad del conjunto de la ciudadanía de enfrentarse a los
mammones que pululan en parlamentos, consejos de administración bancarios y agencias
de calificación de riesgo. Pero el orondo tirano tiene además una larga porra
en la mano con la que abrir la cabeza a disidentes y librepensantes de distinto
signo. Mientras, el puto helicóptero da vueltas a modo de mosca cojonera a la
altura de la cabeza de Mammon, trazando círculos sobre su corona puntiaguda y
retratando fieramente a quien ose levantar la cabeza. domingo, 23 de septiembre de 2012
Hasta siempre, conciudadanos
Estimados conciudadanos y conciudadanas, que
habitual u ocasionalmente han leído estos artículos publicados en la revista
que tienen en sus manos bajo el epígrafe “De puño y letra”: ha llegado el
momento, con esta cifra redonda de cincuenta publicaciones, de poner un ¡hasta
siempre! a esta colaboración. Todo tiene una acotación en el espacio y el
tiempo y estos artículos no iban a ser menos. Espero haber cumplido el
propósito que los animó desde el principio: incitar a una reflexión sobre el
presupuesto de que la condición ciudadana, hoy más amenazada que nunca,
requiere de un ejercicio de crítica, de repolitización y de inconformismo
frente a lo que se nos presenta como inevitable. No se nace ciudadano. La
ciudadanía se construye generación tras generación y es sinónima de democracia.
Estos y otros ideales, que tanto ha costado afianzar a lo largo de los años,
están hoy seriamente en entredicho. Frente al ideal ciudadano se está
imponiendo una nueva forma de retroceso a la antigua condición de súbdito. Se
trata de la sumisión, no ya a un monarca absoluto, sino al reinado de los
mercados, al entramado político y financiero que nos gobierna, al fatalismo del
“no se puede hacer nada”. Hoy las decisiones importantes ya no están en manos
de la soberanía popular. Todo conduce hacia un nuevo feudalismo, con estilismo
chino, donde el poder económico y político está en manos de unas élites, con
nombres y apellidos, y donde al personal solo le queda aguantarse y subsistir
como pueda en medio de generosas dosis de adormidera en forma de pantalla
gigante de ultimísima generación.
En este sentido tenemos que
reapropiarnos de la Política. Arrebatarle su uso exclusivo a quienes se han
convertido en profesionales de la toma de decisiones y de la gestión de lo
público. Tenemos que estar vigilantes contra este retroceso en derechos civiles
que parece no tener fin y que amenaza con devolvernos al siglo XVIII a poco que
sigamos descuidándonos. Esto ha sido posible, en parte, gracias a los nuevos
instrumentos de alienación colectiva, entre los que sobresale poderosamente el
fútbol. De ahí mi machacona insistencia en esta serie de artículos de
prevenirnos contra esta aparente e inocente forma de distracción lúdica. El
caso es que esta sociedad ha devenido en una hueca sociedad del espectáculo, o
dicho más certeramente, de “distracción masiva”. Si tenemos al personal
descargando la ansiedad y la mala hostia acumulada en las cuitas de estos
millonarios del balompié a lo mejor se olvidan de que sus neveras están vacías
y sus posibilidades de mejorar su nivel de vida han quedado truncadas. No sea
que les dé por señalar a los responsables de esta estafa y la cosa se ponga fea
de verdad.
En
el empoderamiento de la ciudadanía juega un papel esencial la educación. Como
esto lo saben los mandamases se han ocupado de justo lo contrario, de
devaluarla y de reducirla, fundamentalmente la pública, a su dimensión
meramente asistencial. Sin una educación pública, gratuita, universal y de
calidad esto no tiene arreglo. Pero lo lamentable es que ésta no perece ser una
demanda ciudadana ni una prioridad para nadie. Y así nos va. Tampoco lo es,
lamentablemente, llegar a un nuevo “pacto” con la Naturaleza (lo que no deja de
ser un pacto con nosotros mismo) de tal modo que tengamos algo que dejarles con
un mínimo de condiciones a las futuras generaciones. Y es que nuestra absoluta falta
de inteligencia colectiva llega a cotas asombrosas, hasta el punto de poner en
peligro, con nuestro modelo económico y nuestras prácticas políticas, nuestra
propia supervivencia como especie. No deja de ser otro signo de esa estupidez
rampante muchos de los comportamientos sociales que observamos: desde el culto
a la imagen personal al consumismo desaforado. Todo esto es el campo abonado
que nuestra afamada “clase política”, la de toda la vida, la que apenas
envejece (milagros del fotoshop)
campaña tras campaña, la que utiliza las instituciones como su cuarto de
aperos, necesita para que todo siga igual.
Indiscutiblemente,
son estos tiempos de lucha ciudadana. Tiempos en los que nos jugamos mucho,
tanto como nuestros propios derechos, nuestro modelo de vida basado en trabajar
para vivir y no al revés (cuando se tiene trabajo, claro). Son tiempos para
despertar de aquel largo sueño en el que pensábamos que a base de créditos
bancarios ilimitados tendríamos un nivel de vida sin parangón en la historia, que
el modelo a imitar era el de los jóvenes y agresivos cachorros de las finanzas.
Tiempos para replantearse de arriba abajo este sistema que se nos ha ido
revelando como insano, como pernicioso para la mayoría de las personas que
apenas llegan, o no llegan de ninguna forma, a final de mes. Tiempos de decir:
¡hasta siempre, conciudadanos!
domingo, 16 de septiembre de 2012
Por qué no soy nacionalista
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